
Tomás Agustín Cervantes y Castro Palomino revolucionó el periodismo de su tiempo en Cuba.
Nicolás Guillén, que escribió acerca de este habanero nacido en 1782 –y que asumió en 1809 la dirección de El Aviso– lo define como un periodista técnico que introdujo en el periodismo notables reformas en todos los órdenes. Estas permitieron, en primer lugar, dotar a la publicación de una tirada diaria, elevar el número de suscriptores, modernizar la tipografía y acrecentar su paginación, sin contar las innovaciones que introdujo en la línea editorial en que asentó su criterio de que un periódico debe servir al público que lo lee.
El 24 de octubre de 1790 apareció El Papel Periódico de La Habana, que solo logró publicar diez números hasta el 31 de diciembre de ese año –siempre los domingos- para aparecer dos veces a la semana desde 1791 hasta 1805, fecha en que toma el nombre de El Aviso, aunque siguía perteneciendo a la Sociedad Económica de Amigos del País.
Al asumir la dirección –redacción se le llamaba entonces- Tomás Agustín Cervantes empieza a buscar información en la calle, en el puerto, en las dependencias oficiales, y a las secciones ya existentes sumó el movimiento de buques en la rada habanera, así como la entrada y salida de viajeros. También dedicó espacio a las defunciones ocurridas en la capital, las novedades locales, los santos del día, la información meteorológica –astrológica como se decía en la época- y las campañas de vacunación.
Escribía Nicolás Guillen en su evocación de Agustín Cervantes dada a conocer en El periodismo en Cuba, libro conmemorativo del Día del Periodista, en 1935:
Ahí estaba ya el repórter. Cervantes había comprendido que el ritmo lento, literario e ilustrado del periodismo de la época necesitaba una inyección de vida, que solo podía encontrarse en la calle, en la oficina pública, en todos aquellos lugares llenos de movimiento, que es donde la realidad incuba las noticias. Siempre tuvo del periodismo –y esto lo identifica con el hombre de nuestro tiempo- la idea de que debía ser una actividad útil prácticamente a la sociedad, y ya dejaba entreverlo así al recomendar a la Sociedad Patriótica, la publicación de un diario, apoyaba su proposición en las circunstancias de que en esa forma se lograba tener al público servido. Como se ve, estaba bien lejos de aquellos inefables predecesores a quienes solo se les ocurría llenar los huecos producidos por la falta de material con largas y frías tiradas de escritores extraños, robadas a los libros de la época, en vez de buscar en la vida cercana la información viva, directa y necesaria.
Otras reformas instituyó Cervantes en El Aviso. Logró la eliminación en los anuncios de remate de fincas del nombre de sus dueños, a menos que un tribunal dispusiese expresamente lo contrario, y suprimió la «caja» o «cepillo» de colaboración espontánea que se había convertido en un depósito de libelos infamatorios.
Fijó el precio de periódico en 14 reales mensuales y lo llevó a 15 cuando decidió a incorporarle un pliego más. Sólo durante el primer año de gestión al frente de ese medio periodístico, el número de suscriptores pasó de 277 a 530.
Cervantes descendía de Leonel Cervantes Carvajal, Obispo de Cuba en 1625. Su padre fue síndico-procurador general de La Habana y diputado fundador de la Casa de Beneficencia. Cursó sus primeros estudios con extraordinaria brillantez en el colegio de Martin de la Dehesa, famoso en su tiempo, hasta que pasó al Seminario de San Carlos donde estudió Gramática, Retórica, Filosofía y Teología. En 1800 se graduó de Bachiller en Filosofía en la Universidad de La Habana.
Su ingreso en la Sociedad Patriótica marcó, sin dudas, una fecha muy importante para esa institución y para la cultura en general, pues en dicha Sociedad desplegó una inconcebible energía, al extremo de desempeñar, con éxito, casi todos sus empleos: secretario, presidente de exámenes de escuelas, curador de la Academia San Alejandro, vicepresidente de la Sección de Educación y redactor del órgano oficial.
No fue un escritor de grandes dotes, pero sí un organizador diligente y eficaz y un agudo observador de su tiempo.
Tomás Agustín Cervantes y Castro Palomino falleció en 1848 en la ciudad que lo vio nacer. Dejó inédito un libro donde recogió las crónicas de todo lo que sucedió en La Habana entre 1782 y 1840. Gracias a ellas se conocen hoy hechos que de otra manera se hubiesen perdido para siempre.
La calle Cienfuegos, en La Habana, llevó originalmente el nombre de Cervantes, en honor a este destacado periodista.
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