
Quisiera señalar, antes de empezar este análisis, que resulta complejo —cuando no incompleto— acercarse a un poema de manera aislada, sobre todo si pertenece a esa gran unidad —tan imbricada— que es el primer poemario de Eliseo Diego, En la Calzada de Jesús del Monte. Y este asunto de la organicidad adquiere especial sentido si recuperamos determinadas obsesiones que se han reconocido como medulares en la obra de Eliseo, por tanto, En la Calzada…, y que, coherentemente, también están presentes en el poema IV.
Milena Rodríguez refiere que En la Calzada… «es un libro con una compacta, profunda unidad temática, que gira en torno a esa calle cubana y habanera que es, o fue, la Calzada de Jesús del Monte, pero, también, a su fabulación, a su invención; y junto a ellas, en torno a la propia infancia del poeta».[1] En otro ensayo precisa: «Después, cuando este paraíso se pierde [se refiere a la infancia], debe hacer su función la memoria, y restaurar pero, también, soñar, inventar».[2] Tenemos entonces el tiempo, específicamente su recuperación/reinvención a través de la memoria, como uno de los movilizadores de la poesía de Eliseo. Sobre este punto, también ha señalado Milena: «En la Calzada… se construye una eternidianidad, un tiempo otro, transfigurado; un tiempo otro que mira desde el presente, y desde la cotidianidad, todos los demás tiempos, sobre todo el pasado, pero también, incluso, aquellos que no han existido».[3]
En la Calzada… el sujeto lírico va mirando los elementos y las gentes que habitan la Calzada. Pero no es un mirar presente, aunque desde un presente se hable. Es una suerte de retrospectiva que, signada por el recuerdo, por la memoria, por las vivencias, marca la forma y naturaleza —sutil, encantada— del espacio.
Así, en el poema IV el sujeto lírico nos invita a oír las figuras, las formas, donde las tardes breves suenan. Suenan, en presente. Pero se percibe el presente porque el sujeto se ha traslado ahí en su recuerdo, el sujeto está ahí revisitando en su fabulación. De esa manera, nos habla de unas tardes que bien pueden ser todas las tardes desde aquel momento en que el sujeto pasó por allí, vivió allí. No pudo quedarse, no puede detenerse el tiempo, pero puede generalizarse el recuerdo. Nos habla de un ahora que, producto de su fijación y reinvención, se ha eternizado, actualizado en el presente, en el diario. Que ha pasado mucho tiempo entre el presente y aquellas experiencias en la Calzada se aprecia, por ejemplo, en: «entre la espesura petrificada de los años», «las columnas (…) recamadas a veces por las monedas del recuerdo», «las ventanas de párpados agobiados por el polvo».
Empecé por el elemento tiempo por ser medular en En la Calzada… y en este poema, sin embargo, hay algo en particular que en él destaca, y es el sonido. Y así lo declara el sujeto lírico desde el comienzo, en una gran sinestesia: «Oigamos las figuras, el son tranquilo de las formas». La sinestesia contribuye al reflejo de la extrañeza de este lugar/tiempo otro, que funciona no con la lógica que conocemos, sino de acuerdo a unas normas otras, las de la memoria, las de la subjetividad. Así, este paseo por el recuerdo pareciera construirse a partir de los sonidos de las cosas. El sonido despertará la imagen en la memoria, dará vida al recuerdo. De ahí que entonces empiecen a desfilar una serie de elementos en el recorrido por la Calzada: casas, columnas, ventanas. Como si el sonido contribuyera a recrear la forma, como un eco que choca contra los objetos y permite materializarlos, verlos. Es este un sonido quedo, sutil. Apagado es el sonido de estos objetos, de estos espacios, como si viniesen desde muy lejos, como si se oyesen desde un lugar remoto, desde otro tiempo, como si así debiesen de escucharse los recuerdos, la memoria, el paso del tiempo (el son tranquilo, las tardes breves suenan, rumor distinto del agua, canción humilde, alabanza tranquila, melodía delicada). Y es esta misma condición la que tributa a que el paso del tiempo se perciba en el poema ralentizado, moroso, pesado (pausados giros, espesura petrificada de los años, aire de gozo y de quietud vibrados, su meditación va profundizando el silencio, las ventanas de párpados agobiados con el polvo pesarosas componen en versos largos el destino, macilentas pausas). Como quien se va regodeando en el recuerdo, demorando en su reconstrucción, recreándose en los detalles. Como si los objetos se fueran despertando, o apenas desperezando, ante el llamado del sonido y la mirada. O como si la mirada en realidad no los perturbase, claro, porque el sujeto no está ahí, no altera, solo observa.
