
Junto con Liborio, de Ricardo de la Torriente, y El Loquito, de René de la Nuez, El Bobo, de Eduardo Abela, es uno de los personajes más memorables del humorismo cubano. Liborio, aunque zumbón, es pasivo; ofrece la imagen resignada del cubano ante una realidad que sufre, pero contra la que no se rebela, y queda, en buena medida, en espectador de su propia tragedia. El Bobo no. Como lo sería El Loquito en tiempos de Batista, El Bobo es un combatiente sutil y mordaz contra la dictadura de Machado (1925-1933).
Era un personaje lleno de vida, picardía y humor socarrón. Bastaba un gesto, una expresión, una mirada para que entre él y el lector se estableciera, rápida y casi sin palabras, una relación de complicidad, escribía el caricaturista Juan David. Y puntualizaba: «El pueblo –macerado en la desilusión y el descreimiento- al principio vio a El Bobo como a un patriota que vivía en un mundo irreal y se rió de él. Después comprendió su juego y se rió con él».
Un personaje así no tenía, por supuesto, nada de bobo. Se hacía. Simulaba. Se dejaba caer, y con llaneza y simplicidad decía lo que el vivo y el listo no decían.
En un dibujo de marzo de 1933 se ve a El Bobo en una piscina. Su Ahijado que, como el Profesor, será uno de los interlocutores más constantes del personaje, le dice desde fuera:
-Veo, padrino, que tú haces muchas cosas: nadas, te zambulles, haces la plancha…
-Sí, hijo, todos menos tirarme –responde el aludido.
Fue esa sabiduría que supo inculcarle su creador, el dibujante y pintor Eduardo Abela, lo que permitió a El Bobo sortear casi siempre con éxito la censura machadista.
Intrigante y enigmático
El Bobo nació en la revista La Semana, de Sergio Carbó, en 1926, un año después de iniciado el gobierno de Machado. Hasta su desaparición, en 1934, deambuló también por las páginas de Información, Diario de la Marina y El País.
Abela afirmó que su creación obedecía a su propio concepto de la sicología cubana. La expresión del personaje era tan indefinida como intrigante, algo enigmática, y su cara, confesó el artista, era la parte posterior del torso de una mujer. En algunos de sus primeros cartones, en los que Abela caricaturizó a personas que vivían en su natal San Antonio de los Baños, la doctora Adelaida de Juan distingue a una que es como un Bobo inicial aun no perfilado del todo, pero apunta la aguda ensayista en su libro Hacerse el bobo de Abela (1978) lo que resulta evidente es que al artista le atraía la cuestión del dibujar un rostro mofletudo con un cuerpo rechoncho que, por otra parte, guarda ciertos puntos de contacto con su autocaricatura.
Si es así en cuanto a la imagen externa, mucho de la sicología de Abela había en El Bobo que se movía, pensaba y sentía como si su creador le hubiese prestado nervio y vísceras, aseveraba Juan David. Pese a haber andado mucho mundo, el autor se mantenía fiel a esa idiosincrasia de los cubanos nacidos tierra adentro que, suspicaces como ellos solos, no soltaban prenda, y a una interrogación respondían con otra. «Manera de ser que transfirió a El Bobo, con el resultado de una interrogación espiritual que dio a su personaje un contenido humano capaz de interpretar la angustia de un pueblo y darle sitio a la esperanza».
Pero ese sentido de activismo cívico se hará presente en El Bobo con el transcurrir del tiempo. En sus comienzos tuvo una función exclusivamente humorística, con fuerte apoyatura en las referencias sexuales. De ahí esos dibujos que giran en torno a la fruta bomba. El Bobo la riega, le clava una azada cuyo mango crecerá desmesuradamente, la pone a volar como una cometa o se sumerge en ella del todo. En otros cartones El Bobo es un rascabuchador y en otros, amarra cascabeles en las muñecas del Ahijado, que es su hijo, aunque pasa como hijo de El Profesor.
En la primera etapa, Abela, dice la doctora De Juan, lleva osadamente la picaresca a la prensa gráfica, sin caer en la grosería. Vendrá otra etapa en la que las alusiones maliciosas coexisten con la preocupación política y social, y una tercera en la que El Bobo dará cuenta exclusivamente de los avances y retrocesos de la lucha antimachadista.
Teclas
¿Cómo lo consiguió? Los tipos de Abela, escribió Carpentier, son síntesis de caracteres más que retratos. Su dibujo, siempre ágil, nunca subraya lo evidente pues, dice la autora arriba citada, trabaja por sugerencias. Se vale de símbolos (Martí, la bandera…) de claves, de imágenes del habla popular. En uno de sus dibujos expresa la leyenda: «Porque los maestros saben inspirar a esos niños, los hombres del mañana, cariño y respeto para el presidente de la República», y en la imagen se ve a El Profesor que reparte guatacas (azadas) entre los estudiantes. En otro se lee: «Diez vagones cargados de guayabas han salido para el Norte», y los vagones del dibujo llevan estos letreros: «Los maestros retirados cobran puntualmente», «Las libertades públicas están garantizadas», «El pueblo está conmigo».
Si El Bobo luce una bufanda al cuello es porque no se traga las mentiras del gobierno, y la vela que porta y ofrenda a San Cristóbal o a Santa Rita, abogada de los imposibles, es sinónimo de esperanza. En una ocasión inventa un hombre mecánico. «Realmente es sencillo este aparato que has inventado para hablar», le dicen, y responde: «No creas, si supieras las vueltas que tengo que dar para decir una bobería». En otro dibujo se vale de un piano. «Yo no sabía, padrino, que para tocar había que dar esos brincos», comenta El Ahijado. Contesta: «Hijito, ¡hay tantas teclas que no se pueden tocar…!».
El Bobo sobrevivirá a la caída de Machado. Recordará a Céspedes, que lo sustituye en la Presidencia, que lo que acaba de triunfar es la Revolución, y sabrá que con Grau «la fórmula la pone el boticario», es decir, Guiteras, que representaba la parte revolucionaria del gobierno. Pero está amargado, desilusionado con los resultados del proceso antimachadista. Manda a buscar cinco centavos de ideología a la botica; no la hay y pide cinco centavos de sobrevivencia… Le manda un paraguas, lo mejor, dice el farmacéutico, para hacer equilibrio.
Hasta ahí llegó El Bobo. Murió peleando. En 1941 Abela quiso revivirlo, pero había muerto con su época. Un periodo y una actitud liquidados.
En 1929 un dibujo en dos secuencias mostraba a El Bobo que, con un sombrero de pajilla frente a sí, fisgonea a una mujer que sube una escalera. Un ladrón lo encañona entonces y pese a que el personaje levanta las manos en señal de rendición, el sombrero queda sostenido en el bajo vientre. En 1941 Abela retoma ese dibujo. Otra vez El Bobo rascabuchea a una mujer que sube la escalera y de nuevo vuelve a ser encañonado por un ladrón. Pero esta vez, al levantar las manos, su sombrero no queda en el aire, sino que cae al piso.
Eduardo Abela comprendió así que había perdido el acento en la incumbencia y puso fin a El Bobo para que no se deteriorara.
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