
Una tarde, en San Juan, lo llamé por teléfono. Acababan de implantarle un marcapasos y estaba hospitalizado, pero no demoraría en regresar a la casa. «No se vaya sin verme», recalcó.
Dos días después, camino ya del aeropuerto, lo visité en su casa de la urbanización El Álamo, en Guaynabo. Tenía un brazo en cabestrillo, pero su humor era excelente. «Soy un perro pointer, un animal preparado especialmente para la caza, que señala la presa y no le importa que sean otros los que la levanten», comentó el destacado musicógrafo cubano que acaba de morir, a los 96 años de edad, el pasado 4 de mayo.
Dos obras colgaban en las paredes de la sala donde me recibió: Los músicos, de Cundo Bermúdez, y El sexteto, de otro cubano, el dibujante Sixto Fontanillas, obra que sirvió de cubierta a Música cubana; del areito al rap cubano, uno de sus títulos más conocidos, con varias ediciones desde su primera publicación en 1981. No nos conocíamos personalmente entonces, pero intercambiábamos mensajes electrónicos de cuando en cuando y, en ocasión de aquel encuentro, me sobrecogió al ver, sobre la mesa, ejemplares de varios de mis libros, «para que me los dedique».
Fue, hasta el final, un trabajador infatigable y se le considera, a nivel mundial, el más grande coleccionista de música cubana, un fondo que legó a la Universidad Internacional de la Florida y que expertos valoran en casi dos millones de dólares.
Figuran entre sus libros publicados –unos 40– títulos como Cuando salí de La Habana; Cien años de música cubana por el mundo (2001), Si te quieres por el pico divertir; Historia del pregón musical latinoamericano (1988), Los contrapuntos de la música cubana (2006), Oh Cuba hermosa; El cancionero político social en Cuba hasta 1958 (2012)… De mucha cuenta es su Discografía de la música cubana (1898-1925) aparecido en 1994. Dijo al respecto: «En realidad, la verdadera historia de la música comienza con el disco, porque hasta entonces nadie sabe cómo sonaba». Trabajó, además, el tema de la discografía puertorriqueña que dio a conocer en 2009 en San Juan-Nueva York (1900-1942) .
¿Había un músico escondido detrás del musicólogo?
Ni músico ni musicólogo. Si acaso, musicógrafo, una persona que se dedica a escribir acerca de la música, respondió y explicó enseguida la razón de su obra escrita.
«Cuando pensaba en un libro como Música cubana, del areíto a la Nueva Trova –que fue su título original– me pareció necesario una obra que no fuera tan conceptual como las de Alejo Carpentier, María Teresa Linares y Argelier León. Tenía en mente una obra de divulgación que diese una idea general de lo que había sido y era la música cubana. Cuando el libro apareció se estaban apropiando de nuestra música, no se mencionaba su origen cubano; no se sabía de lo producido en Cuba después de 1958, de géneros como pa’cá, Mozambique, pilón ni tampoco de orquestas como Irakere y Van Van ni acerca del Movimiento de Nueva Trova.
Siempre mi obra trata de ser informativa, en primer término. Y trato de ser lo más ajustado posible a la realidad. Estudié no solo la carrera de abogado, sino también la de Ciencias Sociales y Derecho Público. De la primera, lo que más me ayudó fue el concepto de la evidencia, de la prueba, que es esencial en Derecho; los casos no se resuelven en función de lo alegado, sino de los probado. Y de las Ciencias Sociales, la importancia que tiene la música en el tejido social. Además, tres años en la Escuela de Periodismo Manuel Márquez Sterling, aunque no hice el cuarto año, me enseñaron a tratar de escribir claro y conciso. También, a veces, como en el caso de mi libro Los contrapuntos de la música cubana, me atrevo a establecer ciertos conceptos básicos».
Cristóbal Díaz Ayala nació en La Habana, el 20 de junio de 1930. Cuando salió de Cuba en 1960 era un abogado graduado siete años antes, que prestaba servicio en un bufete capitalino. Estaba casado y tenía dos hijos pequeños. Clase media típica. Un tío suyo por la línea paterna, llamado también Cristóbal, llegó a ser un prominente ingeniero, director del periódico Excélsior y presidente del Bloque Cubano de Prensa.
Criollo reyoyo llamó a Díaz Ayala el poeta Sigfredo Ariel. No se puede escribir sobre la música cubana sin aludirlo, y en ese sentido hay mucho que agradecerle pues sus valoraciones marcan un antes y un después en la estimativa del fenómeno. En el plano personal, tiene presente el cronista el bello y penetrante prólogo que escribió para La música y la cocina, libro que Silvia Mayra Gómez Fariñas, esposa de quien esto escribe, dio a conocer en 2015.
Con relación a Música cubana, del areito al rap cubano, dijo, con modestia, el sabio investigador:
«Mi esperanza es que ese trabajo haga que otras plumas autorizadas y acreditadas sigan lo que torpemente empiezo hoy».
¿Encontró seguidores?
Me dijo:
«Creo que si … Puse, por mi condición de perro pointer, por lo menos un granito de arena».
Un granito que perdurará y seguirá creciendo en el tiempo, más allá de tu muerte, querido amigo.
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