
—Deberías volver a hacer juguetes, madre.—Ya no hago juguetes, sólo los reparo.La hija frunció el ceño ante la brusquedad de la respuesta.
—Madre, no es que esté harta de venir hasta aquí a verte, pero deberías preocuparte más por tu bienestar y salir de este lugar.Fataneh alzó la cabeza y se quitó los espejuelos. Frente a ella, sobre la mesa, yacía a medio arreglar una antigua muñeca.
—Hija, ahora me preocupa más no parecer una vieja demente, y no basta con que me preocupe: lo parezco.
—De eso te hablo justamente. No ganas nada con permanecer aquí. Ven conmigo y retoma tu trabajo.
La muchacha recorrió con una mirada el taller de su madre. Juguetes destripados en grandes cestas de mimbre, aguardando a ser reparados. Un estante repleto de otros ya limpios y arreglados, algunos metidos en sus cajas originales, conservadas intactas por puro milagro. Y presidiendo todo, el gigantesco escaparate de herramientas, la mesa de trabajo y un anticuado ordenador.
—Hace unos días salió la última Stormbride. Está teniendo un éxito loco. Los padres se las arrancan a los dependientes de las manos mientras sus niños gritan afuera. Han subido los precios y nadie chista: siguen comprándolas. Tú podrías estar ahí, podrías perfeccionarlas si quisieras. Podrías hacer otras mejores. Podrías iniciar tu propia línea y enriquecerla con nuevos productos.
“Madre, piénsalo bien. La Reserva no es segura. En casa tenías tu taller, mejor que este. Tenías asistentes y clientes a montones. La gente te hubiera levantado un pedestal…”
—No quiero un pedestal, Rachel. No quiero volver. Terminé con la Stormbride. Aquí tengo paz.
Rachel dejó caer los brazos, desalentada. No entendía que su madre fuera tan cabezota, tan intransigente. No entendía por qué ese afán de enterrarse en la Reserva. En este almacén de degenerados.
—Querías paz: tienes paz —la frase sonó sarcástica—. Corriendo riesgo de enfermarte, arreglando los juguetes de los niños-bomba en este tóxico fin de mundo. A veces ni siquiera saben que sus juguetes están rotos. Cuando se los quitas para arreglarlos te patean y escupen. No tienen ni idea de qué está pasando alrededor.
La vieja tembló debajo de su bata. No reconocía a la niña que había criado reparando juguetes.
En otra época Rachel se levantaba al amanecer y se escondía debajo del mostrador de su madre, bebiendo la leche del desayuno mientras sobre ella Fataneh martillaba, destornillaba, soldaba o raspaba, reparando juguetes que al mediodía los dueños vendrían a buscar.
Venía todo tipo de gente. Adolescentes reacios, arrastrados por sus hermanos menores, con juguetes que les hubieran costado burlas crueles en la escuela si alguien se enterara de que aún jugaban con ellos. Abuelos afectivos que deseaban alegrar a sus nietos reparando viejos robots de compañía, amigos de juegos que habían caducado su tiempo útil, pero a los que una hábil artesana podía devolver la voz y el movimiento utilizando piezas inventadas. Padres apurados que le traían los juguetes a ella porque les hacía camino a la oficina o la fábrica. Y niños, miles de niños escandalosos que aprendían a regatear por no alcanzarles el dinero para reparaciones complicadas.
Fataneh usaba entonces, al igual que ahora, una vestimenta híbrida entre médico, veterinario y mecánico. Debajo de la bata blanca llevaba un overol azul, y cambiaba los aditamentos de su ropa en dependencia de qué clase de juguete le traían y de quién lo traía.
Si era un animal de peluche o plástico, cerraba la bata y agarraba una enorme jeringa. Si era algún tipo de máquina se quitaba la bata; y cuando le traían muñecas y soldados, tomaba un viejo estetoscopio. Para las armas, espadas o pistolas, aún le fallaba un poco la imaginación… pero bastaba con quedarse en overol.
