
Autodidacta, dueña de un enorme talento natural que sobrevivió a los desafíos de una infancia y juventud muy difíciles, la escritora alemana Anna Louisa Karsch pasó de simple campesina a poetisa aclamada en los salones de su época. Nació el 1 de diciembre de 1722 en Hammer, cerca de Schwiebus, y al morir su padre en 1728, su madre la dejó bajo la tutela de un tío eclesiástico, que enseñó a la niña a leer y escribir y le transmitió conocimientos básicos de latín.
En 1732, cuando Anna Louisa tenía apenas diez años, la madre consideró que esa era suficiente edad para cuidar a los hijos de su segundo matrimonio, así como ocuparse de las tareas domésticas y el ganado, y se la llevó de nuevo a vivir con ella. A los dieciséis años la joven se casó con Michael Hirsekorn, de quien tuvo tres hijos. De ese período datan los primeros intentos poéticos de Anna Louisa. En 1748, Hirsekorn se separó de ella y la envió, sin recursos, de vuelta a casa de la madre, quien al cabo de cierto tiempo arregló un segundo matrimonio para su hija, esta vez con el sastre Daniel Karsch.
Anna Louisa tuvo tres hijos más, y mientras los criaba, escribía versos para las festividades familiares de la comarca y sus alrededores, que la hicieron conocida en la región. Las odas que dedicó a Prusia y al emperador Federico II, escritas durante la Guerra de los Siete Años, le alcanzaron fama en todo el país y le granjearon la amistad y admiración de personas influyentes, quienes la ayudaron a separarse de su esposo alcohólico y financiaron su mudanza a Berlín. Allí entró en contacto directo con la corte imperial y con escritores como Lessing, Moses Mendelssohn y Gottfried Herder, que apreciaron el arte de la poetisa, y Johann Wilhelm Gleim, que la llamó «la Safo alemana» y leyó sus poemas en la Sociedad Literaria de Halberstadt. Karsch mantuvo una amistad muy cercana con Gleim, quien sería el primer editor de su poesía: Auserlesene Gedichte (Poemas escogidos, 1764).
En 1764, cuando Anna Louisa llevaba tres años en Berlín, sus poemas fueron recogidos en un libro [por Gleim], y la recopilación tuvo un éxito sensacional. Karsch recibió un pago de dos mil táleros, los más altos honorarios pagados hasta entonces por un libro. Y así esta Anna Louisa Karsch, hoy casi olvidada, fue la primera persona en Alemania que pudo vivir exclusivamente de su trabajo como escritora.
(Lutz Görner, Das Poesiealbum, parte I, Reziteaterverlag Lutz Görner Weimar, 1999)
La hija de Anna Louisa, Karoline Louise von Klencke, publicó en 1792 los poemas de su madre bajo el título Gedichte von Anna Louisa Karschin geb. Dürbach (Poemas de Anna Louisa Karschin, de soltera Dürbach). Hoy se considera que en ambas ediciones, esta y la de Gleim, sobreabundan los poemas de ocasión y faltan algunos de los mejores textos de la autora.
En 1784 se erigió en el parque de Spiegelsberge una estatua en piedra caliza de la Karschin (como también se le llamó), primer monumento de este tipo que homenajeó a un poeta de lengua alemana, y que hoy se encuentra en la casa museo de Gleim en Halberstadt.
Karsch gozó de la admiración y el respeto de sus contemporáneos. El 11 de agosto de 1763, tras una larga conversación sobre arte poética con la escritora, el emperador Federico II le prometió una casa y una pensión anual, que ella no pudo cobrar por estar vacías las arcas del estado después de la guerra. Cuando Federico Guillermo II subió al trono, cumplió la promesa de su tío, y en 1789 le obsequió a la Karschin una casa en la Neue Promenade berlinesa.
Anna Louisa murió en Berlín el 12 de octubre de 1791, y fue enterrada junto a la iglesia de Santa Sofía de esa ciudad. En su tumba se lee la siguiente inscripción:
«Aquí yace Anna Louisa Karschin, de soltera Dürbach.
Peregrino, si no la conoces, busca conocerla».
Una profunda religiosidad y un fuerte vínculo con la naturaleza se reflejan en sus poemas.
Comparto dos de ellos con nuestros lectores.
Pensamientos en la mañana (1761) Hacia nosotros vuelve la mañana su faz alegre y sonriente, y con luz suave despierta al día las criaturas. El gorrión pía, graznan las vivaces gallinas un canto de alabanza, y los ojos de todos miran a Dios, que a todos alimenta. También yo estoy despierta, y al abrirse mis ojos les encargué que al cielo den las gracias ¡por el reposo, por la noche suave! Hay un Dios que rige este mundo, que portentosamente me rescató del polvo, ¡y alegría y amigos me concede!
***
Acerca del musgo El musgo permanece cuando todas las flores ya están muertas, sepultado hondamente bajo la nieve. ¡Cuán semejante a mí! Sepultada yací tanto tiempo bajo las penas, por muchos años largos y difíciles, y cuando mi invierno llegó estuve ahí sin marchitarme y comencé a reverdecer.
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