
Me lo topé un par de veces por la Calzada de Galiano, camino, pensé entonces, hacia el Barrio Chino. Nunca le hablé, y cuando pude hacerlo, en los funerales del caricaturista Juan David, no me atreví. Me lució ausente, distante, aplastado por la vida, y no quise agobiarlo. Mucho disfruté, en su momento, las crónicas que bajo el rubro de Fabulario; retrato de una época publicó en el diario Juventud Rebelde, y que con el tiempo muy útiles me fueron en mi trabajo para ese mismo periódico, y me atraía sobre manera cómo, sin esfuerzo, mezclaba lo culto y lo popular en lo que semana tras semana escribía para la revista Bohemia. Antes, mucho antes, en los tempranos años 60, no me perdía su Kuchilán en TV, que salía al aire por el Canal 2 al mediodía y en el que, haciendo suya una vez más la frase de Terencio, hablaba de lo humano y lo divino. Tenía una forma original de despedirse de la audiencia. Decía: «Hasta mañana si Dios quiere y el Diablo no se interpone».
Un imprescindible
Es uno de los imprescindibles de la prensa cubana. Comenzó en el periodismo como caricaturista y dibujante. En 1941 debutó como redactor y comentarista en el periódico Prensa Libre. Colaboró en La Semana, Alma Máter, El Mundo, Labor, El País, Karicato y Zig Zag, entre otras publicaciones, y tuvo, antes y después del triunfo de la Revolución, un espacio en el Canal 2, Kuchilán en TV.
Muy leídas fueron las columnas a las que dio vida en sus más de cinco décadas de quehacer periodístico. Para Prensa Libre escribió Babel; en Bohemia publicó Babelgrama, y, ya en sus últimos años, también en Bohemia, En Zafarrancho. En Juventud Rebelde dio a conocer Fabulario, en la que abordó la etapa que se abrió para la Isla con la caída de la dictadura de Machado y el golpe de Estado del 4 de septiembre de 1933. Mucho de lo que Mario Kuchilán Sol refirió en sus «fábulas» para ese periódico lo vivió personalmente. Como tal, decía el historiador Pedro Pablo Rodríguez, fue fiel al apotegma de que la vida se vive y luego se piensa. De ahí la frase de Terencio, el dramaturgo romano, con la que encabezaba cada entrega de Babel: «Nada humano me es ajeno».
Se opuso a Machado y a Batista. Militó en el Directorio Estudiantil Universitario y en el ABC, y ya en los años cincuenta –luego de su simpatía y colaboración con los gobiernos auténticos de Grau y Prío–, en la Triple A, de Aureliano Sánchez Arango, y en el Movimiento Revolucionario 26 de Julio, lo que le valió persecuciones y golpizas y lo obligó, en definitiva, a marchar al exilio. Entre otros crímenes y atropellos de Batista acaecidos antes del asalto al Moncada, Fidel Castro recuerda en La historia me absolverá: «El secuestro del periodista Mario Kuchilán, arrancado en plena noche de su hogar y torturado salvajemente hasta dejarlo casi desconocido».
Desde el mismo día del golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, al que se opuso con fuerza, Kuchilán fustigó en la prensa a quien fue su cabecilla. Batista, por otra parte, lo tenía en la mira desde que lo dibujara vestido de rumbera, con el siguiente texto al pie de la imagen: «Amalia Batista, Amalia Mayombe, que tiene esa negra que mata a los hombres».
