
Me cuento entre quienes piensan que la prensa, en su formato tradicional, tardará aún en desaparecer pese al empuje de las revistas digitales y quién sabe cuántas otras invenciones que puedan surgir en los próximos años. Me niego pues, a privarme del placer de sentarme en un banco de un parque cualquiera, a leer un periódico, una revista, un libro… impreso en papel.
Y lo digo porque hojear, palpándola con los dedos, algunas publicaciones, deviene un verdadero goce. Al menos eso le sucede a este redactor cuando revisa las páginas de la revista El Fígaro, cuyo primer número vio la luz —según datos fidedignos— el 23 de julio de 1885. Hace pues, 140 años.
«Semanario de sports y de literatura. Órgano del baseball», así se lee en el subtítulo de aquel número antológico que, como vemos, pretendía abrir un espacio informativo al que con los años se convertiría en nuestro pasatiempo nacional: la pelota, como hoy preferimos llamarla.
Fundaron El Fígaro algunos nombres conocidos de las letras cubanas del siglo XIX: Manuel Serafín Pichardo, Crescencio Sacerio, Rafael Bárzaga y Ramón Catalá. Pero sepa algo curioso: ya a partir del mes de noviembre de aquel año de 1885 El Fígaro dejó de ser un «semanario de sports y de literatura» para ser un «semanario de literatura y de sports». El Fígaro, cada vez más, se tornaba así en una revista (o un periódico, según el formato) de literatura, artes y sports.
Confieso que he revisado muchos números de esta revista y me ha sorprendido su calidad tipográfica, la excelencia de sus ilustraciones, la calidad de sus fotografías, el buen gusto del diseño, el gramaje del papel. El Fígaro fue una publicación para coleccionar y para ilustrar.
De particular interés resulta un número, el del 24 de febrero de 1895 (ruego al lector disculpe si estoy errado en la fecha, pues cito de memoria), dedicado a la mujer en la literatura, especie de catálogo en que hallará el investigador una muestra del quehacer de nuestras escritoras y artistas de finales del siglo XIX, extremadamente útil en nuestros tiempos.
Aun cuando se trató de una publicación que incluyó la crónica social, fue el elemento literario el que la identificó; sus páginas dieron cabida a la poesía de los más distinguidos intelectuales adscritos al movimiento modernista, entre ellos los cubanos Julián del Casal, Juana Borrero y los hermanos Uhrbach, así como a Rubén Darío, Salvador Díaz Mirón, Manuel Gutiérrez Nájera, José Santos Chocano, Amado Nervo y muchos más del ámbito hispanoamericano.
Y si de ensayistas, críticos y prosistas en general hablamos, hallaremos en El Fígaro, las firmas de Enrique José Varona, Manuel Sanguily, Rafael Montoro, José de Armas y Cárdenas (Justo de Lara), Emilio Bobadilla (Fray Candil), Nicolás Heredia y otros.
Destaquemos que por ella pasó como jefe de redacción el poeta Federico Uhrbach y que también lo fueron el periodista Bernardo G. Barros y el poeta José Manuel Poveda.
No viene al caso recoger los diversos cambios que hubo en su dirección, pero sí destacar el trabajo desempeñado por una de sus figuras esenciales, Ramón Catalá, quien estuvo al frente de la publicación por veinte años, entre 1909 y 1929.
A partir de la segunda década del siglo XX El Fígaro tuvo más de una ocasión, en que su frecuencia se hizo irregular y hasta llegó a suspenderse temporalmente. Se afirma que el último número se publicó en 1933, aunque algunos investigadores afirman que ya desde 1929 había desaparecido.
Con el mismo nombre y considerada sucesora de aquella, se publicó algún que otro ejemplar en 1943 o 1944. Pero los buenos tiempos de El Fígaro habían pasado ya y cuando hablamos del esplendor de esta revista nos remontamos invariablemente a sus años finales del siglo XIX y comienzos del XX, cuando hojearla, estampar el nombre en alguno de sus trabajos o simplemente tenerla en el revistero de la casa constituía un placer… que la pantalla del moderno ordenador difícilmente pueda sustituir.
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