
A la memoria de Guillermo Fernández
Leyendo a nuestro José Martí se aprende: «El poeta ha de estar entre los devorados y no entre los devoradores». ¿De cómo lo conciben unos y cómo lo consiguen otros? A saber. Pero si me dejaran digo que hay, y siempre habrá, para escoger. Pienso en Ángel Escobar y en Arthur Rimbaud. En Dino Campana, pienso.
Pienso en lo que escribiera el poeta y traductor mexicano Guillermo Fernández a propósito de la poesía italiana del novecento:
Durante el siglo XX ningún otro país de lengua romance aportó tantos y tan variados movimientos literarios como Italia — o poéticas—, término que suelen emplear constantemente los estudiosos italianos. Decadentismo, crepuscularismo, futurismo, vocianismo, rondismo, purismo son movimientos que ya forman parte de la historia de la literatura italiana del siglo pasado, a la cual se agregó el neovanguardismo de la posguerra, corriente esta que adquirió su mayor fuerza e influjo en los sesenta. En la década de los noventa, la neovanguardia se ramificó en muchas direcciones (salvajes, posneovanguardistas, fumisti, pop, realistas, hiperrealistas, metafísicos…[i]
Si vemos las cosas así habría que añadir a Italia la frase que Borges dedicara a Francia: Italia, un país de múltiples tradiciones. Al parecer Dante abre un camino y Petrarca otro, eso creo que dijo en algún momento Mario Luzi. Y decir que entre los devorados uno de esos tantos podría ser alguien nacido en Ciampino (Lazzio), en 1951. Muerto en Roma, 1971. ¿La causa? Suicidio. Edad: 20.
«Desde los 13 años —diría Guillermo Fernández— se aferró al clavo ardiente de la droga, hasta que las manos se le carbonizaron».[ii]
Que alguna vez protagonizó una fuga, no a Abisinia, sino a Turquía. Y que las relaciones con su padre no deben haber sido las mejores. ¿Su nombre? Eros Alesi. La historia, como su biografía, nos lo devuelve como el autor de unos pocos poemas: once exactamente[iii]. Qué decir. En tiempos en que se escucha y difunde el obituario de que la poesía no se vende, tal vez por los mismos encargados de difundirla, la importantísima editorial independiente Bonobos, de México, con su director, poeta, pintor y editor Santiago Matías al frente, y su coordinadora Amelia Suárez, narradora, han hecho un inteligente trabajo de edición en el 2003 y nos han entregado lo único que ha llegado hasta nosotros del autor de Mamá Morfina. Once poemas como habíamos dicho, exactamente. Pero… ¿había hecho falta más? Qué decir. Dante abre un camino y Petrarca otro.
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Post Scriptum
He preferido homenajear hoy con estas palabras y con este poeta (Eros Alesi) la memoria de nuestro amigo mejor, Guillermo Fernández (1932—2012), poeta y traductor, como ya habíamos dicho, quien fuera víctima (una más) de la violencia en su país natal.
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La comuna de la calle Andrea Fulvio
La comuna de la calle Andrea Fulvio Que la comuna de la calle Andrea Fulvio ha contribuido a formar mi ejército defensivo. Ejército que debe defenderse del propio Estado. Que la comuna, común el hecho de ser echado de la India y como tantos otros que me han gritado que el enemigo que yo identificaba, y acaso identifico aún en los otros seres vivientes, no eran más que mi propio ser. Que quizá llegados a este punto también podría decir que mi fuga, que mi insistencia en mi rol, mi viaje se vuelve nefasto en el mismo nivel de cuanto puede ser propiciado por buenos arúspices. Que me he apartado de la Comuna de la calle A. Fulvio con la boca amarga. Tal vez debí darle tiempo al tiempo para endulzármela. Llegados a este punto ya no entiendo nada, ya no sé nada. Sé que voy en un tren que va a Brindisi—que el resto pertenece al después, a los mañanas luminosos y a los mañanas negros. Que escribo, que he escrito.
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Notas y referencias
[i] Guillermo Fernández: Mamá morfina, de Eros Alesi, Tercera edición, Bonobos, México, 2003, p. 5.
[ii] Guillermo Fernández: Op. Cit, p. 6.
[iii] A los once poemas aportados a la lírica italiana del novecento por Eros Alesi bástenos añadir que otras literaturas por este mismo concepto no fueron menos fecundas. El médico Gottfried Benn aporta ya para 1912 ocho, desde su primer cuaderno Morgue, con el que logra conmocionar la lírica alemana; y uno de los nuestros, Nicolás Guillén, la misma cantidad pero hacia 1930 con sus Motivos de Son. «Fue —habría dicho Nicolás— como destapar un panal de abejas». La diferencia del médico, como la del tipógrafo con el desaforado Eros radica, entre otras muchas cosas, en la edad: 26 años Benn y Guillén 28 al momento de ver publicadas sus respectivas obras. El de Cuba como el de Alemania continuaron con sus búsquedas y es posible que hayan dado más, por suerte, de lo que esperaban. Es obvio que Alesi nunca vio publicada su poesía, y es posible que nunca esperara legar absolutamente nada. Algo me hace pensar (o colocarlo) en la línea de los poèts maudit que van de Tristán Corbier al Conde Lautréamont. Es lo que añado tan solo por ver completar esto que digo como un singular ejemplo.
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