
Aquel mes caluroso hacía hervir el pavimento del Vedado. Las ondas invisibles y ardientes subían y transformaban el otrora fresco barrio habanero en un infierno de paredes, aceras rotas, esquinas caóticas, caminos accidentados. En las calles Línea y 14 hallé la casona. Un portalón derruido, un techo a dos aguas, ventanales desbaratados, el musgo subiendo por la fachada junto a otras plantas silvestres. Alrededor, un terreno baldío con perros que saltan desde adentro hasta la cerca de la entrada. Nada me indicó, en ese instante, que era la casa de Dulce María Loynaz, el sitio que inspirara la novela Jardín, uno de los hitos estéticos de la vanguardia literaria.
¿Dónde están los objetos grandilocuentes, las estatuas, los canteros, los caminos de piedra, los riachuelos, los escondites llenos de sombra por dónde se paseaban cada tarde los inquilinos? ¿qué hay del murmullo de la poesía? Pensé todo eso de un golpe, sin que pudiese armar en mi mente el viaje de la casa hacia su decadencia. El jardín lateral estaba convertido en un huerto mediocre, con plátanos, malangas y hierbas. Ropa tendida, cordeles de alambres de púas, polvo, un color ocre que se volvía un remolino. El ruido de un radio encendido en el cual la voz del locutor se iba perdiendo hasta ser una papilla. Una señora, luego supe que se llamaba Maritza, me dijo que eso era una casa particular, que ya los Loynaz no estaban ahí. Se negó a dejar que me adentrara en los aposentos. Solo pude darle la vuelta a la vivienda desde afuera, atisbar a través de los agujeros de los muros, ver la decadencia interior de forma fragmentaria. Enredaderas, techumbre pandeada hacia abajo, trozos de tejas, oscuridad, un equilibrio precario.
La familia Loynaz llegó a la casona en 1923. En ese momento se trataba de un sitio con pocas viviendas alrededor, incluso se podía sentir el mar, su olor, su sonido. El sol se filtraba a través de las ramas de los árboles y las aguas corrían a través de diques creados a ex profeso para servir de regadíos. La abuela de Dulce María vio que a la niña le gustaba el flamboyán del jardín. Por eso, cuando trascendió que los anteriores dueños lo iban a cortar, ellos compraron la casa. Así la planta y la niña crecieron juntos y se fue forjando una sinergia poética. El jardín era un paraíso cerrado al mundo, donde los hermanos, entonces pequeños, acudían a clases con sus preceptores, jugaban, leían. Todo en total aislamiento. Podía decirse que se estaba conformando una cosmovisión a partir de las relaciones entre ellos y la naturaleza.
La casona tenía árboles y flores que no eran comunes en Cuba, también pavos reales blancos que cantaban por las tardes, cacatúas, flamencos rosados, madreselvas, jazmines del cabo, fuentes con peces exóticos. Carlos Manuel, a quien Dulce siempre definió como el hermano más brillante y otros denominaron «loco», se paseaba entre las aguas de los riachuelos con un aire monacal. A veces en las tardes, él y Flor discutían de manera ruidosa y los gritos podían oírse más allá de los muros. A veces también todo eso se mezclaba con el piano de la casa. Un instrumento en torno al cual ocurrían tertulias, donde grandes voces de la cultura y las letras discurrían. El crecimiento de los muchachos aconteció entre las conmociones exteriores y la paz interior. Todo eso roto, a veces, por visitas como la de Lorca, quien pasara una temporada ahí, escribiendo y tocando el piano. En una escena recurrente, ya patrimonio del imaginario, el poeta español improvisa con un vaso de whiskey y un trozo de mortadela, declama las delicias de la champola hecha con guanábanas de las plantas del patio. Habría que analizar los efluvios del jardín sobre el destino trágico de Lorca y su obra.
Recuerdo que me aparté de aquellas visiones al evocar un verso de Dulce María, de su poemario Últimos días de una casa: «No sé por qué se ha hecho desde hace tantos días este extraño silencio». Ella lo escribió en 1958, un año antes del gran cambio que redefiniría la vida de la poetisa. Ya no vivía en la casona de Línea, sino en la otra de la calle 19, que hoy se conserva con mayor precisión y arreglo. Pienso en el silencio que generan las enredaderas, los musgos, la arena que se convierte en remolino, los alambres de púas. Veo el contraste, oigo el piano de las tertulias de los jueves —llamadas juevinas y a las cuales acudían Carpentier, Lezama, Piñera…— es como un mundo perdido, una casona, un barrio y un país que ya nadie encuentra.
