
Durante más de treinta años, desde 1936 hasta su muerte en 1969, el erudito cubano José María Chacón y Calvo sufrió en secreto la angustia de creerse indirectamente culpable de la muerte de Federico García Lorca.
–De no haberse encontrado conmigo aquella noche –me dijo en marzo de 1969– quizás no hubiesen asesinado a Federico.
Con voz apagada y triste, aquel hombre solitario y un tanto resignado ya ante la muerte, añadió:
–Pocos días antes de la sublevación, Lorca estuvo a verme. Como siempre, fumaba incesantemente, pero contra su costumbre habitual, apenas hablaba y lucía como ausente y distraído. En un momento de la conversación expresó: «De buena gana me iría a Granada, pero no dispongo de dinero para el coche-cama. Si lo poseyera, saldría para allá enseguida». Aunque sabía que nunca más vería el dinero –Federico jamás pagaba sus deudas– le presté 250 pesetas. Esa noche durmió en mi casa y al día siguiente partió para su ciudad natal. La revuelta fascista se hacía inminente y Lorca no quería que lo sorprendiese en Madrid…
Lo que nunca supo el autor de Estudios heredianos –las investigaciones de Ian Gibson y de José Luis Vila-San Juan acerca del último día de Lorca en la capital española son muy posteriores a su deceso– que el poeta, –a quien llamaba Federiquín– «sableó» a varios amigos y familiares con el cuento del coche-cama.
Se habían conocido en 1922, en Sevilla, durante la Semana Santa, una jornada que Chacón calificó como «inolvidable y maravillosa». «El poeta no había cumplido veinte años, y toda su figura era como un retrato perfecto de la adolescencia», dijo. El cubano tenía 30.
En septiembre de 1936 escribía Chacón en su Diario íntimo:
Las noticias que da la Radio son del mismo tono de todos los días. Parece que el rumor del fusilamiento de García Lorca se confirma. No puedo creerlo. Me parece que será una noticia falsa. Pienso en todo el tumulto de Federico, tan poco seguro en la amistad y tan gran poeta siempre.
A continuación del punto, añade. «O casi siempre». Pero lo tacha.
Enemigo rumor
La referencia más antigua sobre el asesinato del poeta en la prensa cubana, que conoce el cronista, es del 18 de octubre de 1936, en la revista Carteles, de La Habana. Bajo el título de De la España en guerra, aparece una foto del autor de Cancones y a su pie, se dice.
Federico García Lorca, el genial poeta español, fusilado por los rebeldes en Granada. Con la muerte del insigne autor de Yerma y Bodas de sangre han sufrido las letras castellanas una pérdida irreparable.
Como en España y el resto de Hispanoamérica, en Cuba la versión más extendida sobre el asesinato es la que lo atribuye erróneamente a la Guardia Civil. Llega hasta hoy, 90 años después del suceso.
La presencia de Federico en Cuba, el hálito de su leyenda y la fuerza de su obra calaron hondo en la conciencia nacional. Como expresó, en 1940, Lino Novás Calvo, «cada cubano lleva su Lorca como lleva su Jesús». No solo es el autor no cubano más difundido en la Isla, sino que es aquí donde primero se le reconoce como un gran poeta, incluso antes que en la propia España. Breve antología, publicada en México en 1936, lleva prólogo del cubano Juan Marinello. En 1937, Nicolás Guillén da a conocer España: poema en cuatro angustias y una esperanza. Y en ese mismo año, el primer acto de solidaridad con la República española que se celebra aquí y que preside nada menos que Juan Ramón Jiménez, se convoca en recuerdo de García Lorca.
La compañía de Margarita Xirgu estaba en La Habana cuando comenzaron a circular los rumores sobre el asesinato del poeta. La actriz catalana debía representar Yerma el día en se confirmó la noticia. Fue así que aquella noche los asistentes al Teatro Principal de la Comedia, en Zulueta y Ánimas conocieron el final improvisado que dio la Xirgu a la tragedia lorquiana. En el momento en que la protagonista, apretando la garganta del marido hasta estrangularlo, debía exclamar: «¡Yo misma he matado a mi hijo!», la intérprete, movida por el dolor y la rabia, dejó escuchar un «¡Me han matado a mi hijo!».
En Así que pasen cinco años, la enigmática comedia del tiempo escrita al menos en parte, dicen algunos, durante sus días cubanos, expresa el autor: «Yo vuelvo por mis alas / dejadme volver». Jamás regresó el poeta después de aquellos tres meses de 1930 en que pasó en la Isla, según confesión propia, los mejores días de su vida, y no necesitaba hacerlo porque su recuerdo, su leyenda y su poesía se quedaron en Cuba para siempre.
Perviven a 90 años de su asesinato.
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