
«No hay nada mejor para agrandar y robustecer la mente [y el alma] que el uso esmerado del lenguaje […]». Esa frase genial de José Martí es la mejor carta de presentación del libro El lenguaje en la Medicina. Usos y abusos, del licenciado Rodolfo Alpízar Castillo, exinvestigador del capitalino Instituto de Literatura y Lingüística «Doctor José Antonio Portuondo Valdor», prologado por el doctor Sergio Valdés Bernal, secretario de la Academia Cubana de la Lengua, y publicado por la Editorial Científico-Técnica (tercera edición, corregida y ampliada).
Con apoyo en un minucioso estudio, basado en el análisis etimológico y semántico del lenguaje científico-médico ad usum, el también filólogo, escritor y traductor habanero emprende una verdadera cruzada a favor del uso correcto de los vocablos técnicos utilizados en su quehacer diario por los profesionales de la salud, que como consecuencia de traducciones literales del inglés y el francés emplean términos que, en la lengua cervantina, adquieren un significado diferente que distorsiona el sentido de lo que realmente se quiere decir o escribir.
Por otro lado, desconocen que dichos vocablos -devenidos préstamos léxicos de otras lenguas- existen en español, y en ocasiones, forman parte del vocabulario científico-médico.
Podría señalar varios ejemplos (incluidos aquellos que lesionan la dignidad humana de la persona: por ejemplo; «caso», «someter», «sidoso»), pero prefiero comentar mi experiencia personal al respecto.
La tercera edición de El lenguaje en la Medicina…, evoca en mi memoria la impresión inicial que me produjo la lectura de esa obra de la literatura especializada, ya que me aguijoneó el intelecto y el espíritu; en consecuencia, me hizo caer en la cuenta de cuántos dislates había hablado y escrito durante casi dos décadas de ejercicio sistemático de la docencia médica (media y superior), y del periodismo científico en la emblemática Revista del Hospital Psiquiátrico de La Habana, dirigida, durante más de 40 años, por el doctor Eduardo Bernabé Ordaz (1921-2006), Comandante del Ejército Rebelde.
Una vez finalizada la lectura de ese texto de obligada consulta para quienes defendemos -«a capa y espada»- el buen uso de la lengua española, me dediqué a divulgar su contenido entre mis discípulos y colegas, en quienes hallé tenaz resistencia: en el caso de los primeros, fundamentaban su rechazo en el hecho de que los demás profesores de la Facultad decían -por ejemplo- patología, etiología u otros errores por el estilo, señalados por el licenciado Alpízar Castillo en ese texto, y que lamentablemente se escuchan en las aulas, así como en los salones de las instituciones de salud y se leen en las revistas médicas editadas en la mayor isla de las Antillas, mientras que, en el caso de los segundos, defendían a ultranza el uso de esos errores, porque el profesional de la salud que no dijera patología, etiología, sencillamente carecía de nivel científico. ¡Vaya dislate!
No obstante, no cejé en mi empeño por corregir los errores cometidos por mis discípulos y colegas en la forma de hablar y de escribir el español, y una feliz coyuntura -que aproveché al máximo para llevar a «puerto seguro» la nave del buen hablar y del buen escribir en el contexto de las ciencias médicas- fue mi designación como Editor Asistente de los desaparecidos Boletín de Psicología (1978-1998) y Revista de Psicología de la Salud (1999-2003), editados por el Hospital Psiquiátrico de La Habana, que hoy lleva el ilustre nombre de su director fundador.
Consecuente con esa línea de pensamiento desarrollada en el archipiélago cubano por el licenciado Rodolfo Alpízar Castillo, recibo con efusividad la reaparición en las librerías cubanas de El lenguaje en la Medicina…, porque estoy seguro de que constituye una herramienta indispensable para facilitar la óptima comunicación entre los profesionales de la salud que viven, aman, crean y sueñan en la Perla del Caribe.
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