Y también a esta idea de que se trata de un regreso desde la memoria tributa el color que prima en los espacios que, como los sonidos, son también opacos, quedos, descoloridos (casas transparentes, tardes breves, el fino paño de sus sombras, párpados agobiados con el polvo, la penumbra, muros cenicientos, se llenan de sombras y augurios las mamparas). Pareciera como si el sonido, sutil, bosquejase las imágenes, que entonces no son exactas sino reconstruidas, esbozadas desde el recuerdo.
El recuerdo se alza así a partir de los sentidos: sonidos, formas que casi se pueden tocar, se sienten en el tacto —espesura, vibrados, fino paño, columnas recamadas, ropas sofocadas—, y tonos apagados de colores.
Asimismo, desde lo formal, a la construcción de esta quietud, de esta idea de un espacio apacible, tributan también las oraciones de largos periodos, oraciones psicológicas. Como si quien mira fuese lentamente reparando y sobre la marcha construyendo los elementos, y con la amplificación como recurso fuera deteniéndose, regodeándose en cada uno y sobre los que arrojará un mínimo de luz, solo la necesaria para reparar en su condición de objeto apenas revivido, apenas existiendo. Este metro largo, de arte mayor, y la rima asonante, contribuyen a la respiración alargada, a la cadencia, a la languidez; que acompañan la intención sonora. En este sentido, los versos en su extensión parecieran remitir a la propia idea de la Calzada: versos largos como la larga calle. Por su parte, los hipérbatos, entretejen en complejidad, alteran, invierten, dilatan el fin de las ideas, su comprensión, como mismo se dilata el pensamiento, se deleita el recuerdo. Hipérbatos y un metro poco común (en su mayoría los versos son de 16 sílabas métricas) funcionan para darle estructura y forma a la extrañeza de este espacio/tiempo otro.
A propósito, y sobre el espacio, cabe recuperar: «Cintio Vitier, primer crítico-lector del poemario, percibió tres símbolos fundamentales en el libro: la piedra, la penumbra, el polvo».[4] Todos ellos presentes, también, en el poema IV. Pero no se trata de los objetos en su común ser: el uso de la personificación (las columnas recogen el fino paño de sus sombras, las ventanas de párpados agobiados con el polvo pesarosas componen, las gibas blasfeman, crujen los tendones del coraje) les da vida, permite entender su naturaleza, sus formas de estar en (de pesar sobre) el mundo, su agotamiento producto del paso del tiempo, que es reflejo del propio sentir desfasado, nostálgico, del sujeto (la lectura del poemario en su conjunto permite completar y profundizar estos sentidos. Por ejemplo, el poema «I. El primer discurso» resulta muy expresivo de esta posible identificación/inmersión del yo con el espacio: «y ya voy figurándome que soy algún portón insomne/ que fijamente mira el ruido suave de las sombras/ alrededor de las columnas distraídas y grandes en su calma»). Asimismo, cada elemento viene inexorablemente acompañado de un adjetivo, de su cualificación, que da la idea de preciosismo, al menos en la connotación en que al sujeto les interesa hacerlos ver. Se trata entonces de escenas: con imagen, con sonido, con movimiento. En este sentido, cabe apuntar que los objetos se nos presentan firmes, pesados, identificables en sus descripciones, mientras que los seres humanos en su alusión aparecen como etéreos, imprecisos, volátiles. La gente va y viene, la Calzada pervive, se queda.
Habíamos hablado de la sutileza de los sonidos en el poema, sin embargo, ello es así en la primera gran parte (las primeras cinco estrofas). Después, aquella existencia quieta se va agitando. Los sonidos ganan en intensidad, se van moviendo a otros más fuertes, más rotundos, van creando el ambiente, preparando/presagiando el final.
