
Una tarde de 1976 pregunté a Mario Benedetti cuáles eran sus estímulos literarios y respondió que tener tiempo para escribir era ya un gran estímulo.
Precisó que por lo general había escrito a ratos, sin regularidad, a empujones, porque hacerse tiempo era para él más difícil que hacer un libro. Cierto es que a esa altura de la vida y con decenas de títulos publicados, los derechos de autor lo ayudaban bastante y no tenía que desperdigarse en tantas y tan variadas tareas, pero había aparecido otro problema: la inseguridad. Requerimientos, amenazas de muerte, allanamientos policiales, deportaciones, obligados exilios no eran, por cierto, el ámbito más adecuado para el trabajo profesional.
Eso quería decir que escribía como podía y siempre que podía, nunca como creía que lo hacían los escritores profesionales.
La tregua la escribió íntegramente en un café montevideano
de la Ciudad Vieja, aprovechando la hora y media que le daban en el trabajo para ir a almorzar, durante ese lapso escribía mientras comía unos sándwiches y tomaba un café. Para escribir Gracias por el fuego tuvo que pedir un mes de licencia en todos sus empleos y trabajar de la mañana a la noche durante treinta días, pero solo llegó a escribir las primeras doscientas páginas. Para
escribir las cien restantes demoró casi un año, ya que, concluidas las vacaciones, tenía que inventar su tiempo libre.
Escribo, puntualizó, como puedo y siempre que puedo. Y al menos en aquel ya lejano año de 1976, nunca lo hacía directamente a máquina, sino a mano. Corregía mucho los originales, al punto que en ocasiones no tenía otro remedio que pasarlos a máquina para restablecer el texto entre la maraña de correcciones. Volvía luego a corregir la copia a máquina, hasta que quedaba tan confusa y entreverada que debía mecanografiarla otra vez.
En mi largo quehacer como entrevistador, no fueron pocos los narradores que confesaron que en ocasiones daban vida a personajes que terminaban imponiéndoseles y arrastrándolos, porque, me decía Carpentier, un personaje se fortalece o se debilita a medida que se desenvuelve en la novela sin que el autor pueda hacer nada por evitarlo.
El autor de Montevideanos y de El país de la cola de paja se mostraba escéptico ante esas declaraciones de anarquía. Puede ser, todo puede ser, decía, aunque no dejaba de reconocer que en una novela un personaje sufre algunos cambios en su desarrollo, pero que a él nunca le sucedía que un personaje importante acabara siendo demasiado distinto a como él originalmente lo concibió.
Consideraba que su libro inicial, La víspera indeleble (1945) es un libro realmente malo cuyo título, sin embargo, resultó profético: críticos y periodistas no se cansaban de recordarlo. Poemas de la oficina, cuyo equivalente en cuento y novela serían luego Montevideanos y La tregua, fue un éxito sin precedentes en el Montevideo de los años 50; su primera edición se agotó en quince días, lo que demostró a su autor que la alerta que con ese poemario se daba a sí mismo, funcionaba también para los demás. La grisura y la estrechez de ese montevideano tipo que retrataba constituyeron una advertencia. Reflejaba a un personaje burocrático, gris, sin perspectiva, alienado por la rutina en el que muchos montevideanos se sintieron representados y del que se salvó el poeta gracias a sus propios poemas.
Narraciones suyas se habían llevado al cine, y tenía en su haber obras de teatro; hizo mucha crítica literaria y muchos ensayos. También letras para
canciones, y recogió en libros crónicas humorísticas que fue dando a conocer en la prensa. De todos los géneros literarios que cultivó –todos– fue en la poesía en el que se movió con mayor comodidad, aunque por mucho tiempo su libro preferido, de los que escribió, fue El país de la cola de paja. Ya no lo era en la tarde en la que conversamos; había corrido desde entonces, me dijo, mucha agua y, sobre todo mucha sangre, bajo los puentes. Pero agradecía a ese título la cálida comunicación que le permitió establecer con sus compatriotas. Es hoy por hoy, sin duda alguna, el escritor uruguayo más leído.
¿Lo dejaba satisfecho su obra? Respondió:
«Generalmente, cuando decido publicar un libro es porque estoy conforme con él. Es claro que conforme no siempre es sinónimo de satisfecho. Lo normal es que el libro que uno está escribiendo le parezca mejor que los anteriores. Pero a medida que uno se va alejando de sus propios libros, es obvio que algunos de ellos ingresen directamente en el olvido, en tanto que otros mantienen su vigencia. El juicio del lector es a veces particularmente sabio».
Mario Benedetti (1920-2009) mereció en 1982 la Orden Félix Varela, la distinción cultural cubana. Pasó parte de sus exilios en Cuba y aquí fundó y dirigió el Centro de Investigaciones Literarias de Casa de las Américas.
Me dijo que su vida no tenía nada de particular. Hubo dos hechos en ella, sin embargo, que resaltaba por lo que la afectaron y transformaron: el triunfo de la Revolución Cubana, en 1959, y la defunción del mito de Uruguay como la «Suiza de América», en 1971. A partir de esa última fecha cambian sus concepciones sobre la función del intelectual en América Latina. Si hasta ese momento creyó que el escritor debía ser la conciencia vigilante de la revolución, a raíz de su participación directa en la formidable campaña política librada en su país, en el 71, comprenderá que esa conciencia vigilante deberá ser ejercida, no como escritor, sino como revolucionario.
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