
El poema «Azar», perteneciente al cuaderno Inventario de asombros, podría entenderse como ejemplo de lo descrito por Enrique Saínz al apuntar que, para ese entonces (1982), en la poética de Eliseo Diego los objetos ya se disolvían y los espacios aparecían silenciosos e intocados. Groso modo, el texto nos entrega la experiencia sensorial de una voz lírica que busca rescatar el tiempo de la niñez, que cada vez se aleja más en el frío neblinoso del olvido, y se ve imposibilitada por esa distancia que se incrementa conforme se acerca el encuentro del sujeto lírico con su muerte. Para ello se encomienda a su pluma, que actúa como proyección material de la memoria, su gran aliada ante la frialdad de «el espacio donde el sol es sombra».
Ahora bien, la presencia de los objetos parece circunstancial en un inicio; llegan al sujeto lírico en visajes que lo conectan con la infancia: Me trae un tren —azul— un tren eléctrico
girando sobre sí —siempre girando—
y un trompo mineral que gira y gira
con todos los colores de este mundo…
Sin embargo, como puede constatarse en los versos que siguen, operan solo como reminiscencias que no le ofrecen ningún hilo del que tirar, ninguna imagen que lo conecte con la infancia, su paraíso perdido. En este poema los objetos, lejos de permitirle articular un decorado con el que aprehender (o comprehender) su entorno, o incluso recobrar algún fragmento del pasado, solo le entregan una visión incompleta, circular (el tren gira y gira al igual que el trompo, en una sobreabundancia de colores). No carecen de relevancia, solamente han variado su función: anulan en la voz poética, momentáneamente, los dones que Diego promueve a lo largo de sus ensayos y entrevistas: la capacidad de mirar y nombrar.
Desilusión, desilusión, qué es esto,
el cuarto a oscuras, lumbre de la fiebre
que adiabla el manto rojo de Rolando,
cuerno a la boca, eternamente inmóvil
en una noche allá del año treinta.
Desilusión, desilusión, ¿no hay nada
capaz de conmoverme entre lo oscuro,
algo de luz o puede que terrible
saltando del papel hacia la gloria?
En el texto se cifra, pues, la angustia al no conseguir recobrar el «tiempo de la paradisíaca niñez» en «su dimensión sobreabundante» (Eliseo dixit) y por no lograr rescatar los recuerdos escamoteados por el gran enemigo de la memoria y la perdurabilidad, el olvido. El manejo de la sintaxis y el metro reflejan dicha angustia. El uso del verso endecasílabo refuerza el matiz de fruición y voracidad. El sujeto lírico necesita profusión de detalles en las escasas imágenes que le llegan, para lograr conformar su inventario de recuerdos. A tal propósito sirve, además, la recurrencia de enunciados extensos con abundancia de coordinación y subordinación (versos del 5 al 10). La estructura polisindética, reflejada en el uso de la conjunción copulativa «y» en los versos 7 y 9, converge con ese intento del sujeto poemático de conectar las imágenes en busca de una totalidad imposible: Y un trompo mineral que gira y gira… y una legión de Roma, diminuta…
A diferencia de otros textos en que Eliseo intenta, de un modo racional y consciente, aprehender la realidad y el pasado, aquí lo deja todo en manos del azar. Un azar que es mera fórmula porque, a fin de cuentas, la voz poemática busca de todos modos rescatar los recuerdos huidizos. Solo que lo visionado no bastará para librarla de la penumbra del olvido. El aire de abandono e indefensión halla su correlato en el manejo de la gramática. Lo advertimos desde el primer verso (Libre la pluma, allá se las arregle), en el uso reiterado de verbos en tercera persona, referidos siempre a objetos dotados de vida propia. La pluma, el tren, el trompo y el tropo. Exceptuando el verso 21, el sujeto lírico es pasivo a lo largo del texto; la pluma y las imágenes inciden sobre él: Salve por mí lo que se traga el frío… Me trae un tren —azul— un tren eléctrico… capaz de conmoverme entre lo oscuro…
En el verso 21, sin embargo, la voz poemática solo escucha el zumbido del tropo (la poesía) y es aquí donde actúa y decide plasmar en la hoja lo que pueda conformar con las palabras.
Pero no importa: con desechos hago
fuego que tizne el hielo de esta página.
Una coda que tributa, perfectamente, al credo poético de Eliseo, a su idea de que, aunque el lenguaje nunca bastará para nombrar y recrear el gran teatro del mundo, el poeta no debe ceder en su empeño de mirar, nombrar y, lo más importante, comunicar su visión al otro.
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