
Miles de personas ven a diario alguna de sus piezas. Es, ni más ni menos, el autor del monumento a José Martí, en el Parque Central habanero, del que evoca la memoria del ingeniero Francisco de Albear en la plazoleta que lleva su nombre frente al bar Floridita, de la imagen de La Milagrosa, en la necrópolis de Colón… Sin embargo, pocos artistas cubanos han sido tan desacreditados como el mulato habanero José Vilalta Saavedra. Muchos insisten en verlo como un mero intermediario entre entidades cubanas y los talleres de escultores italianos, mientras que no faltan los que lo hagan dormir en el más cruel de los olvidos. La Academia, las más de las veces, lo pasa por alto y no hay en la tierra que lo vio nacer una escuela, una cátedra, una beca, un certamen que lleven su nombre.
Para empezar a poner las cosas en su sitio, la doctora Alessandra Anselmi, profesora titular de Historia del Arte de la Universidad de Bologna, tiene ya lista para la imprenta el fruto de la ardua investigación que acometió sobre este maestro de la escultura monumental, su vida y su quehacer, tanto en Cuba como en Italia, donde estudió, trabajó y murió. Había nacido el 27 de enero de 1852. Fallecería en Roma el 16 de marzo de 1912, a los 60 años de edad.
«Se ama y aprecia lo que se conoce. Hasta la fecha nadie se dedicó a a escribir una monografía sobre él. A pesar de que algunos de sus monumentos pueden ser admirados, su nombre no ha llamado la atención. Puedo decirle algo de manera categórica: Vilalta Saavedra no fue un intermediario. Los documentos que incluí en mi monografía lo mostraran al lector como un importante escultor, un artista de alto nivel», dice la también autora de un libro sobre el art decò en La Habana y de una investigación sobre Alfredo Hornedo, «el muy ilustre Senador Hornedo», como se le llamaba en Cuba con anterioridad a 1959.
Un nombre fundamental
Ciertamente, Vilalta Saavedra es un nombre fundamental en el panorama de la escultura en Cuba entre los siglos XIX y XX, a quien es fuerza reconocer por su habilidad técnica y su sensibilidad. Es el primer cubano que consigue emplazar una escultura propia en un lugar público. Trabajo no le faltó. Muere, sin embargo, en la miseria, al punto de que el cónsul general de Cuba que es nada menos que Carlos Manuel de Céspedes y Quesada, hijo del Padre la Patria, asume los gastos de la inhumación, y sus restos se pierden para siempre.
«Se habla de obras que Vilalta acometió en Italia… -comenta la doctora Anselmi. Digamos, el monumento a Elena, en Pisa, y, en Florencia, el monumento a Ciro. Las fuentes los mencionan. Yo indagué y no pude encontrarlos. La razón de que muriera en la miseria es porque a menudo no se le pagó lo que se debía por su trabajo».
Se conoce que, por el monumento a Martí, en el Parque Central, recibió 4 500 pesos, suma evidentemente insuficiente para una obra de esa envergadura. Aceptó 3 000 pesos por el monumento a Albear, cantidad también insuficiente… Sin importarle lo menguado del presupuesto, dijo que lo ejecutaría «por honor, no por interés».
En otros casos puso, en la ejecución de sus obras, dinero de su bolsillo, pensando, ingenuo que era, que el Gobierno cubano se lo repondría. Jamás se lo retribuyeron, ni tampoco le concedieron el empleo que solicitó para “ir tirando» mientras los pagos llegaban. Mal pagado, incurrió a veces en gastos de materiales y fletes que debió afrontar.
«Muere solo y pobre. A pesar de que Italia fue fundamental en su formación, Vilalta no pudo integrarse a la sociedad ni al mecenazgo italianos», dice la profesora de la Universidad de Bologna.
El mecenas catalán
Indaga el cronista si lo cubano se manifiesta de alguna manera en la obra de Vilalta y pregunta acerca del influjo que pudo ejercer sobre él Miguel Vals, un marmolista catalán que oficia en la ciudad de Cienfuegos que se tiene como su maestro y mecenas y a quien se atribuye una obra como La bella durmiente, que, en el viejo cementerio de Reina, en esa ciudad, es la pieza cumbre del arte funerario en Cuba.
Vals estudió en la Academia de Bellas Artes de Barcelona y gozaba de una solvente situación económica gracias a sus trabajos en el arte industrial, la decoración y la escultura funeraria. Sigue de cerca el quehacer del joven Vilalta, que se instala en Cienfuegos, y se convierte en su protector. Quiere que el muchacho haga estudios Europa y gracias a ese mecenazgo Vilalta estudia en la Academia de Bellas Artes de Ferrara y luego en la de Florencia, ciudad en la que tuvo taller propio… ¿Fue solo económico el aporte de Vals al cubano? ¿Qué opinión despierta en mi interlocutora el quehacer del catalán?
