
I

En 2019, Ediciones Extramuros publica Donde los ojos lavan sus imágenes, de Ramón Elías Laffita, un libro que no se limita a ocupar un lugar en la poesía cubana contemporánea, sino que la examina críticamente desde sus fisuras. Mas que insertarse en una tradición, la somete a tensión: desplaza la épica residual hacia la intemperie urbana y convierte la fractura del sujeto en núcleo ético de la escritura.
Si los años ochenta ironizaron el relato nacional y los noventa exhibieron sin mediaciones la precariedad y el desencanto, la poesía posterior ha convertido esa crisis en experiencia interior. Laffita pertenece a ese territorio donde lo poético lo depura todo: elimina el exceso, rehúye el dramatismo, desmonta cualquier tentación ornamental. Y esa contención viene a ser una forma de rigor que él mismo ha propuesto.
he padecido los encantos de la infelicidad
allí / donde los ojos lavan sus imágenes.
El título mismo es una declaración estética y ética. Lavar la imagen implica sospechar de la primera mirada. Aquí el poema no registra, procesa. El sujeto no se limita a observar la ciudad: la atraviesa y es atravesado por ella. La contracubierta de esta edición lo confirma al insistir en un léxico que desafía la noción tradicional de belleza: suburbio, albergue, alcantarilla, lavabo. Esa elección entronca con una corriente de la lírica cubana que ha asumido lo feo y lo marginal como materia legítima de lo expresivo y Laffita no lo hace desde el gesto provocador, lo hace desde la intensidad reflexiva.
trato de centrar los bordes
de esta casa que se desprende
y busco cómo cortar sus láminas
ese abrir y cerrar de puertas en la memoria
cuando toda casa es un candelabro
donde las vidas de los hombres arden
como velas asiladas…
Este fragmento de «Casa de tránsito» revela el centro ontológico del poemario. La casa —emblema tradicional de arraigo— arde, no protege, consume. El espacio íntimo deja de ser garantía y se convierte en prueba. El sujeto no habita, se resiste dentro de una combustión lenta. La Habana que desde aquí emerge, no es postal ni monumento, es interior derrumbándose y ese derrumbe no es decorado, es condición.
En la segunda sección, el motivo del agua se amplía hacia el mar, y el poemario entra en diálogo con otra zona de la poesía cubana: la insularidad como destino.
para cualquier marinero
parece estimable
esa manía de vivir el mar.
trenzado por la luz de otro mar
sale a moldear sus aguas
a repetir el círculo de la noria
en los confines.
El mar aquí no embellece ni promete fuga. Es disciplina y repetición. Vivir el mar «pensando» significa asumirlo como conciencia histórica, no como evasión lírica. La noria que gira no sugiere romanticismo, sino desgaste. En una tradición donde el mar ha simbolizado escape y encierro Laffita lo redefine como prueba: no huida, no épica, pero sí como rigor. El agua no purifica mágicamente, exige. El sujeto se construye en esa exigencia.
La tercera parte del libro radicaliza la fractura.
hay días en que uno
simplemente grita a destiempo
porque descubre
que el doble rostro de los amigos
es antifaz o juego mal actuado.
La anáfora repetitiva de hay días,estructura el poema «Arritmia», último del libro, como una letanía contemporánea. El amigo puede ser bendición o antifaz, la fe convive con la sospecha. La mención explícita de Dios introduce una dimensión trascendental que no cancela la crisis, sino que la tensiona. En un contexto social marcado por incertidumbres económicas, migraciones y redefiniciones identitarias, esta oscilación entre confianza y desengaño adquiere un peso generacional. El sujeto no renuncia a la espiritualidad, la vive desde la fisura.
II
Desde el punto de vista formal, el verso libre y la economía léxica refuerzan la coherencia del poemario. No hay experimentalismo vacío ni ornamentación excesiva. La fuerza proviene de la reiteración simbólica y de la respiración contenida. Laffita asume un riesgo mayor: sostener la intensidad sin alzar la voz.
Ahí radica el valor del libro dentro del sistema literario actual. En un momento en que parte de la poesía se inclina hacia la hiperconfesión o hacia la fragmentación críptica. Donde los ojos lavan sus imágenes propone claridad sin ingenuidad, espiritualidad sin retórica y ciudad sin espectáculo.
El libro no ofrece evasión ni consuelo fácil. Ofrece una experiencia de confrontación serena. Obliga a mirar la ciudad —y a mirarse— sin filtros complacientes. Aunque también propone algo más raro: la posibilidad de habitar la herida sin sucumbir a ella.
Leer a Ramón Elías Laffita hoy es aceptar que la belleza no está en la superficie pulida, más bien en la intensidad con que se asume lo que duele. Este poemario no promete felicidad, promete lucidez. Y en tiempos de ruido y dispersión, la lucidez es una forma de salvarse.
Quien se acerque a Donde los ojos lavan sus imágenes no encontrará un catálogo de ruinas, hallará una ética de la mirada. El libro no describe a una Habana fracturada: la convierte en experiencia de conciencia. Al cerrar sus páginas, el lector no habrá asistido a un espectáculo de deterioro, asiste a una exigencia: revisar sus propias imágenes, someterlas a examen, asumir que la lucidez duele.
Ese es el logro mayor de Laffita: convertir la lectura en un acto de conciencia, porque esta obra no brinda redención fácil, tampoco desesperación absoluta. En la fractura persiste una forma de dignidad y esa dignidad es el verdadero núcleo del poemario. Como declara el verso final, sostenido y sin estridencias: —pero hay días –madre– en que uno es la gloria / pese a todo conflicto—.
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