Toda aquella farsa debía hacerse con la cara muy seria, sin disparates ni tonterías. A los niños no les gusta que los adultos se burlen de ellos. Cuando Rachel estuvo lo suficientemente crecida como para que sus manos alcanzaran el mostrador, se unió a la ficción como asistente, y parecía disfrutarla bastante.
Más tarde Fataneh comenzó a trabajar en una fundación privada y el salto de allí a la mesa de diseño y a la fama fue de unos pocos meses.
De la mujer exitosa que solía ser a la cansada vieja que era ahora solo había un trecho de años. Pero, de la Rachel niña que le alcanzaba herramientas, a la mujer independiente que la enfrentaba, la distancia no era de tiempo solamente, sino de universos. No sabía quién era ella. No la quería a su lado.
—Haces mal en subestimar a gente que no cono…
—¡Despierta, madre! —la exclamación estalló como un latigazo y Fataneh se encogió de sorpresa—.
Entre esos… los hay de más de veinte años. No son niños… bueno, no solo niños. Son infelices degenerados, retrasados, tullidos.
La vieja no pudo resistir más. Sentía que se ahogaba en aquel desprecio. Era eso lo que la había hecho salir disparada de su taller, de la ciudad. Ese devorarse a sí mismos como una enfermedad autoinmune. Romperlo todo, llenar el agua de porquería, el aire de humo, la tierra de escoria; volver locos los genes hasta que perdieran su camino y luego mirar a otro lado como si no tuvieran culpa, o cargársela a otros.
Se levantó tan violentamente que la silla cayó contra una de las cestas, derribándola y dejando el suelo sembrado de juguetes muertos.
—Vete —murmuró, y su hija reconoció la modulación contenida, aunque hacía años que no la oía con tanta precisión. Ven aquí pronosticando una paliza ¿Por qué lo rompiste? que nunca llegaba Explícame por qué pero que solo de insinuarse ya daba miedo.
—No son juguetes que puedas arreglar, madre —retrocedió Rachel—. Dentro de un mes volveré. Ojalá estés más razonable… porque te necesito.
Fataneh la vio irse. Por el mismo camino polvoriento por el que Rachel se alejaba envuelta en su traje aislante, venía Kykubi con la cabeza descubierta; su extraño andar liviano la hacía parecer a punto de volar. En el rostro con forma de corazón brillaba la mancha que identificaba a su tipo: una explosión de blanco que iba oscureciéndose hacia la frente, los pómulos y la barbilla. Niños bomba de ojos rojizos.
Pidió permiso con una mirada alerta y entró cuando le hicieron un gesto de invitación. Acomodó su cuerpo delgado en un rincón y sonrió.
—Siéntate en una silla, haz el favor.
La chica se alisó el pelo con gesto ausente pero no hizo el menor intento por levantarse del piso.
—¿Qué es d… degenerado?
Su voz sonaba torpe, poco usada, y la pronunciación era lenta.
Fataneh tomó asiento a su lado.
—A veces olvido cómo eres —sacó un peine del bolsillo y comenzó a peinarla—. No debes prestar oído a conversaciones ajenas.
—No puedo no oír.
Pedirles que no escucharan una conversación que tenía lugar a menos de veinte metros era absurdo: escuchaban voces a una distancia máxima de un kilómetro y distinguían las palabras a la mitad de esa distancia; y algunos de ellos lograban entender la esencia del diálogo. Hablar de cualquier asunto en la Reserva era no tener secretos.
—Degenerado es algo que ya no es como era.
Kykubi suspiró; no entendía bien. La vieja no sabía explicarle. Podría ser…
—Algo roto.
—Sí, Kykubi, algo roto que no funciona como debería.
La muchacha hizo girar el peine entre los seis dedos de su mano izquierda. Fataneh observó el movimiento, fascinada como el primer día que la vio hacerlo.
—¿Y yo… yo funciono bien?
La artesana sintió que se le congelaba el aliento. Apenas se atrevió a mirar los ojos rojizos de la chica.
—¿Qué te dijo?
—Degenerada, me dijo degenerada.
No parecía darse cuenta del insulto. No lo entendía… o no le importaba.
—¿Trajiste algo?
