
I
La desgracia llega en sobres color madera
En la infancia yo siempre arruinaba las fotos. Todas las fotos. A los tres años empecé a desarrollar esta patología extraña, perversa, fruto de algún complejo o trauma no resuelto. No sé bien por qué lo hacía, pero no era capaz de evitarlo. Podría definirse como un tic, pero no lo era. Podía pensarse que se trataba de una gracia infantil, pero tampoco. Me pasó durante años y lo sufrí en silencio hasta hoy, que me atrevo a contarlo. Todavía me causa un poco de vergüenza hablar del tema.
Cada vez que veía a alguien a punto de hacerme una fotografía, individual o de grupo, casual o pautada, una fuerza más poderosa que cien caballos me obligaba a poner un determinado gesto histriónico.
Siempre el mismo gesto, durante dolorosísimos años. En mi casa de Mercedes hay cantidad de fotos mías que van desde que tengo uso de razón hasta el otoño en que el presidente Videla vino en persona al colegio y nos regaló una jaula gigante; en todas las fotos de esa época aparezco inmortalizado con esa cara de idiota. Burlándome del buen gusto; despreciando la posteridad de los álbumes familiares.
La mueca, técnicamente hablando, era un homenaje involuntario a cuatro celebridades de entonces. Un segundo antes del flash, yo inflaba las mejillas como el actor mexicano Carlos Villagrán, ponía la trompa como el cómico argentino José Marrone, y los ojos bizcos como la vedette Susana Giménez. A la vez, ladeaba un poco el cogote para la derecha, como el científico Stephen Hawking. El resultado era de un patetismo brutal.
Las primeras ocho o doce veces que lo hice me festejaron la gracia. Según mis estudios posteriores, comencé a desarrollar esta enfermedad en Mar del Plata, en el verano del setenta y cuatro. La primera foto que arruiné todavía existe, descolorida, en algún cajón de mi casa. En roda la serie de fotograffas de aquellas vacaciones tengo ese gesto infame. Pero mis padres no captaron entonces la gravedad del suceso.
Al principio se reían, creyéndome un gordito extravagante. Con el tiempo le restaron importancia al asunto, con una frase que usaban mucho conmigo para casi cualquier cosa:
—Dejalo, quiere llamar la atención.
Sin embargo los años y las fotos se sucedían y yo no lograba quitarme esa mueca de la cara cada vez que oía el clic de una cámara. En la intimidad de mi habitación, y aún siendo muy niño para traumatizarme por algo, yo sabía que tenía un problema grave.
Los demás, en cambio, seguían pensando que aquello era normal y pasajero.
Marcos, mi abuelo materno, fue el primero en darle importancia al asunto. Durante la Navidad del setenta y seis llamó a mi madre aparte y le dijo que yo era un pelotudo, que había que hacer algo con urgencia, que no podía ser que me burlase de toda la familia y le arruinara, sistemáticamente, las fotos de las Fiestas y las Pascuas, y que si alguien no me encarrilaba a tiempo, yo de grande iba a terminar muy mal: o muerto apuñalado en una zanja o, lo que es peor, dijo mi abuelo tocando madera, haciendo bolos en los programas de los hermanos Sofovich.
El regreso a casa en coche resultó ser la primera confrontación pública con mi enfermedad secreta. Mi madre, un poco cortada, me dijo que dejara de hacer morisquetas en las fotos. Me lo dijo con calma, pero dolorida por el sermón de su padre, al que respetaba mucho. Y sobre todo, me lo dijo como si esas muecas fuesen algo manejable para mí, como si yo, realmente, pudiese controlar el problema. Me aconsejó dejar de hacerlo, y se quedó tranquila.
En marzo del setenta y siete comencé la escuela primaria. Yo ya no era un chico de jardín de infantes, ya no se me perdonaba todo: comenzaba a usar guardapolvo blanco, bléizer, e iba al colegio engominado.
Ya sabía leer, y ya sabía escribir. A las dos semanas de clase nos sacaron a todos al patio para hacernos la típica foto de grupo. Las maestras me colocaron en la primera fila, a la izquierda de de la pizarra negra que ponía Escuela No. 1, Primer Grado B. Juro que hice esfuerzo sobrehumano para que no ocurriera la carástrofe, pero la mueca apareció, inmensa, justo en el momento del flash.
A la semana, en un sobre color madera, llegó |a fotografía escolar a mi casa y las cosas empezaron a complicarse. Mi madre se desinfló en la cama grande angustiada, y guardó la foto en un cajón en vez de ponerla en el álbum. No hablamos del tema nunca.
Por fin todos sabíamos que yo padecía una enfermedad extraña, pero la familia no era capaz de afrontar el tema en la sobre mesa.
Pasó todo ese año en puntas de pie. Yo intentaba no ponerme jamás delante de una cámara, y mi madre me quitaba de las reuniones y cumpleaños cuando llegaba el fotógrafo. Pero al siguiente marzo, cuando empecé segundo grado en un colegio distinto, los nuevos profesores (ignorantes de mi patología) me dieron otra vez posición de honor en la foto de grupo. Segundo Grado, 1978. Escuela Normal Superior, decía esta vez la pizarra. Y como el tiempo pasaba veloz, la foto ya era a colores, y mi mueca asquerosa apareció, entonces, tres veces más nítida y real.
Mi familia ya no sabia qué hacer conmigo.
Con desconcierto le echaban la culpa a los muchos libros que yo ya empezaba a leer por las noches. En ese tiempo me gustaban Tom y Huck, los personajes de Mark Twain, más que cualquier otra cosa en la vida.
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Sobre el autor
Hernán Casciari (Mercedes, Buenos Aires, 1971), escritor y editor argentino. Ha sido reconocido por la unión entre literatura y weblog con sus blogonovelas. Es autor de las novelas novelas Más respeto que soy tu madre y El pibe que arruinaba las fotos, los libros de cuentos España decí alpiste, El nuevo paraíso de los tontos, Charlas con mi hemisferio derecho, Messi es un perro y El mejor infarto de mi vida. Ha obtenido varios reconocimientos literarios, tales como el Premio de Novela en la Bienal de Buenos Aires (1991), el Juan Rulfo (1998) y el Premio de la Deutsche Welle al mejor blog del mundo (Berlín, 2005). Sus libros han sido traducidos a varios idiomas.
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