
Hace 120 años, el 10 de diciembre de 1905, el Premio Nobel de la Paz fue otorgado por primera vez a una mujer: la escritora, periodista y pacifista Bertha von Suttner. Nacida el 9 de junio de 1883 en Praga, Imperio Austrohúngaro, Bertha Félicie Sophie, condesa Kinsky, pertenecía a una familia aristocrática venida a menos, por lo que la esperaba uno de los tantos matrimonios de conveniencia que, en su época, se concebían como la «solución» para las mujeres sin fortuna.
Intentando escapar de ese destino, Bertha se marchó a Viena y se empleó como institutriz de las hijas de la familia von Suttner, con cuyo hijo Arthur comenzó una relación amorosa que no fue aceptada por los padres del joven, pues Bertha no tenía nada que aportar financieramente al matrimonio. La despidieron y, poco después, partió hacia París a trabajar como secretaria de Alfred Nobel. El empleo fue por breve tiempo, pues Nobel tuvo que volver a Suecia, pero la amistad y la correspondencia entre ambos durarían toda una vida.
Bertha y Arthur se casaron secretamente en Viena el 12 de junio de 1876 y se fueron a Georgia, en el Cáucaso, donde sobrevivieron haciendo traducciones y colaboraciones periodísticas, apoyados por la princesa Ekaterine Dadiani von Mingrelien. Bertha escribía relatos breves y ensayos para periódicos austríacos, de los que su esposo fue corresponsal durante la guerra ruso-turca (1877-1878), y luego colaborador permanente. Regresaron a Viena en 1885, y la familia Von Suttner aceptó por fin su matrimonio.
Ella continuó haciendo periodismo y escribió ensayos y narrativa, enfocándose siempre en la actividad pacifista. Bertha y su esposo viajaron a París para visitar a Nobel, y allí los tres se involucraron en una organización antibelicista cuyo objetivo era establecer una Corte Internacional de Arbitraje para resolver conflictos internacionales y evitar las guerras: la Asociación Internacional por la Paz y el Arbitraje, cuya sede principal se hallaba en Londres. Bertha entró en contacto con otros grupos pacifistas europeos, y se convirtió en una de las primeras escritoras que lucharon contra la carrera armamentista y los nacionalismos.
En 1889, publicó la que sería su obra más reconocida a nivel internacional: ¡Abajo las armas! (Die Waffen nieder!), novela en la que describe los horrores de la guerra desde el punto de vista de una mujer. El libro fue un bestseller en su momento, con 37 ediciones y traducciones a 15 idiomas. Hasta hoy ha continuado publicándose: en 2014, la editorial española Cátedra presentó una nueva edición de esta novela.
El 27 de noviembre de 1895, Alfred Nobel dejó establecido en su testamento que una parte importante de su fortuna sería destinada a la creación de un fondo para premiar a personas que hubiesen realizado aportes excepcionales a la ciencia, la literatura y la paz. Los premios comenzaron a entregarse en 1901 en las categorías de Física, Química, Fisiología o Medicina, Literatura y Paz. El primer Premio Nobel de la Paz fue otorgado a Frédéric Passy, cofundador de la Unión Interparlamentaria, y Henry Dunant, fundador del Comité Internacional de la Cruz Roja.
Alfred Nobel y Bertha von Suttner se enviaron alrededor de 90 cartas a lo largo de veinte años, ¿y de qué hablaban en esas cartas? De la paz. Ella le dice incluso que debería dedicar su fortuna a la paz: a organizar conferencias de paz y a la reducción de los ejércitos. Ella era más idealista y Nobel era más práctico y creía en el equilibrio de poder. Ella le siguió escribiendo carta tras carta para intentar que él cambiase su visión. Y lo consiguió, porque al final Nobel en su testamento dejó estipulado que el premio de la paz fuese concedido a quien luchara por la paz y por la reducción de los ejércitos permanentes.
(Anne Synnøve Simensen, periodista y escritora, 2015)[i]
[i] Citado en https://www.cndh.org.mex
Anne Synnøve Simmensen es autora del libro The Woman behind the Nobel Peace Prize: Bertha von Suttner, Editorial ISBN Noruega, 2018
Von Suttner también luchó por los derechos de las mujeres, y estuvo siempre a favor de una Europa unida. Participó en cumbres internacionales como la Conferencia de la Haya de 1907; ya entonces, hizo advertencias sobre la carrera belicista que amenazaba al continente europeo.
Esta gran pacifista falleció el 21 de junio de 1914, poco antes de que comenzara la Primera Guerra Mundial.
Comparto con nuestros lectores fragmentos del epílogo de ¡Abajo las armas!, de Bertha von Suttner.
***
No me he quitado nunca mi ropa de luto, ni siquiera el día de la boda de mi hijo. Cuando alguien ha amado, poseído y perdido a un hombre así –y lo ha perdido de esa manera–, su amor tiene que «ser más fuerte que la muerte», su afán de venganza no puede enfriarse jamás.
Pero ¿a quién se dirige esa ira? ¿De quién debería yo vengarme? Los hombres que cometieron el crimen no tienen la culpa. El único culpable es el espíritu de la guerra, y solo a este puede orientarse mi demasiado débil persecución.
Mi hijo Rudolf está de acuerdo con mis ideas, lo cual no le impide, por supuesto, participar todos los años en ejercicios militares, y no le impedirá marchar al frente cuando mañana se desencadene la inmensa guerra europea que se cierne sobre nuestras cabezas. Y entonces tal vez tenga yo que ver de nuevo cómo lo que más amo en el mudo es sacrificado a ese Moloch; cómo un hogar consagrado al amor, que promete a mi vejez descanso y paz, es reducido a escombros.
¿Tendré que vivir de nuevo eso, y después caer irreversiblemente en la locura, o veré aún el triunfo de la justicia y la humanidad (…)?
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