La muchacha comenzó a reírse de forma incontenible y palmeó su mochila con la mano izquierda, con la derecha se tapaba la boca y reía cada vez más.
—Traje poco e interesante.
Fataneh esperó que terminara de reír. Mientras fue a preparar algo de comer para ella, porque seguramente estaba famélica. Cuando volvió, Kykubi, después de haber desplegado un montoncito de extrañas piezas sobre la mesa, esperaba sentada en un extremo.
—Toma —le tendió un plato y la muchacha lo agarró ávidamente.
El pequeño surtido de piezas le resultó desconocido a la artesana.
—¿Qué cosa es esto, chiquilla? ¿De dónde lo sacaste? —le recordaban vagamente el primer prototipo del Interactive Magic World, pero a otro nivel, mucho más elevado y sofisticado.
—Me dijo que si lo arreglabas me haría inteligente.
No era alguien de la reserva.
—¿Quién es esa persona, Kykubi?
—Es un amigo.
—¿Qué te he dicho de los desconocidos?
La muchacha dejó el plato y se quedó mirando al vacío, aturdida.
—Que no hable con ellos.
—Exacto. Pueden lastimarte.
—Soy fuerte.
—Kykubi —a veces era como hablarle a un bebé—. Los extraños pueden ser más fuertes que tú, y menos buenos.
—Él es bueno. ¿Arreglarás? —eso era lo único que le importaba, era como hablar con la Rachel de siete años.
—Lo intentaré. Pero después me llevarás a conocer a tu amigo.
—Dice que me hará inteligente.
Jugar con eso era monstruoso ¿Quién podría ser? Fataneh caminó hasta la ventana y cuando volvió tomó asiento junto a Kykubi.—Pero eres inteligente.
—No como tú.
—Bueno, soy vieja. He estudiado, he visto mucho.
—Yo no puedo estudiar.
No era el mejor camino, así no llegaba a ningún lado.
—Mira, Kykubi. Todas las inteligencias no son iguales. Si yo tuviera tu edad y viviera aquí no lo pasaría nada bien. Sin embargo tú lo haces de lo mejor: eres inteligente.
—Inteligente aquí. Afuera, degenerada.
Su lógica era cruel, pero exacta. Y pensar que había quien los creía incapaces de establecer racionalizaciones.
Oído anormalmente desarrollado, vista aguda en la semipenumbra en que se había convertido la luz del día en esa región, resistencia al hambre, al dolor, a la fatiga, a las radiaciones y a distintas toxinas. Manos habilísimas de seis dedos, órganos supernumerarios pero viables… parecían un salto evolutivo.
O una subespecie humanoide. Sin embargo, tan lentos, con esa torpeza de reacciones y de hablar, como si su programa mental tuviera fallas y redundancias que alteraran el funcionamiento general.
—Tú arregla, por favor.
Una mutación múltiple, un error, generado por la actuación combinada de los elementos liberados por el accidente del Instituto Beagle y las modificaciones ambientales, que quizás con el tiempo desaparecería con los individuos problemáticos, incompatibles con la vida. Eso decían los especialistas. Sí, claro.
Pero los niños-bomba no desaparecían, no eran para nada incompatibles con la vida y sí muy prolíficos.
Nadie supo nunca con qué se estaba trabajando en el Instituto de Ingeniería Genética y Biopreparados Beagle. El accidente que hizo explotar las instalaciones de la isla, muy oportunamente no dejó indicios para investigar. Producto de una posible conspiración estatal con autoridades científicas, todas las pistas, documentos y posibles testigos se esfumaron, contradiciendo aquello de que no hay nada oculto bajo el sol.
Una zona de cerca de cuatrocientos kilómetros fue cerrada en torno a la isla Beagle. La ciudad de los científicos quedó abandonada y el lago dejó de ser un destino turístico. La nube de desechos cubrió la región por meses y la gente que vivía allí comenzó a experimentar drásticos cambios metabólicos y hormonales, algunos mortales. Los diagnósticos de procesos carcinógenos aumentaron dramáticamente y dos años después del accidente nació el primer niño-bomba, aunque no sobrevivió a su primera noche.
