
En el simbolismo bíblico una fuerte luz ilumina al árbol de la higuera. Se le asocia con la ciencia, el estudio de las Escrituras, la esterilidad espiritual, la restitución y al acto de perdonar.
Cuando los israelitas eran guiados por Moisés y Aarón en su huida de Egipto, sus quejas iban dirigidas, entre otras nostalgias, a la pérdida de los higos: «¿Y por qué nos has hecho subir de Egipto, para traernos a este mal lugar? No es un lugar de sementera, de higueras, de viñas ni de granadas; ni aun de agua para beber». (Nm 20, 5).
También sin tierra, pero en el éxodo que era abandonar el Líbano, país de la infancia, Emné Nasereddine llegó a Montreal hace diez años, con una promesa hecha a Fadwa y a Téta, dos mujeres: «Yo nos escribo».
En el Montreal de nieve, la exiliada danza la danza de la higuera cortada:
Sin regreso sin signo de perdón
mi madre nació en el país de la guerra
la noticia de los muertos era la letanía del día
las tumbas destruidas entre dos bombas
sin nombre
hoy la sequía
y el sol desafían a la vida
pero aún sin historia
* * *
Habito una isla
sin deber ni perennidad
corro desnuda como la sangre
bella como la tierra de Baalbak
abandonada
como un Dios cristiano
mis pies descubren
otoños que se creen largos veranos
el gusto del anón que mi madre comía
la arena paciente, la arcilla fecunda
los vestidos de boda en alquiler
el grito de una bestia
las ansias de poder
tuve trece casas
hoy habito una isla
mental y efímera
sacudida por el estaño
ayer los objetos
aún acumulados
una isla mental y tangible
frecuento en ella las sombras de ciertos árboles
invento poemas Ravenala
los lanzo al mar el mar los incorpora y danza
las mamas de la pereza me miran fijas
bebo hasta las heces
a veces encuentro una palabra
que por poco define al cierzo quieto
* * *
Si algún día el equilibrio desapareciera
yo regresaría a la arboleda de la ciudad
el pasillo de hospital
y las pastillas por tomar
pájaros que hubiera visto
yo regresaría al invierno donde todo es errancia
de hombre en hombre
olvidaría en los caminos
los lunares sobre el cuello de mi madre
sus cabellos blancos sus cabellos negros
la arena la sal
las semillas de pepino
sus talones de sequía
* * *
No soy discípulo de las oralidades
me resigno a las cartas de mi padre
mi hijo hace 300 años que nací
y la higuera siempre acompañó a mi sombra
ustedes la cortarán
y Dios se verá perdido
aquí sobre una rama
donde él descansaba.
Estos poemas pertenecen al cuaderno La danse du figuier (La danza de la higuera), de Emné Nasereddine, publicado en 2021 por Ediciones Mémoire d’encrier, Quebec. El poemario obtuvo el premio Émile Nelligan y fue elogiado por la transparencia con que la autora entrelaza los recuerdos de mujeres libanesas y su experiencia como migrante.
Emné Nasereddine hoy vive en Marsella, desde donde continúa escribiendo. En el 2024 vio la luz su poemario Je suis l’homme aussi, otro canto a la errancia.
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