Hacia el final el poema se va cargando, como esas nubes macilentas, hasta que, como ellas, explota. Así, en las últimas tres estrofas, encontramos: profundas resonancias, las gibas blasfeman, crujen los tendones, retumban como carretas de morir las nubes. Todo nos va socavando la placidez y certeza que antes existía, en el espacio y en el sujeto. Como si la voz dorada del final, la bramadora sangre, el apagado canto, hubieran venido ya resonando desde antes en el trasfondo, subterránea pero fatídicamente, para acabar desmembrando lo que antes era muy firme, para acabar ensordeciendo al sujeto, es decir, privándolo justamente del sentido que le había permitido antes la dicha. Este movimiento hacia el final resulta muy significativo porque son precisamente estas últimas estrofas las que se van volviendo hacia el interior. Son las estrofas que van moviendo oído y ojo, la reflexión desde la Calzada, hacia los espacios interiores (de la Calzada a la casa, de la casa al sujeto, del sujeto a sus inquietudes —el yo, personificado en el rostro—). Así resalta que, mientras los objetos aparecían como apacibles, sosegados, el yo emerge como inquietante, desgarrador. Es el sujeto que no puede escapar del presente, dura poco el refugio en la memoria; el sujeto frente a sí mismo, frente al tiempo y su paso, frente a la muerte. Ese final cierra la sinestesia que ha existido en todo el poema: una voz que ciega (la voz dorada cegando sus misterios el oído en tinieblas), un rostro que ensordece (tu apagado canto, rostro, ensordeciéndome). Los sonidos como imágenes, el oído como espejo. Los espejos constituyen objetos de gran significación dentro de la poética de Eliseo, y otros poemas de la propia Calzada… permiten entender esta lectura («que la muerte/ ha de ser como un hombre/ contemplando su horror en el espejo», II. El segundo discurso: aquí un momento).
El recorrido por la Calzada, por la memoria, no podía menos que devenir recorrido por el sí mismo. Claro, porque siempre fue un andar psicológico, movilizado por el recuerdo, la nostalgia, el afán de recuperar un tiempo que siempre será ya otro, o de detener el tiempo. Pero este se impone con su andar implacable, y con él, también la destrucción del yo. La penumbra descrita en aquellos espacios del exterior de la Calzada acaba volviéndose par con una penumbra interior.
IV
Oigamos las figuras, el son tranquilo de las formas, las casas transparentes donde las tardes breves suenan con el rumor distinto del agua en variadas copas, y su canción humilde sueñen igual que las esferas. De río bondadoso tu lumbre y tus pausados giros entre la espesura petrificada de los años alegremente llaman y las riberas de tus niños por un extraño aire de gozo y de quietud vibrados. Las columnas recogen el fino paño de sus sombras, recamadas a veces por las monedas del recuerdo, como los senadores juzgan acerca de las formas y su meditación va profundizando el silencio. Las ventanas de párpados agobiados con el polvo pesarosas componen en versos largos el destino, mas la penumbra mueve por ellas su lenguaje hondo que la función del pardo extiende bajo los sonidos. El salmo de las hebras rubias que tañen aires ciegos por encima del bando de las danzantes ropas alza su alabanza tranquila de lo azul, su pensamiento, y por los altos flota la melodía delicada. Profundas resonancias cavan las manos de los viejos si en los delgados pechos van trabajosas afanándose, y las gibas blasfeman junto a muros cenicientos y crujen los tendones de los caballos y el coraje. Las ropas sofocadas por su lluviosa pesadumbre cuelgan de nuestros cuellos como las macilentas pausas en que retumban como carretas de morir las nubes y se llenan de sombras y augurios las mamparas. Pero vuelve, de ola de mármol vuelve la voz dorada cegando sus misterios el oído en tinieblas vuelven la bramadora sangre de las paredes desmembradas y tu apagado canto, rostro, ensordeciéndome.
[1] Milena Rodríguez. «La eternidianidad eliseana o algunos senderos de En la Calzada de Jesús del Monte, de Eliseo Diego: la penumbra, el sueño, el tiempo». En Mayerín Bello y Stefano Tedeschi (eds.): Al abrigo del tiempo que me arrasa. Eliseo Diego en su centenario (1920-1994). Roma: Sapienza Università Editrice, 2021, p. 148.
[2] Milena Rodríguez. «Palabras preliminares: Introducción. El sitio en que tan bien se está: caminando con Eliseo Diego por su Calzada de Jesús del Monte». En Eliseo Diego: En la Calzada de Jesús del Monte. Valencia, Editorial Pre-Textos, 2020, p. 25.
[3] Ídem, p. 57.
[4] Cintio Vitier. «En la Calzada de Jesús del Monte» [1949], en Crítica sucesiva, La Habana: Unión, 1971, pp. 217-229, citado en Milena Rodríguez. «Palabras preliminares: Introducción. El sitio en que tan bien se está: caminando con Eliseo Diego por su Calzada de Jesús del Monte». En Eliseo Diego: En la Calzada de Jesús del Monte. Valencia, Editorial Pre-Textos, 2020, p. 24.
Visitas: 44






Deja un comentario