Desde entonces siguieron naciendo en diferentes zonas del mundo. Los que sobrevivieron al principio permanecieron con sus familias o fueron internados en instituciones médico pedagógicas. Después se decidió aislarlos en la Reserva Beagle, ya que parecían resistir muy bien las condiciones del lugar. Los descendientes resultaban cada vez más fuertes. Kykubi era uno de aquellos especímenes perfeccionados y vivía en el margen de la Reserva. Había ignorancia total acerca de cómo serían los que vivían en el interior: nadie había vuelto a entrar.
La muchacha tocó la mano de Fataneh sacándola de sus recuerdos.
—¿Arreglarás?
—Sí, Kykubi. Pero debes presentarme a esa persona.
—Bueno.
Ya había terminado de comer y empezaba a inclinarse sobre la mesa.
—No te duermas ahí, necesito el espacio para trabajar. Vete a la cama y quítate los zapatos antes de acostarte.
Pero ya Kykubi estaba roncando. Fataneh tuvo que cargarla con mucha dificultad y arrastrarse con ella hasta la cama.
Tanto pesaba ya que casi la dejó caer sobre el colchón. Le quitó los zapatos y la acomodó como pudo. Notó que tenía algunas excoriaciones y llagas en los talones y los dedos de los pies: ya los zapatos le quedaban pequeños y comenzaban a lastimarla.
Fataneh buscó en uno de sus armarios y sacó otro par más grande. Lo dejó junto a la cama y salió a tirar los otros que ya comenzaban a estropearse. Cuando la muchacha despertara se pondría los nuevos zapatos sin preguntarse de dónde venían, como los niños.
La vieja tomó asiento frente al revoltijo de piezas extrañas. Colocó un tapiz aislante y sobre él trató de organizar un poco aquello, separando las partes más pequeñas a un lado, las planas al otro, y así las largas, las redondeadas, las blandas, las metálicas. No conozco esta aleación. Algunas parecían rotas, otras simplemente desarticuladas. No entiendo este desorden.
Dentro de la mochila aún quedaba algo más. Fataneh se levantó y la alcanzó por encima de la mesa. Dos cubos semidesarmados con una concavidad en las superficies análogas. Al sacarlos, algo que los unía por las concavidades se derramó y cayó al suelo con un sonido blando.
—Mierda —refunfuñó desconcertada Fataneh al ver aquello desparramado en el piso. La sustancia era azul, de consistencia gelatinosa, y aparentemente era una pieza más.
—¡Mierda! —gruñó de nuevo, esta vez con más énfasis y cierto matiz de repulsión.
Las gelatinas psicosensibles nunca le habían gustado. La Stormbride tenía tres tipos entre sus elementos y eso la hacía tremendamente personal, a las claras una ventaja para los niños, siempre tan celosos de sus juguetes favoritos; y también fiscalizadora en grado extremo, lo que tranquilizaba a los padres: cuando el juego se tornaba demasiado acelerado, o demasiado peligroso, o llevaba más tiempo del aceptable, la Stormbride detenía todo y el niño emergía de la virtualidad descontento, pero vivo. Además, varias Stormbrides podían conectarse si se colocaban de una forma especial en el tablero que un asistente de Fataneh había diseñado como complemento, permitiendo que el GP 3 de todas se mezclara en una especie de loca sinapsis, y así grupos de niños entraban en el juego interactuando unos con otros a través de sus representaciones virtuales. Sin embargo esas sustancias de control eran difíciles de manipular sin las herramientas adecuadas y esta que salió del juguete destripado no parecía estándar.
—Voy a tener que recogerla.
Kykubi tendría que explicarle muy bien quién y por qué le había dado aquello, y qué era esa cosa.
Pero primero debía recoger el gel y colocarlo en su lugar original. ¿Sería tóxico? No, si tuviera esa cualidad los sensores ya se habrían activado y recomendado la evacuación del edificio. No era la primera vez que algo traído por la muchacha había desencadenado una reacción de emergencia.
