
También puede suceder que al leer poesía uno avance como el niño que no sabe aún lo que es el abismo, esta afirmación pudiera ser el cierre de una valoración; pero no he comenzado con ella porque tal vez la lectura de Las amantes deformes, de Leyla Leyva, haya develado en mí cierta condición, cierto pudor, cierta compulsión que solo alcanza alivio en la lectura, quizá.
Lo primero que compartiré de esa lectura es que aquí no podemos hablar del poeta o la poetisa; en la página 26 el sujeto lírico asevera que: los poetas no existen. ¿Por qué ha dicho semejante cosa una versificadora cubana, una poetisa, un poeta de estas tierras en las que padecer el signo ha sido un mayoreo, una distinción. Un cogollito inexpugnable?
Y me lo creo, he encontrado la pregunta, repito qué está pasando bajo estas cincuenta y seis páginas, qué nos hurta el sujeto lírico de este libro; no es un ordenamiento dramatúrgico tanta destrucción, aquí los cimientos quedan intactos y, ante el perturbador verso de la ficción del poeta, se yergue otro más estremecedor aún por la carga vivencial que lo sostiene: la intimidad hila palabras siniestras.
Esa es una cualidad sin la que no pudiera existir el arte todo pero, fundamentalmente, la poesía; cómo se vive la intimidad, cómo se expresa eso siniestro que aquí se convierte en palabras, qué ha sido violado, vulnerado con urgencia.
Como si de un poema se tratase regreso a la misma pregunta: qué está pasando en este poemario. Un trasiego inesperado nos dice que estamos asistiendo a un parto, la destrucción de la que antes hablaba es eso, un parto de algo inesperado de lo que ya no seremos después del alumbramiento.
Pero antes, está la peculiar relación con el tiempo en este universo poético, Las amantes deformes en sí es un universo, su relación con el tiempo la establece con naturalidad a través del espacio. La Estepa más que tropo es crono, todo lo que está diciendo el sujeto lírico, el cúmulo de acontecimientos poéticos sólo tiene cabida en la inmensidad de la Estepa, enormidad que no está afuera, precipicio recorrido hacia dentro.
Esa es la nueva dimensión del tiempo, la del parto de un ser del que ya has sido madre y ese acontecimiento sólo puede suceder en una inmensa estepa donde quepa todo y respiren todos y, todos no es una vocación justiciera, es el convivio, la complicidad entre lo que fue y lo que ya es.
En una fábula africana, o mejor en un Oddùn de Ifá los relojes se pararon, este universo poético desequilibra esa profecía. Son siete mujeres: Louise Brooks, Mina Loy, Joan Didion, Natalia Ginzburg, Ellen Page, Olivia P., Lilalamarip.
Asistida por todos esos destinos hemos presenciado el nacimiento de una madre, el parto de la madre. Este libro también es el duelo por la madre muerta. Aquí la poesía y la muerte acontecen en una misma condición para dar paso al nacimiento.
Algunos desvelos a destacar en este libro:
Se ha desterrado la existencia del poeta de toda certidumbre. El hijo inesperado y presentido provoca la muerte y el parto de la madre. El tiempo es en el espacio, alcanza cierta materialidad inusitada en la poesía cubana, como es inédita la reescritura de la madre que aquí se hace para discurso poético cubano. La madre que le debemos al hijo en esa nueva dimensión que emerge gracias a que el hijo es quien está pariendo. Y así, como un puñetazo, golpea la soledad del hijo.
Y porque la poesía aún es fermoso fingimiento yo afirmo que los poetas sí existen pues en estas hojas una mujer, una escribidora, una poetisa, le ha escamoteado a la historia lo factual para convertirlo en fluido, en esencia poética.
Pero, querido lector, yo regreso a mis preguntas: cuáles conflictos develará tu lectura, cuáles emociones no podremos compartir porque como dijo lo terrible acontece en la intimidad… y al principio de estas palabras ya había dicho yo: También puede suceder que al leer poesía uno avance, como el niño que no sabe, aún, lo que es el abismo.
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