
Cuando uno lee La memoria imborrable…, pudiera creer que Omar Valiño ha saldado su deuda de gratitud con todos aquellos que marcaron su formación en los predios del Instituto Superior de Arte (ISA), y más allá de sus muros.
El libro recoge treinta años dedicados al ejercicio de la crítica teatral, con sus tensiones y zonas de interés. Sobre el escenario del Milanés, hace poco más de tres años, yo mismo apuntaba que dicho volumen, no sólo se empeñaba en agrupar sus valoraciones sobre la escena, sino que constituía un muro de contención a la desmemoria, en tanto devolvía, desde una mirada personalísima, el gesto que iniciara Rine Leal con la publicación, allá por la década del 60, de ese aleph para el pensamiento teatrológico cubano que es En primera persona.
¡Qué iluso! La memoria imborrable…, no ha sido suficiente. Tras su publicación, Valiño no ha dejado de encauzar la mirada en aras de registrar el panorama escénico de su tiempo. Ella explica este nuevo compendio, Cenital, que agrupa un lustro de nuevas valoraciones, ahora desde la reseña.
A propósito, quise escribir una reseña para presentar un libro de reseñas. Lo vi como un acto de coherencia, sin embargo, no tardé en comprender que carecía de esa habilidad, de ese oficio que me permitiera exponer mis opiniones y juicios de valor ajustándome a unas pocas líneas.
Ciertamente, eso no solo apunta hacia mi falta de talento, sino que pone en evidencia un mérito de este libro, al menos, uno de los más evidentes: la capacidad de su autor para respetar la síntesis y no por ello, recurrir a facilismos.
Las reseñas reunidas en este cuaderno van más allá de la mera publicidad, y apuestan por la contundencia, claridad y pasión de los ensayos breves o los cuentos memorables. Estoy seguro que a Reinaldo Montero le gustaría decir que ahí radica la «condición necesaria» de este libro. En demostrar que lejos de ser un género menor, la reseña puede abrazar la profundidad. Todo depende del saber de fondo de quien la firma.
Pero hay más. A sabiendas de haberse agenciado un conocimiento no solo teatral sino humanístico diverso—no debemos olvidar que Valiño es crítico, investigador, asesor, editor y gestor cultural—, el autor parece evitar ese caudal. No es una estrategia fortuita.
Estos artículos tuvieron su debut en las páginas de Granma, diario que en el presente, con frecuencia quincenal, sigue publicando los singulares análisis que sobre el teatro realiza este autor.
Signado por los imperativos del buen periodismo cultural, el crítico opta por evitar terminologías encriptadas, y busca adecuar el mensaje al nivel de un destinatario diverso en sus expectativas e intereses.
De ahí que arribe entonces a una segunda condición necesaria: afrontar la posibilidad de ser leído por un público heterogéneo y aun así, no hacer concesiones ni faltarse a sí mismo.
Entiéndase por ello, la libertad de evitar trivialidades, el privilegio de compartir experiencias que para él realmente poseen algún valor genuino, e incluso, arremeter contra oportunismos y mezquindades. Todo con un lenguaje coloquial y ameno, sin alardes, que no teme reconocer un entusiasmo o una aversión, al tiempo que informa sobre estrenos, reposiciones, eventos, figuras o contextos.
Me he detenido en asuntos formales ya que me parecen algo esencial, pero también porque me ayudan a evitar el espóiler. No quiero cometer el mismo pecado en el que incurren nuestros comentaristas cinematográficos.
Así que, desde la forma, me atreveré a sondear cuidadosamente parte del contenido con la promesa de no revelar detalles importantes que puedan anular el interés del lector.
En ese sentido, me gustaría destacar cómo Omar provoca a toda suerte de lectores en aras de que marchen al teatro a apreciar las propuestas que reseña. En primer lugar, destaca en cada trabajo el propósito de informar con sutil precisión.
Por lo general, opta por adentrar al lector en la sinopsis para luego analizar los elementos fundamentales: la dramaturgia, el estilo—en caso de haberlo—las actuaciones o algún otro recurso que merezca su interés, y desde esos cardinales, subrayar las connotaciones culturales, éticas, históricas y sociales del hecho teatral en su confrontación con el ágora.
Desde esta perspectiva son analizadas puestas en escena de Ludi Teatro, El Portazo, la Franja Teatral, Los Cuenteros, Teatro sobre el Camino, Impulso Teatro, entre otros.
En esta confluencia de espectáculos, lo que más me llama la atención es la manera desprejuiciada, sin falsas jerarquías, con la que el crítico se emociona, al tiempo que resalta el alcance, por ejemplo, de propuestas que a simple vista pudieran parecer dispares en sus planteos.
Cenital no persigue celebrar obras maestras. Sus páginas se muestren abiertas y generosas al torrente creativo de maestros y jóvenes, de ahí que no debe sorprendernos el hecho de encontrar a un Omar seducido por la experiencia de un inmenso Mauricio Kartun, pero también vibrando ante los aciertos de un novel director guantanamero.
Ojo, con ello no quiero decir que el autor sea benévolo con casi todo, solo apunto al derrumbe de jerarquías fijas y mejor aún, a la voluntad de no asumir el ejercicio crítico como una oportunidad para adoptar posturas desdeñosas.
Desde esa visión se suceden pronunciamientos, homenajes, análisis sobre el quehacer de instituciones, premios y festivales. Una suma de artículos que, con relativa inmediatez, constituye un registro pormenorizado del impacto que tuvo para la escena cubana y mundial la llegada de la Covid-19, las maniobras creativas que intentaron sortear la etapa más dura de confinamiento y el arribo paulatino a la nueva normalidad.