En la Reserva siempre había que tener sensores casi universales y de óptima calidad, tanto fuera como dentro de la casa. No sabía uno nunca qué podía venir traído por el aire o por las suelas viajeras de Kykubi. Ahora los detectores de agentes patógenos, niveles de radiación, tóxicos y demás amenazas callaban y Fataneh había comentado días atrás con alguien su asombro por la aparente limpieza de la zona.
La cosa del suelo vibraba levemente cuando le daba el aire. Las ondulaciones azules se oscurecían o brillaban. La mujer buscó algunos medidores de viscosidad, Ph y temperatura, un par de guantes y una pinza armada de dos placas de vidrio no reactivo.
—¡Mierda! —gruñó una vez más y se inclinó sobre la gelatina.
Era muy densa. Tan considerable su nivel de cohesión que no pudo separar ni una pizca. La temperatura era relativamente baja. Ph muy bajo. No olía a nada ni parecía volátil.
Las placas se situaron a nivel del suelo y la despegaron. Luego Fataneh la echó en el hueco de una de las piezas cúbicas cuidándose de no tocarla. “Eso” se acomodó con lentitud y ella colocó la otra pieza, la gelatina se desbordó un poco en la juntura y estableció una delicada franja azul a todo lo largo de la unión. Algo de lo que estaba en la mesa debía servir para mantener unidas las piezas cúbicas y quizás para comunicar el compartimiento donde se había acomodado la materia gelatinosa con otros compartimientos.
Así Fataneh fue armando aquel galimatías. Varias veces tuvo que desarmar todo y comenzar de nuevo. Algunas piezas estaban rotas y las sustituyó por otras que parecían encajar de algún modo.
Desde siempre se había orientado casi instintivamente en los caos técnicos y mecánicos que desafiaban su inteligencia y hasta su imaginación. Así diseñó juguetes nunca vistos, cosas interactivas y sofisticadas como las Furious Racers y el Interactive Magic World, hasta llegar a la poderosa Stormbride que los niños se disputaban.
De este juguete que le había traído Kykubi, enrevesado y frágil, le intrigaban la función y el origen. Le preocupaba sobre todo que los chicos de la Reserva no eran capaces de jugar con algo así, de modo que no entendía de dónde podían haberlo sacado.
—Hum, ¡qué trastito tan interesante! parece más bien un dispositivo de diagnóstico pedagógico de los que usábamos con los niños en la Fundación.
Le dio vueltas buscando alguna entrada de datos o muestras, pero una vez armado, armado, no sé si arreglado, no se apreciaban ranuras ni orificios. Era simplemente un cubo de seis caras, con la mitad superior y la inferior capaces de girar sostenidas por el gel psicosensible. Que, después de ser activado, aumentó su nivel de cohesión hasta el punto de actuar como pivote flexible.
—Bueno, ya está, creo.Afuera ya estaba oscuro. Kykubi aún dormía.
—Debería acostarme yo también —pero se sentía extrañamente alerta y despabilada, con todas sus facultades despiertas casi al punto de desear otro reto, algo más que reparar o incluso construir.
Si se acostaba, quizás no podría dormirse, y como su cama estaba al lado de la de Kykubi, posiblemente la despertara con sus refunfuños y vueltas en el colchón. Decidió terminar con los juguetes que estaba arreglando antes, y al terminar de ponerlos a punto y colocarlos en las cajas nuevas que aún le quedaban, sin proponérselo, emprendió una tentativa mejora de la Stormbride de primera generación que siempre llevaba a todas partes.
Era una de las primeras, si no la primera que se fabricó. Ya se consideraba un modelo viejo, con solo dos prototipos de gel psicosensible y estos no eran de última generación; era menos segura quizás, y menos rápida que la que ahora se vendía.
Rachel la probó por unos días en ella misma y en los niños de trabajadores de la Fundación, señaló que aún tenía algunas fallas de funcionamiento, predijo acertadamente que podría empeorar con el tiempo de uso y propuso algunas soluciones para estabilizar los campos, disminuir el desgaste y acelerar los procesos pseudoneurales del artefacto. A Fataneh no la sorprendió que su hija fuera capaz de llegar a conclusiones y claves de funcionamiento que más tarde o más temprano ella misma averiguaría, no por gusto la muchacha trabajaba con su madre desde que era casi adolescente. Se entendían sin palabras y con frecuencia una estaba pensando en soluciones estructurales o técnicas que hacían romperse la cabeza a la otra. No hubo nunca mejor asistente para el trabajo de diseño, reparación y fabricación de juguetes que Rachel. Quizás ese fue el fallo: tratarla como colega y no como hija.
