
Con la antología La flecha está en el aire, Letras Cubanas 2022, Waldo Leyva ratifica su lugar en las letras cubanas y revela hasta qué punto la crítica y el estudio de su obra se hallan en una deuda que no debía demorarse en ser pagada.
Sólida, sentida, abundante en aristas y temáticas, así como en recursos del discurso poético, su poesía nos convoca, por sobre todas las cosas, a disfrutar el placer de la lectura. Heredero y parte del conversacionalismo hispanoamericano, logra su propio derrotero al revelar, con orgullo, sus raíces humildes, campesinas, de pueblo, siempre pletóricas de imágenes, figuras y metáforas que nacen de la espontaneidad para dejar iluminados los instantes secretos del deslumbramiento.
A la literatura como guía y acervo del aprendizaje, y la cultura adquirida, se suma la vivencia inmediata y el recuerdo sentido en lo más hondo del ser. Son elementos primarios que marcan su quehacer y se destacan en «Conversación con Dylan Thomas», poema del libro Del tiempo y sus rituales, con el que se abre la citada antología y que ahora publica en edición electrónica Cubaliteraria.
Detrás de esa «conversación» del título, se inscribe un ejercicio de figuración que equipara el poema y la persona. Waldo conversa con los versos de Dylan Thomas convencido de que son ellos los que lo personifican, más que cualquier dato biográfico, o cualquier referencia bibliográfica. Ese diálogo se sublima en un tono de elegía que, al dignificar al interpelado, equipara la importancia del Yo trascendental.
El verso de Thomas «La muerte no tendrá señorío» expande su función de leitmotiv y le da vida a un poema que apuesta por la intensidad del sentir y la alusión confesional y privilegia las historias de vida más que los alardes poéticos. Vida, más que versificación y estilo, para llegar a la verdadera poesía, aun cuando parta de los versos del poeta galés para asentar los diálogos. Así va a sucederse esta conversación a la que acuden, en intertextos o alusiones, Nicolás Guillén, Fayad Jamís, Lezama Lima, Eliseo Diego, Jesús Orta Ruiz, Margarita Sánchez-Gallinal, Gastón Baquero, Lino Novás Calvo, Saint-John Perse y César Vallejo, cuya sombra tutelar se asoma alguna que otra vez en sus manías de oficio.
Tu voz marcada por el salitre y la cerveza ronca, me conmina para que hable del mar de tus primeros días.
Así le dice Waldo a Dylan, como si solo se entregara a una charla de colegas que comparten cervezas y anécdotas de juventud; como si cada garganta convirtiera en palabras diferentes la oscura cerveza del galés y la clara bebida que el cubano degusta. Le cuenta, por demás, cómo es el mar de La Habana, tan diferente al de la humilde aldea de origen del galés. Como si cada estrofa fuera otra copa que la mano coloca, vacía, sobre la mesa, Leyva convierte las provocaciones de Thomas en sentencias, o en confesiones como esta:
Nunca sabré si fui empujado o si yo mismo decidí esa ruta. Solo sé que despierto convencido de que toqué el silencio, que pude aquilatar su densidad, su frío.
Como de manantial que en torrente se convierte, arrastrando a la vez lo común y lo diverso entre ambas existencias, Waldo Leyva sale airoso del reto de glosar a Dylan Thomas, y atesora en los dominios de su texto, extenso y progresivo a partir del leitmotiv, un cúmulo de ideas, metáforas, imágenes poéticas que reivindican la vigencia absoluta de la poesía, incluso en estos tiempos en los que el culto a lo breve y lo ligero ha adquirido una legítima carta de ciudadanía. No hay concesiones a través del decir de este poema y, por ello, el resultado es hermoso y ejemplar.
Digna heredera de la Elegía a Jesús Menéndez, poema de total señorío en nuestras letras, esta «Conversación con Dylan Thomas» ratifica la obra de un poeta mayor, constante, vital y en pleno ejercicio del señorío que más reverencia Waldo Leyva: la poesía. Desde ella, la constante presencia de la muerte se estremece, recula y trasunta su espíritu fatídico en una esencia en que se funden las alquimias opuestas de la vida y la literatura, apostando por ambas a la vez.
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