
Este 4 de agosto se conmemora el 150 aniversario del fallecimiento del escritor danés para niños Hans Christian Andersen. El hecho ocurrió en Copenhague, Dinamarca, en 1875, cuando el autor contaba 70 años, y aunque seguramente será objeto de recordación y homenaje en buena parte del mundo, para Cuba y los cubanos la fecha guarda una significación singular.
Es bastante probable que Andersen sea el más conocido de los autores literarios nacidos en Dinamarca y de seguro uno de los escritores para niños más reconocidos internacionalmente. Sus cuentos infantiles han gozado de una vasta difusión y han sido traducidos a numerosos idiomas. Son varios los títulos suyos que se insertan en las más exigentes de las antologías del género infantil que pueda concebirse, prepararse o publicarse en el planeta Tierra.
Y aunque cada lector (infantil o no, porque se le disfruta por igual a cualquier edad), recuerda varios títulos que han alcanzado amplia difusión, apuntaremos aquí algunos de ellos: «El patito feo» (predilecto de quien redacta), «La sirenita», «El soldadito de plomo», «El ruiseñor», «El traje nuevo del emperador», «La reina de las nieves», «El cofre volador», «La princesa y el guisante»… hasta alcanzar la cifra de alrededor de 200 relatos. Sin embargo, Andersen no fue solo cuentista, escribió novelas de viajes, obras de teatro, poemas y de cada uno de dichos géneros publicó libros. Se trató de un autor prolífico y, además, de éxito.
Y no es todo. Llegó a recibir el título honorífico de Consejero de Estado, el de Ciudadano Ilustre de su natal, Odense, y desde 1956, cada dos años se entrega el premio internacional de literatura infantil que lleva su nombre, el cual diez años después se extendió a la categoría de ilustración de textos infantiles.
En la habanera calle de Mercaderes entre Empedrado y O’Reilly abre el Jardín Ecológico Hans Christian Andersen, donde se encuentra un busto suyo.
Andersen es, pues, un autor universal, traducido, reeditado, leído, que no pasa de moda ni se empolva en las estanterías. Su obra ha inspirado ballets, filmes, dibujos animados, obras de teatro.
Siquiera algunos datos biográficos queremos darle. Nació el 2 de abril de 1805, ya dijimos que en Odense; su madre era lavandera y el padre zapatero, así es que más humilde no pudo ser su origen. Al morir el padre, y siendo un adolescente, se trasladó a Copenhague. Llevaba consigo el propósito de ser dramaturgo y consiguió trabajo en el Teatro Real de la ciudad. Allí el director de la institución descubrió «algo» en él y le permitió realizar estudios. Hans pudo viajar por toda Europa (Inglaterra, Francia, Italia, Alemania, Suiza, España, Portugal, Suecia, Noruega…), además Turquía y varios puntos más de la geografía asiática y de África. Al escritor lo distingue una particularidad. Le gustaba leer sus textos en público, ante cientos de personas que se reúnen para escucharlo.
Entre todas sus facetas es como escritor de cuentos infantiles que universaliza su nombre. Se nutre de las tradiciones orales nórdicas y de otras regiones, sabe manejar la cuerda del elemento real que se imbrica con abundante fantasía, el lenguaje es sencillo y accesible a la comprensión del lector pequeño y del adulto, no está exento de suave humor, el «bueno» suele sufrir un poco pero al final vence la justicia, triunfa el bien (con sus valores) sobre el mal, por lo que el mensaje es enaltecedor y genera sentimientos de bondad. Hans Christian Andersen hace soñar con un mundo mejor. Estas palabras son reveladoras de su personalidad.: «La mayoría de las personas que caminen tras de mí serán niños, por lo que mantendré mis pasos cortos».
Es curioso comprobar cuánto consigue y cuánto perdura la literatura de un autor cuya vida, aunque púbicamente exitosa, distó en la intimidad de ser feliz, pues nunca superó la timidez, como tampoco la depresión de su espíritu y la soledad, en tanto en el orden sentimental fracasó una y otra vez.
Es llegado ahora el momento de explicar el porqué del título de este trabajo. José Martí, tan enterado de todo, conoció y leyó la obra de Hans Christian Andersen. De ahí que en la cuarta y última entrega (la de octubre de 1889) de su revista La Edad de Oro, publicara una versión libre y suya del cuento «El ruiseñor», de Andersen. Martí la titula «Los dos ruiseñores». En ella, el canto armonioso de un ruiseñor deleita hasta las lágrimas al emperador chino, quien ordena localizar la avecilla para traerla al palacio. Pero ocurre que un día el emperador recibe un inesperado regalo y al abrirlo descubre un segundo ruiseñor, este mecánico, capaz de cantar igual de bien que el original, circunstancia que aprovecha este para escapar al monte.
Todo marcha hasta que el mecanismo del ruiseñor artificial se descompone y el emperador, enfermo y abandonado, próximo a morir, escucha nuevamente el canto del ruiseñor, que se ha posado en un árbol, y le propone volver, pero el pajarillo no acepta y se retira para siempre, a deleitar con su trino el trabajo de los pescadores. Es bello el mensaje martiano y en nuestra opinión muy a tono para rendir homenaje desde aquí a la obra de Hans Christian Andersen en el sesquicentenario de su fallecimiento.
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