Estaba pagándolo ahora al ver que su hija no le profesaba más fidelidad ni afecto que a sus jefes, y que los deseos y miedos de su madre le daban lo mismo. Pero ¿qué podía saber de cómo debió tratar a la muchacha desde el principio? Ella misma creció sin padres, en una villa de obreros y artesanos tecnólogos, traída y llevada de una casa a otra, rodeada de hombres de manos rudas que sólo pensaban en trabajo, mecánica, física, cibernética aplicada y trucos de todo tipo para engañar o manipular máquinas, ordenadores y todo tipo de trastos inteligentes, semi-inteligentes o idiotas. Si no sabía cómo ser hija, mal podía enseñárselo a la suya. Pero podía intentar al menos que Kykubi aprendiera algo de ella.
—Kykubi, levántate ya.
La muchacha se sentó en la cama, todavía aturdida, Fataneh le tocó la frente.
—Tienes un poco de fiebre ¿no habrás estado rondando dentro del perímetro del Instituto?
—No, mamá.
Aquel “mamá” súbito la tomó de sorpresa, pero era de esperar que alguna vez surgiera. Pero hoy ¿por qué hoy?
—Levántate ya y lávate. En el botiquín hay una caja de pastillas verdes, toma dos y ve a la mesa. Ya terminé de trabajar con el juguete de tu amigo, no te hagas ilusiones: no sé qué cosa es, así que no sé cómo quedó
—Quedó bien, mamá.—Bueno, si tú lo dices. Ve a lavarte, hija.
Mientras la muchacha se aseaba, Fataneh arregló la cama revuelta y miró con pena la suya. Recién ahora estaba arrepintiéndose de la noche en vela. Ya no tenía edad para esas cosas. El sonido del agua en el baño le estaba dando sueño. Pero no podía dormirse, porque en cuanto Kykubi desayunara tomaría los juguetes arreglados para devolverlos a sus dueños. Algunos de ellos posiblemente no recordaran que eran suyos y los tomarían como si fueran regalos.Ninguno de esos juguetes le preocupaba… solo la cosa que estaba sobre el tapiz aislante en un rincón de la mesa, no muy lejos de la Stormbride reformada. Quería estar presente cuando ese “juguete” en particular fuera devuelto. Quería ver la cara de su dueño y preguntarle qué demonios pensaba cuando le dijo a una inocente niña que la haría inteligente. A lo mejor no había razones para alarmarse, quizás esa persona fuera uno más de los niños-bomba que había memorizado alguna frase estúpida y la repetía sin parar como un estúpido aparato dañado de reproducción sonora.
Escuchó a Kykubi salir del baño y caminar descalza por el pasillo. Dentro de unos segundos entraría desnuda al cuarto y volvería a vestirse con las mismas ropas raídas del día antes y se pondría los zapatos nuevos sin preguntar de dónde venían. Mi pobre niña.
A lo mejor sí había razones de alarma. El dueño del artefacto podía ser uno de esos pervertidos que rondaban la zona buscando niños y jovencitas medio idiotas que se dejaban hacer cosas solo por un juguete o algo de comer.
Esperó que Kykubi siguiera su ritual de todos los días: caminar descalza por el pasillo, detenerse frente a la puerta del taller, volver atrás como si hubiera recordado de pronto que no estaba vestida y entrar riéndose al cuarto “Mira, Fataneh, no me vestí” Pero esta vez los pasos no fueron erráticos. Kykubi fue directamente hacia el cuarto y se detuvo en la puerta. La expresión de su rostro era rara, sin embargo lo más raro fue el hecho de que se hubiera cubierto con una toalla.
—¿Puedo vestirme? —solicitó, y la vieja se demoró en advertir que la muchacha le estaba pidiendo que saliera de la habitación para vestirse a solas.
