
El habanero Federico de Ibarzábal murió el 6 de noviembre de 1955, es decir, hace ya 70 años, y es uno de los numerosos autores hoy día casi desconocidos, pese a lo mucho que se escuchó su sonoro apellido en la prensa de la primera mitad del siglo xx.
He aquí algunos datos, siquiera sucintos, sobre su vida y quehacer. Abandonó los estudios de bachillerato para dedicarse al periodismo, en el que pronto descolló. Dirigió con Alfonso Camín la revista Apolo, de poesía, cuyo primer número apareció en 1915. Fue también jefe de información de los diarios El Heraldo de Cuba, El Comercio, El País, sin dejar de colaborar en Bohemia, Social, Revista Habanera, Cuba Contemporánea… En la revista Carteles fue jefe de redacción. Lo dicho hasta aquí nos descubre a un periodista considerablemente activo.
Pero queda por detenernos en su labor como poeta y narrador.
De su poesía es Huerto lírico, de 1913, la primera muestra. A continuación vendrá un segundo libro, El balcón de Julieta, de 1916 —fecha por la que de Ibarzábal cuenta 22 años—, aunque los críticos opinan que con Una ciudad del trópico, de 1919, alcanza una realización más cabal su apreciación, un tanto sarcástica, de afrontar la vida.
Un soneto, titulado «Casino tropical», nos revela a Federico de Ibárzabal en la cuerda a que hacemos referencia:
Este casino de amplia fachada impresionista que quiere ser a un tiempo moderna y señorial, no es más que una casona donde algún detallista suele pasar el rato leyendo El Imparcial. A veces, algún alma neurótica y artista sueña en la biblioteca con «Las flores del mal» mientras en el contiguo salón un tresillista comenta una jugada que le salió fatal. Y por la tarde, en tanto discurren los paseantes por la avenida, llegan dos ricos comerciantes que hablan de transacciones con fervor mercantil. O bien, bellacamente, los socios del casino hacen chistes picantes de hondo sabor cretino. ¿Comprendés ahora, hermano, las «torres de marfil»?
Súmese a lo anterior la producción de tres novelas: La avalancha, La casa del Diablo, insertada como folletín en el diario El Crisol; y Tam-Tam, de 1941, considerada la más lograda en cuanto a su capacidad para revelarnos el ambiente cubano. Tampoco se obviará su condición de cuentista, donde el mar ocupa un lugar importante y que se reúne en dos volúmenes: Derrelictos, de 1937 y La charca, aparecido un año más tarde.
Se afirma que al morir quedaron inéditos varios libros de poemas y de cuentos, que engrosarían la bibliografía de Federico de Ibarzábal.
Nuestro autor se detuvo además, en el ensayo, y al margen de las consideraciones respecto a los valores de su obra en los géneros de la poesía (el que más renombre le dio) y la narrativa, fue un autor leído abundantemente a lo largo de buena parte de la primera mitad del siglo xx y reconocido dentro del ámbito periodístico.
Diga usted, amigo lector, si no tiene más que merecido el recuerdo a 70 años de su partida sin regreso.
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