
Educada en una familia de intelectuales, Bettina Brentano —también conocida como Bettina von Arnim, su nombre de casada— encarnó al mismo tiempo los ideales del romanticismo y la audacia de desafiar las convenciones de su época, por su defensa de los derechos de las mujeres y de los más pobres. Elisabeth Katharina Ludovica Magdalena Bettina Brentano nació el 4 de abril de 1785 en Frankfurt del Meno, y al quedar huérfana de madre fue enviada a un internado religioso en Fritzlar, donde se mantuvo de 1794 a 1796. Fallecido su padre, Bettina pasó a residir desde 1797 en Offenbach am Main junto a su abuela, la escritora Sophie von La Roche, que influiría positivamente en la formación de su nieta.
En 1811 Bettina se casó con Achim (Carl Joachim) von Arnim, quien había colaborado con su hermano Clemens Brentano en una recopilación de poemas, narraciones y canciones populares alemanas publicada por ambos bajo el título Des Knaben Wunderhorn (El niño y el cuerno maravilloso, 3 tomos, 1806-1808). El matrimonio tuvo siete hijos; una de ellos, Gisela von Arnim, sería también escritora. No vivían juntos todo el tiempo: Bettina y los niños residían en Berlín, mientras Achim prefería cuidar sus tierras en Wiepersdorf (Heidelberg), y se reunían todos en el verano. Bettina y Achim estuvieron casados durante 20 años, hasta que él falleció en 1831.
Tras la muerte de su esposo se intensificó la actividad literaria, cultural y social de Bettina. Se encargó de publicar las Obras completas (Gesammelte Werke) de Achim von Arnim. Intentó influir en política con el reportaje social Este libro es para el rey (Dies Buch gehört dem König, 1843), dedicado a Federico Guillermo IV de Prusia, en el que proponía reformas para favorecer a los desposeídos. En 1852 publicó Conversaciones con demonios (Gespräche mit Dämonen), un texto en el que abogaba por la abolición de la pena de muerte y la igualdad política para las mujeres.
La familia von Arnim mantuvo relaciones amistosas con escritores de renombre como Christoph Wieland, Herder, Goethe, los hermanos Grimm y otros. Bettina elaboró las correspondencias que sostuvo con su hermano Clemens, Karoline von Gunderode y Goethe en forma similar a la de novelas epistolares, y las publicó entre 1835 y 1844.
Ya en 1835 se había publicado su Diario (Tagebuch), al que pertenecen los fragmentos que presentamos al final de estos apuntes.
Bettina fue también dibujante y compositora, y se relacionó con grandes músicos de su época, como Beethoven, Felix Mendelssohn-Bartholdy, Johannes Brahms y Robert Schumann. Compuso canciones (Lieder) con acompañamiento de piano; algunas eran musicalizaciones de poemas de Achim von Arnim y Goethe. Su obra musical se publicó por primera vez en 1920 como parte del tomo 4 de sus Obras completas, pero muy retocada por el editor Max Friedlaender. Una nueva edición por Renate Moering rescató los originales de Bettina von Arnim, basándose en manuscritos y primeras ediciones.
Con motivo del bicentenario de Bettina se creó en Berlín, en 1985, la Sociedad Bettina von Arnim, cuyo objetivo es dar a conocer la vida y obra de la autora. En 1991 se creó en el castillo de Wiepersdorf el Museo Bettina y Achim von Arnim, que guarda documentacion sobre la vida y obra de esta pareja de escritores.
Los textos de Bettina, muy cercanos a la naturaleza y el paisaje, la vinculan con las actuales tendencias ecologistas, como se refleja en los fragmentos de su Diario que compartimos a continuación, en los que recuerda su infancia en el internado.
* * *
Ahí estaban las noches de verano, armonizadas por el canto de los solitarios vigilantes y ruiseñores, y la mañana que comenzaba con gritos de gansos y burros: entonces la sobriedad del día marcaba una justa distancia respecto al himno de la noche.(…)
Así, poco a poco fui ganando confianza y me familiaricé con la naturaleza, y en talante jocoso atravesé algunas pruebas; la tempestad y los truenos me atraían hacia afuera, y eso me alegraba; no temía al cálido sol; me acostaba sobre la hierba con tallos floridos en la boca bajo enjambres de abejas, y creía firmemente que ellas no picarían mis labios, porque yo era tan amiga de la naturaleza. Y así me enfrentaba a todo lo que otros temían; ir en la noche por caminos pavorosos entre oscuros arbustos, eso me atraía, y en todas partes todo me era familiar, y no había nada que temer. (…)
Bajo el arco de aquella puerta me sentaba en algunos mediodías cálidos; a la izquierda, en la esquina del crucero, la casa de las abejas bajo altos árboles de taxus, a la derecha el pequeño jardín de las abejas, plantado con hierbas aromáticas y claveles, de donde ellas extraían miel. Desde allí podía mirar a lo lejos: hacia la lejanía que tan maravillosos sentimientos despierta en las almas infantiles, que eternamente nos pone delante una misma cosa, moviéndose entre luz y sombra, y primero despierta en nosotros presentimientos temerosos de un futuro aún velado. Allí me sentaba y veía a las abejas regresar de sus recorridos; veía cómo se revolcaban en el polen, y cómo seguían y seguían volando en la inconmensurable lejanía; cómo planeaban en el éter azul inundado de sol: y entonces, en medio de aquellos arrebatos de melancolía, me asaltaba también el presentimiento de una inmensa dicha.
Sí, la melancolía es el espejo de la dicha: tú sientes, ves en ella precisamente una dicha a la que ansía. ¡Ah, y en la dicha otra vez, a través de todo el esplendor de la alegría, irradia esa dolorosa complacencia! Sí, la dicha es también el espejo de esa melancolía que asciende desde profundidades insondables. Y ahora en la memoria, como en los días de infancia, vuelve a mi alma aquel estado de ánimo que brotaba lentamente con el crepúsculo, y después volvía a desaparecer cuando la luz del sol había trocado su lugar con la de las estrellas, y el rocío de la tarde humedecía mis cabellos. (…)
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