—Por supuesto, Kykubi —contestó y salió rápidamente dejando la cama a medio hacer, sin poder quitarse una rara sensación de azoramiento, como si hubiera sorprendido incómodos secretos ajenos, y en la mente la imagen de una mujer mordiendo una manzana.
—Mamá.
—Dime
—¿Qué es esto? —en la palma de la mano de seis dedos brillaban las cápsulas verdes. La Kykubi de ayer no hubiera hecho ninguna pregunta, se las hubiera tomado sin una protesta, sin discutir.
—Son para que no tengas fiebre y hoy puedas salir, tómatelas, por favor.
La muchacha miró las pastillas seriamente.
—Bueno —sonrió—. Creo que mal no me vendrán —y se las echó a la boca con un gesto rápido.
Fataneh suspiró, aliviada sin saber por qué razón.
—Hay desayuno en la cocina, Kykubi, espérame o si prefieres empieza sin mí.
—Esperaré.
Fataneh se duchó rápidamente y cepilló sus cabellos con los mismos gestos eficientes con que acostumbraba trabajar. El espejo le devolvió la imagen poco favorecedora de una mujer vieja y cansada, de pelo muy corto, casi masculino, ojos y boca profusamente rodeados de arrugas. Nunca quiso someterse a ningún tratamiento rejuvenecedor por no separarse del trabajo más de dos días. Permaneció casi tres minutos mirándose críticamente antes de advertir que había demasiado silencio.
—¡Kykubi!
La muchacha no contestó y Fataneh sintió pánico, ¿Por qué? salió del baño a medio vestirse ¿Por qué? Enfiló rápida por el pasillo hacia el taller ¿Por qué tengo miedo?Un ligero resplandor azul iluminaba el taller. Kykubi estaba sentada en su lugar acostumbrado de la mesa. Se había vestido con mucho más cuidado que de costumbre, no con las ropas del día anterior, sino con unas limpias: una blusa de mangas caladas, abierta atrás para mostrar la espalda, una falda corta y ajustada y largas medias a rayas, sostenidas por ligas que se perdían bajo la falda, y los zapatos nuevos; ropas de Rachel adolescente, que Fataneh se había llevado con ella a la Reserva. El pelo crespo de la muchacha estaba alisado y su cara… sus ojos estaban fijos en la cosa que emitía el resplandor azul.
El artefacto desconocido permanecía en su lugar, ejecutando una acción curiosa. En conjunto giraba lento sobre una de las aristas, y los cubos giraban en sentido contrario, a velocidad creciente.
Fataneh gritó y se lanzó a la mesa. Kykubi volvió la cara hacia ella en un movimiento ralentizado, los ojos brillando a la claridad azul y en sus mejillas lágrimas, cayendo lentas como si fueran de aceite.—Mamá —suplicó, y Fataneh derribó el artefacto de la mesa con un empellón. La cosa voló hacia la pared a velocidad amortiguada, antes de chocar se detuvo y se deslizó lentamente hasta el piso, donde se apagó. La vieja lo agarró y sacó una caja de seguridad, metió aquella cosa allí y fue entonces que cayó en cuenta de que los sensores de ondas estaban activos y gritando en todos los tonos que había que evacuar el edificio.
—¡Vamos! —tomó la caja, levantó a la chica y las arrastró hasta la puerta.
(…)
***
Leer La manzana de Eva completo en Islíada
Sobre la autora

Yadira Álvarez Betancourt (Holguín 1980-La Habana 2026). Narradora y promotora cultural cubana. Licenciada en Educación Especial y graduada del Curso anual de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso. Escritora, editora, podcaster y profesora cubana, con una trayectoria de colaboración intelectual en espacios de debate y periodismo cultural.
Falleció en La Habana el 4 de enero de 2026, a los 45 años, tras una larga lucha contra el cáncer. Entre sus títulos más citados figuran Historias de Vitira (Editorial Gente Nueva, La Habana, 2013) y Al oeste del sol y otros cuentos (Ediciones Itinerantes Paradiso, Miami, 2015).
Visitas: 28






Deja un comentario