Responde que no existen estudios sobre Miguel Vals ni obras ciertas que permitan precisar el influjo que pudo tener sobre Vilalta, aunque piensa que el apoyo que le prestó no fue únicamente económico. «Alguna enseñanza debe haberle trasmitido», expresa. En cuanto a lo cubano en la obra del autor de una pieza como Las tres virtudes teologales que corona la puerta principal de la necrópolis de Colón, dice, enfática, que José Vilalta Saavedra se formó en Carrara, Florencia y Roma y que en el tiempo que le tocó vivir no había una importante tradición escultórica cubana, como se manifestaría en el siglo XX.
Añade que, a su juicio, entre sus obras más memorables, están el monumento al Apóstol en el Parque Central habanero, el titulado El último beso a la bandera, en la matancera de Cárdenas y el que se dedicó, también en el cementerio, a la memoria de los estudiantes de Medicina fusilados en 1871, uno de los crímenes más atroces del colonialismo español en Cuba.
Esa fue, por cierto, la obra que lo dio a conocer en Cuba. Se sacó a concurso el proyecto, Vilalta se alzó con el primer premio y se le confió el emplazamiento de la pieza. El artista tenía entonces 28 años de edad, y todavía seguían en el poder los mismos que fusilaron a los estudiantes.
Un patrimonio único
Alessandra Anselmi vino a Cuba, por primera vez, en 1995, en un plano puramente turístico. Regresaría unos diez años más tarde y entabló entonces relaciones con la Oficina del Historiador de la Ciudad y con la Universidad habanera. Quiso investigar sobre los Antonelli, aquellos arquitectos italianos que trabajaron en obras para de la defensa hasta que decidió que su tema sería el Art Deco habanero, estilo que siempre fue de su interés y del que encontró aquí un patrimonio inmenso. «Un patrimonio, recalca, que se encuentra entre los más extensos del mundo; original y fascinante»-
Llamó su atención que, en La Habana, al lado de edificios emblemáticos dentro de ese estilo, como el edificio Bacardí, hay una buena cantidad de inmuebles Art Deco que se construyeron para la mediana y la pequeña burguesía. Eso, insiste, es único en el mundo y es, para ella, lo más maravilloso.
Habla con absoluto conocimiento de causa. Para su investigación recopiló todo o casi todo lo escrito sobre el Art Deco, no solo en Nueva York y París, sino también en Australia, Nueva Zelanda, China, Japón y visitó muchos de esos lugares. Miami Beach, con su Ocean Drive, tiene fama de ser la ciudad más importante en lo que al Art Deco se refiere.
«Visité la localidad varias veces y, en efecto, guarda algo de Art Deco, perro con transformaciones y, muy poco, cuando se compara con La Habana, donde lo más interesante son los edificios que se construyeron para la pequeña y mediana burguesía».
El libro L’ Avana Decó. Arte, cultura societá, una edición lujosa, con fotos espectaculares del italiano Alfredo Cannatello, ya fallecido, y el cubano Julio Larramendi, no ha sido publicado en español. Fue escrito, dice su autora, también con la esperanza de contribuir a valorizar ese patrimonio, necesitado, en algunos casos, de urgente rescate.
¿Y Hornedo?
Entre un título sobre el Art Deco y otro sobre José Vilalta Saavedra, ¿cómo «encaja» Alfredo Hornedo?
El interés por Hornedo empezó precisamente por el Art Decó. Entre otras empresas, fue propietario de los periódicos Excélsior y El País, que radicaban en el bello edificio de ese estilo que todavía se erige en la Calzada
de Reina. Presidió el Partido Liberal, fue miembro de la Convención Constituyente de 1940 y fue un importante y audaz empresario que hizo construir edificaciones como el Teatro Blanquita, hoy Karl Marx, el hotel Rosita de Hornedo, hoy Sierra Maestra, y su propia mansión de la Avenida de Carlos III. Un personaje multifacético cuya vida abarca toda la República, válido e interesante para profundizar en los estudios de esa etapa de la historia de Cuba.
«Sobre él hice una larguísima investigación y tengo mucha información recopilada. Sin embargo, hasta la fecha no ha sido posible encontrar una editorial dispuesta a publicar lo que sería un libro de muchas páginas e ilustraciones. Puede que me decida publicarlo por partes en revistas especializadas. Un primer ensayo será publicado en un libro que patrocina el Art Deco Society of Miami».
El rey del mármol
Volviendo a Vilalta Saavedra, dice Alessandra Anselmi que el cónsul de Cuba en Roma alquiló solo por seis meses el nicho donde se daría sepultura al escultor. Pasado ese plazo, ninguno de sus familiares quiso o pudo pagar el nicho alquilado por tan breve plazo y los restos fueron a parar a una fosa común, donde se perdieron.
Ya para finalizar la profesora de la Universidad de Bologna comenta que trabaja ahora en un libro sobre José Peninno, empresario italiano radicado en La Habana donde fue conocido como el Rey del Mármol, y Nocolini, Luisi y Salvatori, escultores de la misma nacionalidad que aquí vivieron y trabajaron.
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