
Cuánto de inseguridad embruja el estado anímico de muchos poetas contemporáneos antes de cometer la publicación de un poema, es algo que verdaderamente llama a reflexión. Pero si es a la hora de escribirlo, Paz (véase la manera que tenemos de referirnos a Octavio) no podría venirnos mejor cuando expresara:
«El poeta dice la verdad cuando dice que, cuando se sienta a escribir, no sabe lo que va a decir».
Pero antes ya parece haberse pronunciado Arnold Shöenberg. Oh my god, permítasenos que lo citemos in extenso:
Pero podemos llegar a sospechar de la sinceridad de las obras en las que de manera incesante se exhibe el corazón, en las que se llama a nuestra compasión; en las que se nos invita a soñar con vaga e indefinida belleza y con emociones inconsistentes y faltas de fundamento; en las que hay exageración por falta de medidas formales; cuya sencillez es carencia, debilidad y aridez; cuya dulzura es artificial, y cuya expresión alcanza solamente la capa de lo más superficial. Tales obras solo demuestran una completa ausencia de cerebro e indican que este sentimentalismo tiene su origen en un corazón muy pobre.
Este Shöenberg como todos sabemos, llegó a tener como alumno al no menos legendario John Cage, tan importante como Andy Warhol y ambos no tanto como Marcel Duchamp para lo que luego vino a ser las vanguardias de los años 70 en lugares diversos. La plástica en particular, pero en Estados Unidos, sobre todo.
No hemos de olvidar, además, que ya Cage había opinado a propósito del creador de la música dodecafónica. Y Cage, si no me equivoco, creo que dijo, que este (se refería a Arnold) se dedicaba a mantener a sus alumnos en un «permanente estado de fracaso». Seguí (ojo: y todavía sigo) durante muchos años la obra pedagógica de un artista plástico como Lázaro Saavedra y otra sensación no me dejaba: esa, la de mantener a sus alumnos y, quien niega que, a los espectadores de su obra, en un «permanente estado de fracaso».
Y si unimos toda esta sarta de criterios con lo que pensaba nada menos que Jorge Luis Borges «La obra entendida como un chorro de palabras…»
Eso sí, Pound para estos temas fue más que promisorio: «Los poetas de menor envergadura no parecen ser muy ilustrados» con lo cual dejaría vislumbrar las limitaciones intelectivas de sus colegas pasados, presentes y futuros.
Gusto en presentar hoy la figura de una poeta y novelista nicaragüense llamada… Bueno, yo, que no sé decirlo, Gioconda Belli. Si es de su vida cuenten de su agitado paso por el sandinismo en tiempos del dictador Anastasio Somoza. Creo saber de movimientos feministas dentro del continente que como a Adrienne Rich o Audrey Lorde la cuentan dentro de sus abanderadas. Una bibliografía incómodamente abreviada hela aquí: Línea de fuego (Premio Casa de las Américas, 1978); Truenos y arcoíris (1982), Amor insurrecto (1984, Antología) y, De la costilla de Eva (1986)
La ficción, ha de saberse, no le es ajena: La mujer habitada (1988), El infinito en la palma de la mano (2008), y esto, sin dejar de mencionar (me dicen que polémica) una autobiografía: El país bajo mi piel (2001). Sabemos que nació en 1948. Para ser Gioconda Belli en verdad, no lo parece.
Algunos poetas
Como libros abiertos, llenos de citas, llegan a las reuniones dejando caer nombres, obras y fechas como trofeos, esgrimiendo la lógica hasta el final de las consecuencias. Así quieren hacernos a su modo algunos poetas, siguiendo la vieja tradición paternalista tratan de adoptarnos a falta de poder apresar el viento, la fruta prohibida, la misteriosa fertilidad de nuestros poemas.
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