En los reportes de prensa se habla, desde el 2020 al menos, de un proyecto de rescate a partir de la idea de un especialista español. La iniciativa es que los habitantes de la casona sigan viviéndola como hasta ahora, pero integrarlo todo en una especie de conciencia del arte y el patrimonio. Sin embargo, permanece inamovible. El Vedado era la sustancia de Dulce María, pero la casona dio paso a Bárbara. Y pienso que los muchos caminos del personaje a través de balaustradas, columnatas, pequeños ríos, lunas que caen en los pozos hondos y se ahogan, cielos terribles de tormenta; son las muchas almas de la autora, sus diferentes maneras de salvarse. Cuando ella escribió Jardín tampoco vivía en la casona de Línea, pero el ser se filtraba fragmentario a través de los entresijos, dejándonos una estela apenas a partir de la novela lírica. Si ahora aquel mundo se rescata será de puro milagro, no importa la cantidad de dinero destinada.
De ahí que me interese ahora en evocar la visión de Bárbara. De hecho, la veo en un balcón oteando hacia el jardín y, más allá, en los aposentos; imagino a Dulce escondiendo el manuscrito de la novela en una gaveta. Está hecho con sigilo, tejido en una letra que respira, cuya sustancia se siente a través del papel. Ni siquiera el encierro puede acallar el poder de las palabras. Creo que para generar el sortilegio de la vida después de la muerte es necesario un espacio onírico, de resurrección de las imágenes. La novela estuvo condenada como un pecado. No porque alguien la viera como una marca demoniaca, sino porque pareciera que de su magma sale un mundo negado a desaparecer y la inmortalidad siempre crea un poco de miedo. Dulce se estaba anticipando demasiado en el tiempo, dibujó un apocalipsis de cemento, plantas, piedras, humedad. Ese paraíso perdido solo se podía recuperar a través de los sueños. En sus últimos días de vida en La Habana, ella no visitó la casona. Guardaba las mejores imágenes; las tenía para sí como un elixir. En cuanto a Bárbara, quiero pensar que todavía camina por el jardín y que no percibe que el caos se tragó cada hierba y que, donde antes estaba la luz, ahora percibimos el vendaval de la tarde y el polvo. Alguien apaga el radio que emite una bulla vulgar, como de aullido, y solo se oye el silencio. El Vedado a una hora determinada pareciera volver. Justo en una porción de la novela, la poetisa colocó una frase que define la sensación de bucle, esa experiencia de fantasmas: «Vendrán las casas sobre el jardín y desaparecerá el jardín devorado por la piedra».
El crecimiento desmedido, el urbanismo desbordado, la masa informe que se traga la individualidad y la regurgita deforme sobre el pavimento; todo caos subyace a la mirada de Jardín como una profecía autocumplida. ¿Realismo mágico, mitología, poesía en prosa? La propia autora la subtitula «novela lírica». Quizás porque no importa que queden cabos sueltos, que haya algo que no cierre del todo. Lo apolíneo no cabe dentro del aliento de la poesía total y lo que se siente en la obra no es el interés por contar algo, sino por subvertirlo todo. Dejemos que los narradores hagan su agosto, Dulce en cambio emerge desde una categoría superior.
La casona sufrió el mismo deterioro en paralelo con el silencio de la poetisa, quien por largas décadas no escribió ni publicó. Un hiato solo roto por la presencia espectral de la anciana en su otra vivienda de la calle 19. «Me siento ya una casa enferma, una casa leprosa», escribía en 1958. Luego vino todo lo demás. El mundo del arte estaba como Bárbara, mirando a través del balcón, suspenso en una sola nota de piano, como si Lorca quisiera decir el siguiente verso, pero un dios no lo dejara. El paraíso perdido se fue consolidando en un infierno de herrumbre. Las grietas avanzaron, la fe tuvo que batirse con los abismos que se iban tragando la casona. Entretanto, la poetisa y su porción mortal hicieron el viaje sin regreso a la necrópolis de Colón.
Aquel verano caluroso, las ondas invisibles creaban un terremoto de silencio. Yo no iba a restañar el tejado, ni a pagar para que los muros volvieran a crecer. Pero al menos sí era posible imaginarme una casona, un barrio y un país. No es suficiente, pero me consuela un poco. Dulce María Loynaz es uno de los pilares del discurso literario cubano. Quiero pensar que desde las palabras salen poderosos brazos capaces de levantarlo todo, de hacer que corran los riachuelos y canten los pavos reales blancos. Más allá, donde Maritza no me dejó pasar, imagino la casona y oigo chirriar los goznes que se desprenden y marcan este tiempo actual de decadencia. En uno de esos ventanales, tras la balaustrada, una imagen recurrente de Jardín persigue mis pensamientos: «Bárbara, por detrás, por arriba, por abajo, por siempre…, pega su cara pálida a los barrotes de hierro».
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