
Don Domingo Figarola-Caneda se movió con frecuencia entre América y Europa, llevando siempre consigo, en el corazón, a Cuba. Su hoja de servicios es vasta: patriota, periodista, crítico, bibliógrafo, traductor, fundador y primer director de la Biblioteca Nacional, que es como más se le recuerda. Esto último ocurrió el 18 de octubre de 1901 y la naciente institución tuvo como sede el Castillo de la Fuerza. Mas no fue todo cuanto hizo al respecto y de sus fondos personales realizó una importante contribución en libros, materiales y todo aquello que consideró útil a la biblioteca, que en 1902 fue trasladada a la antigua Maestranza de Artillería, iniciándose a partir de 1909 la publicación de la Revista de la Biblioteca Nacional, igualmente bajo la dirección de Figarola-Caneda, quien cesó en sus funciones como director de la biblioteca en 1917. Ahora lo invitamos a conocer algo más sobre la vida de Don Domingo.
Nació en La Habana el 17 de enero de 1852, fue estudiante de Medicina y guardó prisión, al igual que otros compañeros, durante el proceso que culminó en el bárbaro fusilamiento de ocho de ellos el 27 de noviembre de 1871.
Al descubrir que por el camino de la Medicina no andaba su futuro, Figarola-Caneda abandonó los estudios y se dedicó a las letras, de manera especial al periodismo. Fundó publicaciones y escribió para otras. Su pluma se interesó también por la crítica y los trabajos bibliográficos, que habían tenido en su ilustre compatriota Antonio Bachiller y Morales al más distinguido de los pioneros.
Si a la política cubana nos referimos, orientó sus criterios hacia el autonomismo, e ingresó en el partido de estos. Ya se le conocía por su labor como publicista y corresponsal en La Habana de La Ilustración Cubana, editada en Barcelona, donde aparecieron los textos de varios autores nacionales.
La prolongada situación de guerra en la Isla forzó a muchas familias a tomar el camino del exilio. Norteamérica, México, algunas naciones de Centroamérica y Europa fueron los principales destinos. Figarola-Caneda viajó a España a finales de 1887, se llegó hasta Francia en 1888, regresó a Cuba, embarcó de nuevo hacia Francia, pasó por Nueva York y colaboró en el periódico Patria, ocasión en que conoció a José Martí. Comprendió entonces que la vía del autonomismo no era la de la solución de los problemas cubanos y abandonó el partido de estos.
Puede afirmarse que a partir de su regreso a Europa —a París, en julio de 1894— inició una etapa importante en su vida, que señala una de las razones por las cuales ahora lo recordamos, y es que tan pronto irrumpió la guerra en Cuba, devino uno de sus más destacados divulgadores en el Viejo Mundo.
Redactó, tradujo, dirigió y financió la publicación de La República Cubana / La République Cubaine, semanario bilingüe en que proclamó su apoyo a la independencia de Cuba. Acerca de la importancia de esta publicación escribió el investigador Paul Estrade:
Diferentes elementos nos permiten afirmar que La República Cubana / La République Cubaine, cuya tirada se aproximaba a la de Patria, tenía un radio de acción que rebasaba París y los límites de Francia. Único periódico cubano en Europa, pasa las fronteras hacia Bélgica, Inglaterra, Escocia, Italia y España. Franquea el océano y logra llegar a Estados Unidos (varios agentes), Santo Domingo, Chile, y también, como ingeniosa hazaña, hasta la manigua liberada, donde se hojea con emoción.
El último número se publicó el 30 de septiembre de 1897, al cabo de haber visto la luz la considerable cifra de 81 entregas en total. En esta labor demostró Figarola-Caneda su condición de patriota intachable y de revolucionario cabal dispuesto a sacrificar su bienestar, al punto que perdió su fortuna personal, consumida en las gestiones del proceso de edición del periódico.
Hasta 1899 no regresó a Cuba, donde lo esperaban diversas responsabilidades: fue delegado oficial ante el Congreso Internacional de Bibliografía celebrado en 1900, París, en tanto amplió en Londres sus conocimientos acerca de dicha disciplina, entonces no muy explorada.
Fue miembro fundador de la Academia de la Historia de Cuba en 1910, además de miembro honorario de la Asociación de Bibliotecarios Franceses y de la asociación correspondiente para el Reino Unido. Su labor periodística es necesario rastrearla cuidadosamente, dado que utilizó varios seudónimos.
Por fortuna, Domingo Figarola-Caneda no es un olvidado más. Su obra mayor, la de la Biblioteca Nacional, no solo perdura sino que cumple su función primordial de servicio insustituible a la cultura patria.
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