
Este 30 de julio es el cumpleaños 208 de Emily Brontë, autora de una de las novelas más originales, apasionantes y revisitadas de la literatura universal: Wuthering Heights, en español Cumbres borrascosas. En los breves 30 años de su paso por la Tierra, Emily no escribió más que esa narración y un puñado de poemas, quizás sin pensar que con ellos se aseguraba un sitio perdurable junto a los grandes escritores de todos los tiempos.
Emily creció junto a sus hermanos Branwell, Charlotte y Anne (otras dos hermanas murieron tempranamente) en la casa parroquial de Haworth, donde su padre, Patrick Brontë, era el pastor. Huérfanos de madre desde pequeños, acostumbrados a una existencia solitaria en medio de la campiña agreste que serviría de escenario a las novelas de las tres hermanas, la imaginación tuvo un papel fundamental en sus vidas: los reinos de Gondal y Angria fueron inventados y poblados por la fantasía de los jóvenes, cuyas inclinaciones literarias y artísticas florecerían en narraciones y poemas de las hermanas y en dibujos, pinturas y poemas del hermano. Salvo breves períodos en los que salieron de Haworth para realizar estudios o servir como institutrices, las hermanas pasaron allí la mayor parte de sus vidas, y también Branwell retornó después de pasar varias temporadas laborando en otros lugares. Fue él quien pintó el retrato más conocido de sus tres hermanas.
Las Brontë publicaron sus poemas en 1846 bajo los seudónimos masculinos de Currer, Ellis y Acton Bell, en una edición que costearon ellas mismas y de la que, a pesar de las críticas positivas recibidas, solo se vendieron dos ejemplares. La novela de Emily, publicada en 1847 bajo el seudónimo de Ellis Bell, recibió críticas adversas, marcadas por la religiosidad puritana de la época. Hoy es considerada una obra cumbre de la literatura inglesa. El poeta Algernon Swinburne, en un artículo de 1883, la definió como «esencial y definitivamente un poema, en el más pleno y positivo sentido del término».
¡Ojalá despierte entre mil tormentos!, gritó él con espantosa vehemencia, pateando y vociferando en un repentino paroxismo de ingobernable pasión. ¿Por qué? Ha sido falsa hasta el fin. ¿Dónde está? No allí, no en la vida imperecedera del cielo. ¿Dónde? ¡Oh! Dijiste que nada te importaba mi sufrimiento. Pero yo no repetiré más que una plegaria, y la repetiré hasta que mi lengua se seque: ¡Catherine Earnshaw! ¡Ojalá no reposes mientras yo viva! Dijiste que te maté, ¡pues persígueme! La víctima persigue a su asesino, así lo creo. Sé que hay fantasmas que se han paseado por la tierra. ¡Quédate conmigo para siempre, toma cualquier forma, vuélveme loco! Pero no me dejes solo en este abismo donde no puedo hallarte. ¡Oh Dios! ¡Es intolerable! ¡No puedo vivir sin mi vida! ¡No puedo vivir sin mi alma!
Son las palabras de Heathcliff ante la muerte de Catherine, y en ellas pudiera resumirse el espíritu de una novela tan salvaje como los sentimientos de sus protagonistas. Mucho se ha escrito sobre Cumbres borrascosas, sus personajes de una intensidad nada común, su historia de amor obsesivo y venganza, adaptada al cine en reiteradas ocasiones: la primera, en 1920, una versión silente hoy perdida. La versión de 1992, protagonizada por Ralph Fiennes y Juliette Binoche y dirigida por Peter Kosminsky, introduce como un personaje más a Emily Brontë, quien recorre páramos y ruinas fantaseando y dando vida a figuras y situaciones.
Emily murió de tuberculosis el 19 de diciembre de 1848, sin haber visto su novela publicada con su propio nombre, sin tener idea del alcance de su creación. Me gusta imaginarla como en el filme de Kosminsky, recorriendo los páramos de Yorkshire, por donde aún rondan los fantasmas de Cathy y Heathcliff.
Ofrezco a los lectores una pequeña muestra de la poesía de Emily Brontë.
Vendré a ti
Vendré a ti cuando estés muy triste, en la solitaria habitación oscura, cuando haya huido el día alegre y loco, y la sonrisa feliz se haya borrado por la tristeza de la noche fría. Vendré a ti cuando el sentir genuino de tu corazón reine imparcial y absoluto, y mi influencia callada, hondo el dolor, helada la alegría, se alzará con tu alma sin tardanza. ¡Escucha! Ya es la hora, el momento al que tanto temes. ¿No sientes fluir en tu pecho el río de una sensación extraña, precursora de un poder más fuerte, que a quien anuncia es a mí?
No es cobarde mi alma
No es cobarde mi alma,
no tiembla ante la esfera tormentosa del mundo:
veo resplandecer las glorias celestiales,
y la Fe resplandece y me arma contra el miedo.
Oh Dios que vives dentro de mi pecho,
¡Todopoderoso, Divinidad presente siempre!
¡Vida que reposas en mí,
como yo, Vida inmortal, tengo poder en Ti!
Indecible cuán vanos son los miles de credos
que agitan los humanos corazones:
intrascendentes como juncos marchitos
o inútiles burbujas en el inmenso mar,
incapaces de despertar la duda en alguien
a quien tan firmemente sostiene tu infinito,
anclado con tanta certeza
en la roca segura de la Inmortalidad.
Con amplio y amoroso abrazo,
años eternos tu Espíritu anima,
en lo alto se extiende y resguarda,
cambia, nutre, disuelve, crea y hace crecer.
Si desaparecieran Tierra y Luna
y soles y universos dejaran de ser,
y quedaras Tú solo,
toda existencia existiría en Ti.
No hay espacio para la muerte,
ni átomo al que su dominio pueda rendir:
Tú —TÚ eres Ser y Aliento,
y lo que TÚ eres jamás podrá ser destruido.
Visitas: 84





Deja un comentario