
Flauta por flauta (conversación con Efraín Loyola), del escritor, periodista e investigador folclórico Luis E. Ramírez Cabrera (1945-2024), es el título del libro publicado por la sureña Ediciones Mecenas, y dedicado a evocar la sagrada memoria del maestro Efraín Loyola (1916-2011), el «sinsonte cienfueguero».
De acuerdo con el autor, en la historia del pentagrama sonoro insular hay figuras poco estudiadas o exploradas por los investigadores de esa manifestación artística, y cuyo perfil profesional, personal, psicológico y espiritual es casi desconocido para una gran mayoría; pero —por suerte— el colega Ramírez Cabrera interactúa en las páginas de ese volumen con el maestro Efraín Loyola, lo cual le facilita al lector realizar un viaje imaginario a la gigantesca humanidad, los laberintos espirituales, vivencias, experiencias, afectos y momentos dulces o amargos de quien fuera flautista fundador de la emblemática Orquesta Aragón y de la agrupación charanguera que lleva su ilustre nombre.
La entrevista es el género periodístico utilizado por el sagaz profesional de la prensa para conversar con esa figura «clave» de la música popular bailable —aunque no aparezca (no sabemos por qué) en los diccionarios de música cubana ad usum—. Ramírez Cabrera utiliza la entrevista como un «pie forzado» (en el lenguaje de la improvisación poética), para que el interpelado se desarrolle desde los más disímiles puntos de vista; intelectual, personal, humano y espiritual, y las respuestas que ofrece el también instrumentista, arreglista y director orquestal satisfacen con creces los objetivos perseguidos por ese género periodístico. Quedan satisfechas también las necesidades cognoscitivas y espirituales del lector que decide acercarse a la vida y la obra del nonagenario músico, cienfueguero y cubano hasta el último aliento.
La publicación de ese texto trae a mi memoria poética el recuerdo de los meses veraniegos de 1959, cuando la Orquesta Loyola amenizaba las matinées vespertino-dominicales en el Club Deportivo, sociedad de recreo de la Perla del Sur que solía frecuentar la clase social de más bajos ingresos económicos, mientras que los profesionales e intelectuales se asociaban al Club Cazadores y la poderosa burguesía sureña se afiliaba al aristocrático Cienfuegos Yatch Club.
En la pista de baile del club de los pobres (así lo denominaban), conocí al maestro Efraín Loyola y a su hijo, el doctor José Loyola, director de la Charanga de Oro, quien en aquella época formaba parte del dúo de violinistas que integraban la agrupación charanguera.
En ese medio tuve el inmenso privilegio de charlar —en reiteradas ocasiones— con Loyola, quien vivía para la música, y concretamente para su flauta de madera, «la que mejor identifica a la charanga por su sonido más compacto y redondo»[1].
Las varias veces que conversé con él —sobre todo en los recesos que hacía la orquesta para cederle la tarima a otra orquesta jazz band o conjunto sonero, que alternaba con la suya en aquellas actividades festivas— pude percibir a un hombre sencillo, humilde, comprensivo, pero recto y con un gran sentido del deber y la responsabilidad, que formó y guio por el buen camino a su descendencia e inculcó en la mente y en el alma de los hijos el amor al trabajo, al estudio y a la superación profesional, entre otros valores éticos, patrióticos, humanos y espirituales, que los vástagos supieron descubrir en él mediante el ejemplo vivo.
Ese es —a juicio de este cronista— el mejor legado que les dejara el maestro Efraín Loyola, no solo a sus hijos y demás familiares, sino también a los futuros músicos de nuestro país.
A Efraín Loyola se le admira y respeta por su fecunda obra en las siguientes agrupaciones: el conjunto Los Naranjos; la Rítmica 39, claustro materno de la «Reina de las Charangas Cubanas», que integró durante catorce años; su propia orquesta; y la idolatrada Banda Municipal de Conciertos, donde permaneció hasta que sus energías corporales, psíquicas y espirituales lo acompañaron.
A la música y la cultura cubanas se les escaparon más de siete décadas de intensa vida, dedicada casi por entero al pentagrama sonoro insular. Y, concretamente, a las agrupaciones charangueras, a cuyo formato jamás renunció, porque creía firmemente en él como expresión de legítima cubanía e identidad nacional.
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Notas
[1] Jesús Dueñas Becerra. «El espíritu del maestro Melquiades Fundora en el Palacio de la Rumba». En Radio Progreso (Culturales) (Homenaje al insigne flautista, arreglista y compositor cubano, en el aniversario 85 de su natalicio).
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