Noticia de un secuestro
Una noche del mes de agosto de 1952, sobre las diez, tocaron a la puerta de la casa de Mario Kuchilán. Un hombre vestido de civil, pero que mostró la placa y el carnet que lo identificaban como agente policial, le pidió que lo acompañara. El capitán de la 14ª Estación de la Policía Nacional, afirmó, quería hacerle unas preguntas. Los modales y la sonrisa del visitante abrían un margen de confianza. El periodista no creía en las garantías ciudadanas que decía ofrecer el Gobierno, pero pensó que al menos un mínimo de ellas debía imperar y lo animó la esperanza de que lo tratarían como el periodista que era. Lo hicieron subir a un Oldsmobile 88 de color gris, y dos hombres, también vestidos de paisano, lo flanquearon en el asiento trasero, mientras que delante, junto al chofer, tomaba asiento el sujeto aludido. Demasiada compañía para un interrogatorio simple y extraoficial. El pequeño Kuchi, como le llamaban sus amigos, miraba de reojo a sus acompañantes, pero cualquier preocupación sería pronto superada. La 14 estaba cerca y el grupo no debía tardar en llegar a su destino. El auto, sin embargo, pasó frente al edificio de la unidad policial, en Diez de Octubre y María Auxiliadora, sin detenerse y continuó rumbo a Managua para torcer a la izquierda por la carretera de Managua. Kuchilán protestó, sabiéndose ya víctima de un secuestro. Lo esposaron, le vendaron los ojos y le taparon la boca con un pañuelo y una badana para limpiar pistolas. Con violencia lo obligaron a bajar del automóvil y, a empujones, lo sacaron de la carretera.
–Te vamos a hacer una pregunta y di la verdad porque te conviene… ¿Dónde está Aureliano?
Aunque sabía que el exministro de Prío había entrado al país por Oriente y conocía dónde se escondía, se negó a decirlo y volvió a negarse cada vez que lo preguntaban. El puño de uno de sus verdugos se incrustó en el ojo izquierdo del periodista y a partir de ahí llovieron los golpes.
–Vamos a esposarle las manos detrás para que todo sea más fácil –propuso uno de los esbirros.
Dicho y hecho. Lo golpearon una y otra vez en el vientre y también en la cara, luego de levantarle la cabeza para ponerlo en posición. Sin descanso lo pateaban por detrás.
–¿Dónde está Aureliano?
De pronto cesaron los puñetazos y Kuchilán sintió como un latigazo de fuego que le mordían la espalda y los riñones. Se desvaneció. Cuando volvió en sí estaba tendido en la tierra. Se le había caído la venda de los ojos. No vio a nadie ni escuchó voces. Aun así, recelando de una nueva golpiza, evitó moverse. No pudo incorporarse cuando intentó hacerlo: le habían atado las piernas con su propio cinturón y las manos con los cordones de sus zapatos. Trabajosamente, y sufriendo dolores sin cuento, logró zafarse y llegar hasta la carretera. Lo recogió un ómnibus que iba en dirección a Mantilla, y un chofer de alquiler lo llevó hasta su casa. Su médico de cabecera dispuso la hospitalización del paciente. El estado físico del periodista Mario Kuchilán Sol era lastimoso…
Kuchilán o el estilo
Mario Kuchilán nació en la capital cubana en 1910. Matriculó las carreras de ingeniería civil, arquitectura y ciencias físico matemáticas sin llegar a graduarse en ninguna. De manera muy irregular tomó clases de pintura y dibujo en la Academia de San Alejandro. Comenzó en el periodismo en 1926. En 1930 se desempeñaba como director artístico de la revista Alma Máter.
Su columna En Zafarrancho estaba encabezada siempre por una frase: «Cada meta es otro punto de partida». Cuando tras la salida del país de Sergio Carbó asume, en mayo de 1960, la dirección de Prensa Libre, cambió el que hasta entonces fuera el lema del periódico, aquel «Ni con unos ni con otros, con la República», por un «Con la Revolución Cubana», que acompañó al diario hasta el final, en 1961.
Tenía un alter ego. Un personaje imaginario o simbólico al que hacía llamar Sofenio e identificaba como «un guajiro de Vueltas», que complementaba sus argumentaciones. Publicó dos libros: Fabulario; retrato de una época (1972) y En Zafarrancho (1981).
Al final de cada página de su Babelgrama escribía: «Esta columna es copiada». Y añadía que, si segundas partes nunca fueron buenas, las terceras serían peores.
Y es que Kuchilán manejaba con mano maestra la sátira y la ironía. Hombre de amplias lecturas, tenía estilo propio, un barroquismo particular donde se mezclaban, como se dijo antes, lo culto y lo popular.
Mario Kuchilán falleció en La Habana, el 2 de noviembre de 1983.
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