
Como escritor, me considero un hombre con suerte. Cuando empecé a escribir mi primer libro, un poemario titulado Contar los dedos que se desarrollaba en una Escuela al Campo, tuve la suerte de conocer y hacerme amigo de Antonio Hernández Pérez, un excelente poeta de origen canario, que vivía en Caibarién y obtuvo numerosos premios literarios en su fecunda y desgraciadamente corta vida. Él fue mi primer maestro.
Pero luego la suerte me permitió intimar con numerosos cubanos grandes de la literatura, me refiero a Onelio Jorge Cardoso, Félix Pita Rodríguez, Eliseo Diego, Noel Navarro, y muchos más que nos los menciono para no hacer demasiado largo este trabajo.
Es por ello que ahora quiero comentarles acerca de mis muchos encuentros con Samuel Feijóo, en el tiempo en que residía en Caibarién y era presidente del Taller Literario de ese municipio. Mucho tuvo que ver en ese entonces la persona de René Batista Moreno, un escritor y poeta residente en Camajuaní, mi gran amigo, también ya desaparecido, desgraciadamente, que se había convertido en una suerte de explorador intenso e íntimo de la obra de Feijóo.
Soy natural de la vieja provincia de Las Villas, y a Samuel Feijóo lo conocía como investigador y escritor, ya con una obra publicada casi toda en la Universidad Central, y que circulaba por la Biblioteca Municipal de Caibarién, donde vivía y trabajaba, y por las bibliotecas de las escuelas que, en aquellos tiempos, (y por diecisiete años), me contaron en sus claustros. Así había leído Alcancía del artesano, alguna que otra obra más que ahora no recuerdo su título y, por supuesto, la revista Signos.
El primer contacto con Feijóo se debió a una invitación que me hizo mi amigo René.
El asunto es que Feijóo se había instalado en Camajuaní, y René entonces se había convertido en un valioso auxiliar del maestro, quien inclusive, hubo de pernoctar varias veces en su propia casa. Por esa época Feijóo estaba interesado en estudiar las fiestas populares de Camajuaní, las llamadas parrandas, con sus barrios de los Chivos y los Sapos.
Como yo había sido estudiante de ingeniería de la Universidad Central, había oído algunas de las andanzas de Feijóo: que si una vez había dado una conferencia en Cienfuegos sobre el tibor, y había puesto sobre la mesa uno de aquellos, de los esmaltados que ya no se ven; que si andaba por los campos de Camajuaní como un poseso buscando a los personajes populares en bateyes y caseríos y arrebatándoles sus cuentos hiperbolizados, algunos desvergonzadamente mentirosos, para luego hacer literatura; conocía la historia que él mismo contaba de la vez que se fajó con un oso en un bosque de Bulgaria, en fin, en aquellos momentos en que iniciaba mis balbuceos creativos, tenía que encontrarme face to face con este hombre porque yo, como él, andaba también a la búsqueda de personajes populares, mitómanos, y hasta mentirosos, pero con la variante de que buscaba aquellos que específicamente se movieran en asuntos de la mar.
Y nuestro contacto personal se dio una tarde calurosa mientras tomábamos deliciosas cervezas frías, enfocadas contra el medio ambiente agresivo.
Y es que resulta que en aquellos tiempos habían aparecido las pizzerías como salvavidas para resolver lo que los norteamericanos le llaman el fast food, es decir «comida rápida», y René estaba trabajando como jefe de Almacén en la pizzería de Camajuaní. Pícaro, como siempre fue, se había arreglado para tener una discreta mesa con cuatro o cinco sillas a la sombra de un árbol y frente a la puerta de su Almacén, de donde salían las glaciares cervezas. René me había invitado junto a dos o tres escritores en ciernes que entonces éramos, y ya estábamos tomando nuestro primer laguer cuando se apareció el maestro.
Después de las presentaciones de siempre, empezamos a hablar de literatura, que era lo que nos unía entonces. René dirigía el Taller Literario de Camajuaní y yo el de Caibarién, y por eso teníamos muchas cosas en común. No recuerdo que Feijóo hubiera intervenido en la conversación, quizás alguna interjección, o cierta precisión de algo, pero fue siempre muy discreto, y todo oídos.
Siguió subiendo el grado etílico provocando el incremento de temas hasta que sucedió lo esperado. Cuando se juntan varios hombres, en cualquier circunstancia, se empieza a hablar de un tema específico, después se salta para otro, pero se termina hablando de mujeres, y entonces aparecen los grandes machos, los de los orgasmos mejor logrados, aquellos que hacen llorar a las féminas, los de las erecciones interminables, en fin, esas tonterías que nos caracterizan temprano y que solo desaparecen con el tiempo y las realidades.
En esas andábamos cuando Feijóo interrumpió la conversación y nos dijo muy serio: «Ya yo no tengo sexo…pierdo muchas metáforas en cada orgasmo».
La risa escandalosa fue general y él no se inmutó, tranquilamente terminó su cerveza, se despidió con cortesía, y arrancó en pos de algunos de sus tantos avatares.
Nosotros comentamos que si una extravagancia, un chiste, una de las tantas locuras a que nos tenía acostumbrado, y todo pasó, y también pasó la susodicha águila por la mar.
Hoy tengo más o menos la edad que tenía Feijóo en ese momento en que nos hizo su explosiva reflexión, y porque los años te enseñan, hago otra lectura de aquel episodio, y me pregunto: ¿No querría decirnos el maestro que estábamos perdiendo mucho tiempo creativo, que luego nos faltaría, por andar «a la caza» de un cuerpo escultural y una mirada de mujer excitante, a veces lasciva? ¿No nos querría decir que perdíamos de aprender, de participar en conferencias y debates, de leer a los clásicos por la erótica «cacería»? ¿No querría informarnos que luego, cuando el tiempo, nos íbamos a arrepentir de las posibilidades desechadas?
Sé que este es un tema polémico que quizás los más jóvenes no entiendan, aunque también conozco que el sexo no significa para ellos lo que significó para nosotros. No obstante, espero que mis contemporáneos sonrían con socarronería y acepten.
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