
Hay libros que se leen con un susto en la boca del estómago, no porque hablen precisamente de violencia, o de sucesos terribles; al menos no en un sentido inmediato. Así pudiéramos calificar el acercamiento a La aparente cordura de las cosas, de Luis Sexto. El título de por sí posee una huella freudiana, una que nos lanza el signo de la locura, pero en una imagen invertida. Esa cualidad críptica, ese enroque, es la visión que el autor desarrolla con amplitud a lo largo de una pieza que posee de todo, menos superficialidad. Desde el tratamiento mismo de las fuentes hasta una investigación profunda y llena de datos; este libro nos habla del vacío dejado por la caída de un patrimonio de la cultura universal: el mundo del azúcar.
Las complejidades del mercado internacional, las decisiones tomadas en la dureza de la historia y los errores humanos; se unen en un proceso que marcó a comunidades enteras y que atestiguan un cambio de época. El desmonte de los centrales cubanos llevó a muchos sitios en la isla, bateyes en los cuales se vivió con el sabor a melaza en el paladar, a la desaparición factual, el traslado de expectativas vitales y el trastoque de proyectos de vida. Hablo con propiedad de conocimiento, ya que he vivido en una porción del país en la cual la zafra —durante mi infancia— era un acontecimiento de índole existencial. No solo se molía, se cristalizaba y procesaba este producto, sino que en los centrales se forjaron familias, amistades, matrimonios, hijos. Eran verdaderos puntos de civilización, eran la industria que arrastró a millones, durante décadas, a un estilo de pensar y de asumir la vida. Por ende, aquello de cerrarlos, de reconvertirlos, tomó tintes civilizatorios. Eso lo vio Luis Sexto en su libro y, con esa cualidad de afilado cronista, supo deslindar procesos y analizar pros y contras de una verdad que ha marcado el futuro inmediato y a largo plazo del país.
Nacido y criado en el antiguo poblado de Cangrejo, luego rebautizado como General Carrillo, un barrio rural de Remedios; Sexto se mueve entre dos sensibilidades: por una parte la de la villa ilustrada y llena de entresijos coloniales, por otra la de ese punto perdido en el horizonte de la cultura que es el pueblito de campo. Dos extremos de una misma sustancia, dos luces que comparten una misma sombra en la periferia del urbanismo cubano. Para Sexto, escribir de los centrales, y así lo deja constatado, es un proceso doloroso. Creció con el silbato de los trenes cargados de caña que pasaban por el paradero aledaño. Era como una señal de que, sin importar cuán mal o bien le fuera, la vida era algo seguro, estable, predecible. El final de eso, su cambio; si bien son fenómenos que lo toman en la tercera edad, lo retrotraen al periodo formativo como autor, como futuro periodista y narrador. Hay un quiebre psicológico que le sirve como acicate a la hora de abordar este tema y de ahí nace la savia del título. Pareciera cuerdo desmontar algo que ya da pérdidas, que no posee un criterio rentable en términos económicos, pero toda moneda posee otra cara, toda realidad es reversible. Sexto demuestra una valentía de periodista de raza a la hora de abordar este tema, con sus errores de concepto, su realidad justificada y sus sombras.
El libro se abre a partir de esas premisas en una serie de historias que se cuentan como entrevistas, piezas de periodismo narrativo o crónicas. Determinarlo es ocioso e inútil. Vemos en esa savia la huella del oficio de un Pablo de la Torriente, el mismo compromiso con la verdad, la misma herida que sangra a la par que deja un trazado de ejemplo, de parentesco con lo más genuino de las letras. Sexto pertenece a la escuela del periodismo que no cede, que no piensa en lo conveniente, que no cultiva el silencio ni se beneficia de esas cuestiones que se asumen como conveniencias. En su obra, no solo en el libro que se analiza, hay episodios en los cuales el reportero aparece como una especie de mago que lo puede todo a partir del influjo de la palabra. Es como el hechicero de la tribu capaz de contribuir a un baile de almas, especie de purificación del ejercicio del poder a partir de la transustanciación ética.
En las páginas están los personajes que conocieron los centrales en su cúspide, cuando eran reinados incuestionables, y el feudo que se tejió alrededor no solo daba de comer, sino que pagaba un estilo de pensar, una asunción del universo. Esos seres realizan el contraste y colocan ahí también las sombras de ese mundo de antaño, en el cual se oía la voz del capataz, el hierro candente del dueño entre los salarios mal pagados y el maltrato de un capital, que en su naturaleza, no quería reconocer al humano. Sexto transita, muta, viaja con ellos en la máquina del tiempo, nos permite el gusto de ver cómo las construcciones se deshacen, cómo pasan del esplendor a la decadencia y en ese tránsito se da algo que brilla no con la luz de los sepulcros, sino con la dignidad de un cirio encendido para la última misa.
En la radiografía hay también expansión de la tesis central del libro, hay regresiones, digresiones y marcas. Por ello, desde ese punto de inicio se pasa al desarrollo de la industria en las condiciones de la planificación, sus luces y desaciertos, sus personas, recuerdos y tribulaciones almáticas. El central se estatalizó, se colocó en manos de planes y pasó a formar parte de un patrimonio consciente, pero en deterioro por la ausencia de insumos, por la imposibilidad de acceder a tecnologías, por la invariable insularidad de Cuba que la salva a la vez que la condena.
Y aquí caemos en el verdadero tema del libro: el país. ¿Cómo una actividad económica define la esencia de una nación? Se dice fácil, pero solo mediante un estudio casi sociológico, con las herramientas pertinentes, se puede llegar hasta allí. Luis Sexto no es un científico social, no es un académico, no procede con el escalpelo de la grieta precisa; pero en su accionar existe una sensibilidad que es la del cronista, ese ser humano capaz de sentir la resonancia de los demás. La caña de azúcar ha sido el contrapunto del tabaco, su némesis, en un país en el cual ambos productos marcaron etapas del desarrollo. El azúcar estaba en la línea de la plantación y el feudalismo americano de las tierras en latifundio. El tabaco fue el símbolo de las primeras rebeliones de vegueros y de la independencia del trabajo. Si seguimos la huella de Sexto, los centrales fueron el último episodio de una larga historia que posee, en el agotamiento de las tierras y en la ausencia de transformaciones tecnológicas, los dos trasfondos de su esencia. Es el canto de cisne de la industria que nos forjó, pero que también nos dolió, la que hizo que salieran los mejores temas para composiciones poéticas, pero la que creó generaciones marcadas por el filo del machete que se llevaba de un tajo los dedos de los jornaleros.
La aparente cordura de las cosas es un libro, no obstante, de cierta rareza en la obra periodística de Sexto. No son crónicas de remembranzas, no son estampas de su niñez, no se trata de viajes literarios; sino que el ojo del reportero está sobre los sucesos, los sopesa y juzga y a veces los deja caer con la inmanencia de la desgracia.
Sin dudas, la lectura de este libro nos traslada las interrogantes más duras en cuanto a este tema y nos deja con el sabor de las piezas maestras. No es perfecto, no es una estatua sin fisuras, pero eso quizás no importa. Luis Sexto permite que veamos más allá del velo que la realidad teje a través de la idea. Y al menos eso nos conduce a pensar con claridad, recobrar la lucidez y tener presente que el pito de los trenes no será ya parte de un paisaje cronometrado y predecible.
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