Quizá, sin proponérselo, Cenital logra mostrar la terrible encrucijada que vivimos en ese pasado reciente, sus implicaciones profesionales, económicas y culturales, en tanto «subraya esa condición de encuentro humano, esencial al teatro como arte».
Precisamente, en esa difícil etapa la columna, al decir del propio Omar, «se refugió en la memoria sobre hechos y personalidades de las artes escénicas, con la obligatoriedad de un curso de obituarios que fue dictado por el fallecimiento de destacadas figuras del teatro, nacionales e internacionales». Santiago García, Antón Arrufat, Pedro Vera, Mario Balmaseda, Dagoberto Gaínza y esa monumental actriz que fue Herminia Sánchez, cuentan con una imagen que evoca en su justa medida, la intensidad y el rigor de sus fecundas trayectorias.
Me conmovió de manera especial la reseña Los títeres diciéndonos adiós, dedicada a Armando Morales, una semblanza que destaca primero, por no disimular los vínculos profesionales y emotivos que lo unieron a este creador; y segundo, por saber equilibrar la estatura creativa e intelectual del maestro titiritero con la fragilidad de la vida, con la terrible vulnerabilidad que nos acecha en tanto seres humanos:
Una imagen que vi a través de otros ojos, me quema el alma. Armando Morales está inclinado sobre su cama de hospital en medio de una sala vacía. Tamborilea con sus dedos sabe Dios cuál melodía clásica. Mis ojos, con los otros, se asoman a la puerta que no se puede traspasar y él, al darse cuenta, retira rápido la vista sin señal alguna de saludo. Está consciente, nos ha visto, pero no quiere encontrarnos en su estado. Le han amputado una pierna y sabe la otra extremidad igual de comprometida por una enfermedad angiológica. Le acecha la muerte y quizá lo prefiere. No podré preguntarle. No existirá esa última conversación. [1]
El cronista comparte con nosotros ese delicado momento y sé que lejos de cualquier gancho sensiblero, busca de pronto acercarnos al maestro, tornarlo cercano y familiar, antes de proseguir con sus extraordinario legado. Eso se llama astucia comunicativa. La manera con la que el autor logra colar en la admiración que le genera el incansable juglar, conexiones más personales, vínculos que trascienden lo profesional y que sin duda, hacen que el lector también establezca un vínculo cordial y duradero.
Algo similar ocurre cuando Valiño divulga la labor de Rine Leal, a quien sitúa entre los grandes. El cronista lo presenta como una presencia definitoria en la creación del movimiento teatrológico cubano pero, en aras de evitar altares, tras revelar su extraordinario compromiso con la escena, termina contándonos dos anécdotas criollísimas sobre la personalidad del autor de La selva oscura:
Hay dos anécdotas de Rine que me fascinan y retratan su atractiva personalidad. Una, en torno a los desayunos madrugadores mientras esperaban la impresión de algún periódico en los que trabajó durante los años 50. Como él y sus colegas muchas veces no tenían un quilo, el barman amigo les destinaba un «pan con filo», la clave que indicaba un simple pan cortado por el filo del cuchillo. Se reía ante el recuerdo y apostillaba que solo el placer inmenso de algún texto de los reunidos allí les curaba el hambre con el olor de la tinta fresca. [2].
Eso es periodismo cultural del bueno, un periodismo que sabe aprovechar la curiosidad del lector, ávido de conocer personajes y sucesos, para trasladarle inquietudes, al tiempo que se logra identificar con la figura descrita, al ser despojada de falsas distancias.
Dije que evitaría contar parte de lo que se puede encontrar en este libro, y al final terminé engañándolos a todos. No me culpen, todo es producto de la admiración y el respeto que le profeso a Omar, a quien reconozco, junto a otros, como un maestro invisible.
Y claro que en cada una de las reseñas se perfila un retrato de su autor. Aun cuando busca agregar nuevas interpretaciones, resultan recurrentes sus acercamientos a Argos Teatro, Vicente Revuelta, Eugenio Barba y el Odin Teatret, la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa, Teatro Escambray y la labor de Teatro Andante. En todo ello es fácil advertir lo que pondera el crítico.
Por último, quisiera agradecerle a Omar el hecho de hacerme regresar, a partir de este libro, a los desplantes moralizadores de Ventura Pascual Ferrer desde El Regañón de La Habana, a los repasos ejemplares de Rine en Lunes de Revolución, a los escenarios descritos por Amado del Pino en Juventud Rebelde y en el propio diario Granma. También a Ediciones Loynaz por incluir en su catálogo títulos que piensen nuestra escena. A Yaremis Pérez Dueñas por el cuidadoso trabajo de edición y por la enjundiosa discusión en torno al término «quinquenio» que, por suerte, aquí adquiere otros colores. Al teatro cubano todo. Ese arte efímero que desde hoy, cuenta con un nuevo haz de luz, para iluminar, y disipar, la caja negra de la desmemoria
Puede descargar el libro reseñado Cenital. Un quinquenio de reseñas críticas (2019-2023), de Omar Valiño, en formato PDF en nuestra sección de Descargas.
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Referencias
1. Omar Valiño: Cenital: un quinquenio de reseñas críticas, Ediciones Loynaz, 2025, p. 9.
2. Ídem. pág 68.
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