
Corre el año de 1903 y en el Senado de la República, instalado entonces en el Palacio del Segundo Cabo, se discute el Tratado de Reciprocidad con Estados Unidos. Manuel Sanguily, uno de los grandes oradores cubanos, animado además por un inextinguible amor a Cuba y a su independencia, se opone a la ratificación del convenio. En tanto, otro gran orador y brillante abogado, el doctor Antonio Sánchez de Bustamante, mantiene la posición contraria. Seguro de su derrota, Sanguily, a quien Martí llamó «don Manuel de los Manueles», alude en una bella alegoría a su contendor y cierra su elocuente discurso con una peroración dirigida a sus compañeros de la alta cámara. Dice:
Tal vez en breve otra palabra os señalará rumbos distintos y haréis lo que ella os dice. No sentiré ninguna amargura. Lamentaré por mi patria, no por mí, verme en el suelo bajo su lanza de oro, pero entonces, parodiando al más generoso hidalgo que haya concebido maravillosa fantasía, yo diría con sereno convencimiento: Me alegro de tu triunfo como amigo, lo siento, empero, como cubano. Por eso duéleme en lo íntimo del ánima, que tus armas son mejores que las mías, aunque no tu causa. Sí, caballero de la Blanca Luna, podré reconocerme derribado, pero jamás me harás confesar que no sea la más hermosa dama que vieran ojos humanos la que yo venero y bendigo desde el fondo de mi corazón atribulado.
El poeta y periodista Enrique Hernández Miyares, profundamente emocionado por las palabras de Sanguily, compone entonces el soneto «La más fermosa» que bajo el seudónimo de Grisóstomo, envía a Manuel Márquez Sterling, jefe de redacción del periódico El Mundo, que lo hace publicar en ese diario, al día siguiente.
Dice el soneto:
«Que siga el caballero su camino/ agravios deshaciendo con su lanza; / todo noble tesón al cabo alcanza/ fijar las justas leyes del destino. / Cálate el roto yermo de Mambrino/ y en tu rocín glorioso altivo avanza;/ desoye al refranero Sancho Panza / y en tu brazo confía y en tu sino. / No temas la esquivez de la Fortuna, / si el caballero de la Blanca Luna/ medir sus amas con las tuyas osa/ y te derriba por contraria suerte/ de Dulcinea, en ansias de tu muerte/ di que siempre será la más fermosa».
Calumniador, demente o lo que sea
Por aquellos días había llegado a La Habana, procedente de Madrid, el abogado José Íñigo Romero, quien dirigió El Porvenir, periódico publicado en la capital española. Traía cartas de recomendación del político Antonio Maura, muy amigo de Nicolás Rivero, director del Diario de la Marina. Una tarde llega Romero al Diario y forma una animada tertulia con Enrique Corzo, José Giralt, José Tray y otros redactores y columnistas del periódico.
-Se ha publicado en El Mundo, bajo la firma de Grisóstomo, un soneto titulado «La más fermosa». Dicho poema no es del tal Grisóstomo, sino del inspirado poeta e ilustre cervantista Francisco Rodríguez Marín, el cual aparece publicado en el libro Ciento y un sonetos.
Enrique Corzo, que escribía en la Marina la columna Miscelánea, publicó, sin contrastarla, la aseveración de Íñigo Romero, y la mesa quedó puesta para la polémica.
Hernández Miyares, al verse acusado de plagiario, montó en cólera, como es de suponer, y, sin seudónimo, declaró que el poema era suyo y que tanto Romero como Corzo eran… Bueno, ya imaginará el lector lo que dijo de ellos.
A Enrique Corzo lo adornaban múltiples virtudes, pero, afirman los que lo conocieron, poseía el instinto de la polémica. Gustaba de discutir y como manejaba muy bien la burla, era difícil distinguir si su palabra era recta o irónica. Asumió la defesa de Iñigo Romero y, sin negar de plano a Hernández Miyares, dejó caer, sin afirmarlo categóricamente, que el soneto pudiera ser de Rodríguez Marín.
Hubo palabras en pro y en contra del calumniado poeta. También, de parte y parte, palabras gruesas en aquel debate en el que intervinieron casi todos los periodistas de La Habana y las provincias. Hernández Miyares, como gato bocarriba, defendió la paternidad de su obra en una polémica que durante meses mantuvo en vilo al público.
Resplandece, al fin, la verdad. Queda claro que Hernández Miyares es el autor del poema. Se organiza entonces un homenaje de desagravio que incluye un soberbio banquete al que concurren muchísimos escritores y periodistas. Corzo le dedica el soneto titulado «Confiteor»:
«Yo pecador humilde me confieso / de haber dado por cierta una patraña / y perseguido con injusta saña / al que hoy recibe de su triunfo el beso. / La coba de un guasón me sorbió el seso / mientras no se deshizo la maraña; / más al cabo la luz llegó de España, / y el cable dijo ayer: ¡No hay nada de eso! / La posición de Íñigo es horrorosa, calumniador, demente o lo que sea / debe poner los pies en polvorosa. / Yo cumplo con decir a quien me lea / que en el asunto de la más fermosa / me ha tocado bailar con la más fea».
Discreto y simpático
Hernández Miyares nació en Santiago de Cuba en 1859. Dirigió La Habana Elegante, revista de inquietudes literarias y separatistas y con posterioridad junto a Alfredo Zayas, codirigió La Habana Literaria hasta que, al estallar la Guerra de Independencia, se radicó en Estados Unidos donde escribió composiciones patrióticas. Amigo y devoto de Julián del Casal, no participó, salvo excepcionalmente, en la corriente modernista.
Sus versos, de corte clásico, escribió Cintio Vitier, «no dan la imagen, rigurosamente hablando, de un poeta, sino de un diletante de la poesía, discreto y simpático y en ocasiones laborioso. Conquistó, sin embargo, un lugar en las antologías por la perfección de su soneto “La más fermosa”, dedicado a Manuel Sanguily».
Vitier lo incluye en su antología Cincuenta años de poesía cubana, 1952, y Lezama Lima en su Antología de la poesía cubana (1965) en la que, entre otros poemas, recoge el que dedicó a la memoria de Casal.
Hernández Miyares falleció en La Habana, en 1914.
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