
Es José Gonzalo Roldán uno más entre los numerosos poetas cubanos del siglo XIX que tuvo una existencia breve, en su caso de 34 años, desgastados por una tuberculosis que terminó venciéndolo.
Aun cuando no fue un poeta de primer orden, sus composiciones se han incluido en varias antologías, si bien no llegó a publicar ningún libro. «Las tres azucenas» y algunas poesías breves —escribe José Manuel Carbonell en su Evolución de la cultura cubana— de carácter religioso, consagran su modesta inspiración, que en ocasiones bebe de fuentes vulgares y trilladas. Roldán fue, sin embargo, uno de los más valiosos exponentes de la poesía en su época, y por ese título se le recuerda.
El juicio acerca de su hacer está así expuesto -puede agregarse su descuido de la forma- y presenta una cierta contradicción, porque, pese a su condición de poeta menor no pasó inadvertido, lo cual se explica por la relativa difusión que tuvo su obra y su correspondencia con los gustos generalizados de la época.
Presentamos a los lectores un fragmento del ya citado poema «Las tres azucenas»:
¡Bien haya quien blancas flores pone en tu temprana sien; oh, niña, dichosa quien sueña con castos amores! Extraviado peregrino iba buscando una flor, y me encontré con tu amor en la mitad del camino. Brillaba el sol refulgente cuando ufano sonreía con la infantil alegría de un corazón inocente.
Habanero (nacido en 1822), estudió en el Seminario de San Carlos y se graduó de abogado en la Universidad de La Habana a la edad de 26 años. La poesía, una afición que cultivó desde la juventud, lo llevó a fundar una publicación, Flores del Siglo, junto a Rafael María de Mendive, además de a colaborar en otras: La Prensa, Aguinaldo, Diario de La Habana, El Faro Industrial, El Artista…
El libro Cuatro laúdes, de 1853, incluye sus poemas, además de los de Mendive, Ramón Zambrana y Felipe L. Briñas. También escribió la comedia en un acto Amores de temporada, que no llegó a escenificarse, y dejó inconcluso un drama titulado El secreto del honor.
El poeta, que se sabía condenado, murió el 6 de enero de 1856, en la misma Habana de sus no muchos momentos felices y abundantes infortunios. Han transcurrido 170 años de su partida y unos cuantos también de su incorporación al panteón de los olvidados. Cubaliteraria se resiste a que así continúe siendo y le rinde muy modesto tributo.
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