
El viaje de la higuera
Al Líbano, país de los cedros mágicos de Biblos, lo estremece de nuevo la maldición de la guerra. Los que abandonan esta casa ardiendo son censados y vueltos a contar para proveer de cifras a los llamados exilio político, exilio económico, migración, diáspora y éxodo.
Entre los miles y millones hay un tipo de ser, una criatura acostumbrada a llevar una extraña forma de vida, y para quien el estremecimiento puede transfundirse en frases, colores y melodía: el artista.
Si es escritor o poeta, es posible que después del viaje tenga que reaprender todas las palabras. En la peor de las profecías: escribirá versos en una lengua que no le pertenece, cuentos para una literatura que, por ser extraño y venir de otra parte, le será negada. Una higuera bajo la nieve.

Pero en nuestro mundo las higueras viajan y los escritores y poetas escriben también en una lengua que no es de la infancia, para una literatura que no es la de la nación, y para lectores de otras tierras que saben leer los gestos de su escritura.
Wajdi Mouawad y la solidaridad de los estremecidos
Wajdi Mouawad nació en 1968 en el Líbano, país que abandonó junto a sus padres durante la Guerra Civil libanesa (1975-1990). El exilio lo llevó a Francia, después a Canadá, donde vivió hasta el año 2000, y otra vez de vuelta a París.
Wajdi es Director artístico del Teatro La Colline, en Francia, donde ha representado sus obras Tous des oiseaux, Notre innocence, Fauves, Mort prématurée d’un chanteur populaire dans la force de l’âge, Littoral y Racine carrée du verbe être. También ha llevado a la escena adaptaciones de piezas de Eurípides, Sófocles, Shakespeare, Pirandello, Enda Walsh, entre otros. Publicada en 2012, su novela Anima ha recibido varios premios.
En sus presentaciones en el Colegio de Francia, Wajdi cuenta que sobrevivió al exilio a golpe de metáfora: inventó la idea de que un infinitivo es como el tractor de la frase -en la lengua árabe no existe esta categoría-, que las políticas cambian de nombre y de ideología por causa del clima -de la democracia agradable de los atardeceres al invierno de las repúblicas-, que así como el calor viaja a través del hierro, el dolor viaja a través del corazón del hombre.
Ya se había graduado de la École Nationale d’art dramatique de Canadá, tenía veinticinco o veintiséis años, cuando un día leyó en un periódico las noticias sobre el genocidio de Ruanda: «Preparábamos una adaptación de Voyage au bout de la nuit, de Céline, y, al mismo tiempo, mientras yo dirigía las repeticiones, ocurría la masacre de Ruanda. 40 mil muertos por día. Entonces no supe cómo continuar mi vida: ¿qué significa tomar el metro, caminar por la calle, ver los bares abiertos y, al mismo tiempo, 40 mil muertos? No comprendía. ¿Cómo iba a vivir con aquel peso en la conciencia? Entonces les hice aquella pregunta a mis alumnos: ¿Cuál es el sentido de todo esto?»
Fue una crisis de la que Wajdi se repuso solo tras conocer que hubo una vez un filósofo checo que murió después de un interrogatorio de dieciséis horas: Jan Patočka. En sus Ensayos heréticos, Patočka desarrollaba la idea de una «solidaridad de los estremecidos». En esta solidaridad, otra vez la metáfora como salvamento, halló Wajdi una explicación, o por lo menos un contrapeso, para el genocidio de Ruanda:
A todos nos estremece algo. (…) Comprendí que el estremecimiento era un estado común de las almas. Les dije a mis alumnos que antes de entrar en escena debían buscar en su pasado aquello que causó el estremecimiento, y convertirlo en energía.
Entonces el escritor libanés, solidario con todos los estremecidos y poseído por la escritura, solo existe para crear:
«Vegetación y silencio tiñen los cielos estrellados de la infancia. ¿Quién es capaz de imaginar el vertiginoso diálogo entre dos niños, el niño de las noches con belleza transparente en los desiertos de hielo donde la estrella polar brilla en lo alto, y el niño de las noches con fragancias de higueras y bosques de pinos mecidos por el canto lejano de los grillos?
¿Cómo el niño esquimal hablará de su cielo en aurora boreal? ¿Cómo describirá el movimiento imperceptible de las estrellas? “No, ninguna estrella aparece ni desaparece en mi noche. El cielo gira y yo soy el centro de una bóveda que me toma como referencia”. ¿Cómo le hablará de sus estrellas este niño inuit a quien, mucho más al sur, en el verano, se tiende alegre bajo las noches cálidas del sol mediterráneo?
¿En qué lengua de estrellas hablarán?
¿El niño de Libia le dirá yo duermo bajo las estrellas al niño de Siberia? ¿Existen expresiones en islandés en las que dormir bajo las estrellas significa morir de frío? ¿Los grandes pingüinos duermen bajo las estrellas? ¿Cuando desapareció toda esperanza, los héroes de la primera expedición al Polo Sur se resignaron a su suerte y se abstrajeron en una contemplación antártica de las estrellas? ¿Murieron bajo las estrellas?
¿Cómo el niño berebere le hablará de sus estrellas al niño de la Tierra del Fuego? ¿Y el de Alto Atlas, para quien existe una relación innegable entre estos astros de confeti y el canto de los pájaros? ¿Cómo explicarle al niño de México, cuyas estrellas son invisibles en la luz de la ciudad? «¡Los faroles, tú dirás los faroles!»
¿Qué le dirá el adulto al niño y el niño al viejo y el viejo a la muerte y la muerte a los Dioses y los Dioses a los hombres y los hombres a las bestias y las bestias a las piedras y las piedras a los ángeles, si un día todos se sientan a la misma mesa para evocar aquella mirada que buscaba en el cielo de la noche?”.
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