
El 6 de diciembre de 2025 se cumplieron 295 años del nacimiento en Kaufbeuren, Alemania, de Marie Sophie Gutermann von Gutershofen, quien sería conocida en el ámbito literario como Sophie von La Roche. Fue la primera mujer que publicó una novela en lengua alemana, Die Geschichte des Fräuleins von Sternheim (La historia de la señorita von Sternheim), y la primera en dirigir una revista literaria en alemán dedicada a las mujeres: Pomona für Teutschlands Töchter (Pomona para las hijas de Alemania). La Roche, contemporánea de Anna Louisa Karsch, comparte con ella el logro histórico de ser las primeras autoras de lengua alemana que pudieron ganarse el sustento con su escritura.
La historia de la señorita von Sternheim, publicada como obra anónima y prologada en 1771 por el poeta Christoph Martin Wieland, primo de la autora, resultó un rotundo éxito de público y crítica. La novela epistolar narra la vida de una joven educada en los principios del bien y la virtud, que repentinamente se ve expuesta a manipulaciones y engaños en un entorno hostil. Fallecido su padre, la joven Sophie queda bajo la tutela de sus tíos, los condes de Löbau, que la llevan con ellos a la corte. Para alcanzar una posición de poder político, el conde intenta que Sophie se haga amante del príncipe; las venturas y desventuras de la joven al tratar de escapar de ese destino son narradas mediante cartas escritas por distintos personajes, en las que los mismos sucesos se ofrecen a los lectores desde diferentes perspectivas.
Sophie von La Roche se convirtió de pronto en una escritora importante. En el mismo año de la primera edición de su novela aparecieron tres reimpresiones, a las que se sumaron otras cinco en los siguientes quince años. Cuando se dio a conocer el nombre de la autora, grandes figuras acudieron a su salón literario, como el joven Johann Wolfgang Goethe, que le enviaría el Werther para su valoración.
La Roche fue colaboradora de la revista literaria Der teutsche Merkur (El Mercurio alemán), dirigida por Wieland, con quien mantuvo cordial amistad y frecuente correspondencia durante toda su vida. «Nada es más cierto que, de no habernos acercado el destino en 1750, yo nunca habría llegado a ser un poeta», escribió Wieland sobre su prima y amiga. Además de Wieland, otras importantes figuras del mundo literario sostuvieron correspondencia con La Roche, quien escribió varias novelas más, así como tres relatos sobre sus viajes a Suiza, Francia e Inglaterra.
De 1783 a 1784 fue editora de la ya mencionada revista Pomona para las hijas de Alemania, con la que intentó contribuir a la educación de las mujeres. En una carta al filósofo suizo Johann Caspar Lavater, fechada el 27 de octubre de 1782, La Roche escribía:
Desde enero de 1783 publicaré una revista mensual para mujeres titulada Pomona. En ella se incluyen ocasionales pensamientos míos, pasajes tomados de revistas mensuales inglesas, italianas y francesas escritas para mis congéneres, poemas de mujeres, fragmentos de las Estaciones del año de Thomson, pues creo que es útil y necesario para el conocimiento femenino.
Si se toma en cuenta que en su época no existían ni escolarización institucional, ni vías para la formación académica de las mujeres, la revista de La Roche cobra mayor importancia como reservorio de saberes y medio para transmitirlos. En sus páginas dio cabida a escritos y traducciones de otras mujeres, y dedicó números a temas de países vecinos como Inglaterra, Italia y Francia. Además, exhortaba a sus lectoras para que le comunicaran qué deseaban leer; ellas le escribían, le hacían preguntas, le pedían consejos y le enviaban notas de agradecimiento. La Roche les respondía amable y amistosamente; la correspondencia entre ella y su público ayudó a que se popularizara la revista, que contó con ilustres suscriptoras como la princesa Luise von Anhalt-Dessau y la zarina rusa Catalina II.
Además de su intensa actividad como escritora y editora, Sophie crió a varios hijos, fue ama de casa, dama de sociedad y, durante algún tiempo, secretaria de su esposo; cabría preguntarse cómo pudo abarcar tanto y, por si no bastara, ayudar en la crianza de sus nietos Bettina y Clemens Brentano, quienes llegarían a ser escritores de renombre.
La Roche pasó las dos últimas décadas de su vida en Offenbach am Main, donde falleció el 18 de diciembre de 1807, a los 77 años. Poco antes había publicado sus memorias, Melusinens Sommerabende (Las tardes de verano de Melusina, 1806). En el museo de su ciudad natal, Kaufbeuren, hay una exposición permanente dedicada a ella, y varias escuelas de la región llevan su nombre. Desde 2009, la ciudad de Offenbach otorga anualmente el Premio Sophie von La Roche, dotado con 1 500 euros, para honrar a quienes realicen aportes culturales y sociales destacados en relación con la igualdad de las mujeres.
Comparto con nuestros lectores algunos fragmentos de La historia de la señorita von Sternheim.
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Su esposa le había dado una hija que iba creciendo muy amable, y que desde sus nueve años (pues Sternheim había tenido la desdicha de perder, en el momento del parto, a la madre y al hijo recién nacido) era el consuelo del padre y su única alegría en la tierra, después de que también el Barón P., tras una caída del caballo, había quedado en tan mal estado de salud que falleció a los pocos meses sin dejar descendencia. En su testamento no solo había instituido heredera a su ejemplar esposa, sino también, según el derecho local, a su hermana menor la condesa de Löbau, y a la joven Sophie von Sternheim como hija de su hermana mayor; esto último no agradó al conde ni a la condesa, pero así se mantuvo.
(…)
Junto a estos ejercicios diarios, Sophie aprendía con enorme ligereza todas las labores femeninas, y desde los dieciséis años comenzó a llevar la casa, para lo cual le fueron entregados los diarios y libros de cuentas de su señora madre. Su innato amor al orden y a la vida activa, aumentado por un apego entusiasta a la memoria de su madre, cuya imagen deseaba repetir en sí misma, la condujeron a la perfección máxima también en este aspecto. Cuando le hablaban de su dedicación y sus conocimientos, su modesta respuesta era: «Capacidades apropiadas, buenos ejemplos y una guía amorosa me han hecho tan buena como podrían serlo otras miles, si como en mi caso se hubiesen aunado las circunstancias para su mejor desenvolvimiento».
(…)
Así continuó floreciendo la señorita von Sternheim hasta sus diecinueve años, cuando tuvo la desgracia de perder, debido a una cruel enfermedad, a su digno padre, que con el corazón lleno de preocupaciones recomendó como tutores de su hija al conde de Löbau y al virtuoso párroco de S., a quien unas semanas antes de morir le escribió la carta que sigue.
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