
No resulta excepcional que un sacerdote (sea ya desde un sencillo fraile hasta un obispo, un cardenal, un papa) posea el don, el ángel, el carisma (palabra que viene al caso por su raigambre mística) capaz de convertirlo, aun a su pesar, en núcleo de atención, en palabra rectora de las conversaciones. Cuando a esos dones se suma una cultura colosal, un buen decir no exento de humor, una manera de escribir que hace de él un intelectual admirado y leído —sería miembro de la Academia Española de la Lengua—, entonces no cabe sino decir que estamos en presencia de un sacerdote tocado por la mágica varita de la «notoriedad ciudadana», porque monseñor Carlos Manuel de Céspedes García Menocal fue todo eso, y además el más popular y accesible de los representantes de la Iglesia Católica en Cuba.
El sacerdote, el hombre, y sobre todo el cubano que siempre supo llevar muy dignamente su nombre y apellidos —ambos honrosos e históricos, pero ciertamente pesados—, nuestro monseñor, fue bisnieto de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria, iniciador de la gesta independentista el 10 de octubre de 1868.
Nacido nueve décadas atrás, el 16 de julio de 1936, habanero de abolengo patriótico, católico, de cuna rica, dígase que hasta genéticamente portador de una cultura acumulada, cursó la enseñanza primaria y secundaria en el Colegio Champagnat, de los Hermanos Maristas de la Víbora, en la capital. Su formación religiosa estimulada en el hogar y en la escuela, influyó en su vocación sacerdotal.
En la Universidad de La Habana inició estudios inconclusos de Derecho, que no le impidieron comenzar los del Seminario del Buen Pastor, en las disciplinas de Humanidades y Filosofía.
Después, en 1959, embarcó hacia Roma. De sacerdote se ordenó en esa ciudad en diciembre de 1961 y los estudios de licenciado en Teología los concluyó en la Pontificia Universidad Gregoriana, en 1963. No puede decirse que en el caso del joven clérigo, la estancia de cuatro años en Europa le abrió los horizontes culturales, sino más bien que los enriqueció en persona como él, devoto de la cultura, del conocimiento y más aún, de la sabiduría.
A partir de enero de 1959 se vivió en Cuba un proceso político radical y delicado a un tiempo, difícil y en ocasiones áspero de relaciones entre el Estado y la Iglesia Católica, un toma y daca con picos y declives, pero sostenido durante un buen tiempo. El gobierno estatalizó la enseñanza y suprimió las escuelas privadas, por supuesto que incluidas las regidas por denominaciones religiosas.
Para Carlos Manuel de Céspedes, de regreso en Cuba en agosto de 1963 —lo expresara o no—, aquel panorama tuvo que resultar preocupante. Además, ya casi no le quedaban familiares en el país, pues habían emigrado.
El largo recorrido pastoral del párroco Carlos Manuel por El Guatao, Punta Brava, Santa Fe y la barriada de Jesús del Monte, hasta carenar en la habanera Iglesia del Santo Ángel Custodio, —en que fuera bautizado el niño José Martí, en plena Loma del Ángel, dentro del escenario descrito por Cirilo Villaverde en su inmortal novela, Cecilia Valdés—, donde mora entre 1980 y 1995, ha constituido para Monseñor no solo un perenne ejercicio pastoral sino, además, una oportunidad de convivir entre los pobladores, sean estos de cualquiera de los estratos de la sociedad.
Carlos Manuel de Céspedes García Menocal ha complementado así su sabiduría académica con la práctica de una profunda capacidad para la comunicación interpersonal con el prójimo.
En 1976 recibió la distinción pontificia de Capellán Papal y será director del Secretariado General de la Conferencia de Obispos Católicos de La Habana, canciller del Arzobispado y Vicario General de La Habana, rector del Seminario San Carlos y San Ambrosio, y algo muy importante a los efectos de nuestro recuerdo desde las páginas digitales de Cubaliteraria: autor de una novela, de poemas, memorias, relatos testimoniales, ensayos, estudioso y difusor de la obra y personalidad del presbítero Félix Varela, conferencista y ponente en eventos académicos en países de América Latina, Estados Unidos y Europa.
Monseñor devino el más activo y accesible enlace entre la conciencia popular y una Iglesia que, transcurrido el tiempo y pasados los encontronazos mayores con el Estado, abría nuevamente sus puertas al creyente y al curioso. Ningún sacerdote mejor para ello que Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, activo, culto, simpático, escritor refinado, con un nombre y apellido que portaba dignamente, excelentes relaciones con las figuras decisorias en la cultura y la política nacional.
Con el paso de los años bastó decir Monseñor y ya se sabía de quién se hablaba.
Murió el 3 enero de 2014 y su pérdida fue sentida, porque ya para entonces se había convertido en una personalidad de las letras y de la cultura cubana.
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