
Este 4 de agosto se cumplieron 151 años del fallecimiento de Hans Christian Andersen, extraordinario narrador de historias de quien Eliseo Diego escribió que estaba «en gozosa armonía con las fuentes más profundas y claras de la creación poética, tenía el oído tan puro y atento al fluir del primer río, al graznar del primer pájaro…».[1] Tal vez por eso sus cuentos y los personajes que los habitan están llenos de poesía, hablan de cerca al corazón de quien los lea, niño o adulto. («Todas las personas mayores fueron niños, pero muy pocos lo recuerdan», dijo Saint Exupéry).
Ah, los días del verano! ¡Qué agradable era salir al campo y ver el trigo amarillo, la verde avena y el heno hacinado en medio de las praderas! Sobre sus largas patas rojas iba la cigüeña chachareando en egipcio, idioma que su mamá le había enseñado. Alrededor de los campos y las praderas del contorno había grandes bosques, y en medio de los bosques se abrían hondos lagos.
Sí, era realmente encantador estar en el campo. Bañada de sol se alzaba allí una vieja mansión solariega a la que rodeaba un profundo foso; desde sus paredes hasta el borde del agua crecían unas bardanas de hojas gigantescas, las mayores de las cuales eran lo suficientemente grandes para que un niño pequeño pudiese pararse debajo. Aquel lugar resultaba tan enmarañado y agreste como el más denso de los bosques, y era allí donde cierta pata había hecho su nido.
Así comienza «El patito feo»: son fragmentos incluidos por Eliseo en el ensayo que antes citamos. Andersen afirmaba que ese texto suyo tenía mucho de autobiográfico: las penurias del pequeño animal discriminado por ser diferente, que al final descubre en sí mismo la belleza del cisne admirado por todos.
Hans Christian Andersen nació el 2 de abril de 1805 en Odense, Dinamarca, hijo de un zapatero y una campesina. Su infancia transcurrió en la pobreza, de la que intentó huir a los 14 años, cuando se marchó a Copenhague. Allí pasó un tiempo sobreviviendo entre la caridad pública y algún trabajo ocasional, hasta que consiguió empleo en el Teatro Real, cuyo director Jonas Collin le hospedó en su casa y le consiguió una beca del Rey para que pudiera estudiar. La relación de amistad con Collin, su hijo e hija fue un apoyo espiritual perdurable para Andersen.
Tras concluir sus estudios comenzó a escribir piezas teatrales y novelas, con mayor o menor fortuna. En 1835 se publicaron sus Cuentos para contar a los niños (Eventyr fortalte for børn, 1835), la primera de varias colecciones; otras tres verían la luz en 1843, 1847 y 1852. La última fue Nuevos cuentos e historias (Nye eventyr og historier, 1858-1872). De su extensa obra literaria, fueron sus cuentos infantiles los que le alcanzaron aceptación en su país y, con el tiempo, la fama mundial. La primera edición de su autobiografía, titulada El cuento de mi vida, apareció por primera vez en alemán (Das Märchen meines Lebens, 1846), y hasta 1855 no se publicó en danés. En Cuba la obra vio la luz por la Editorial Gente Nueva en 1989. Una hermosa selección de los cuentos de Andersen, traducidos al español por Eliseo Diego, fue publicada por la editorial Verbum en 2012.
Reconocido ya como escritor, Andersen viajó por Europa, Asia y África. En el más largo de sus recorridos, entre 1840 y 1841, estuvo en Alemania, Italia, Malta, Grecia y Turquía. De regreso pasó por el Mar Negro y el Danubio. Luego visitó España y el Reino Unido, entre otros países, y recogió sus experiencias en cuadernos y libros de viaje: Bazar de un poeta (1842), En Suecia (1851), España (1863) y Visita a Portugal (1866). Ya para entonces sus obras se habían publicado en francés, inglés y alemán.
Los cuentos de Andersen han sido traducidos a más de 100 idiomas y adaptados al teatro, el ballet, el musical y el cine. Solo de «La sirenita» hay al menos tres versiones cinematográficas: una checa de Karel Kachyňa, considerada un clásico (1976), un filme de animación de los estudios Disney (1989) y una versión live action de Disney (2023). «La reina de las nieves» ha sido adaptada al cine en diez ocasiones o más. En fecha tan temprana como 1928, Jean Renoir dirigió una adaptación de «La pequeña vendedora de fósforos».
No sabría decir cuál de sus cuentos es mi preferido: un soldado de plomo enamorado de una bailarina de papel; una joven sirena que se enamora de un príncipe y sacrifica su voz para volverse humana como su amado; una niña que recorre sola el norte de Europa en invierno, en busca de su amigo raptado por la Reina de las Nieves; otra niña, nacida mágicamente, también raptada y luego rescatada por una golondrina a la que había curado… Animales, plantas, flores y juguetes que hablan e interactúan con los humanos, todo un mundo de fantasías para transmitir valores y principios a los niños, sin abrumarlos con didactismos innecesarios.
En el último número de la revista La Edad de Oro, José Martí incluyó su versión libre del cuento «El ruiseñor», de Andersen. La versión se titula «Los dos ruiseñores», y en ella se describe a un «emperador galán» que visita de incógnito a los pobres y ha leído a Confucio. En esencia es el mismo cuento, pero Martí le confiere una connotación política: en la guerra contra los tártaros, el emperador monta a caballo para defender China y declara que «¡Cuando no hay libertad en la tierra, todo el mundo debe salir a buscarla a caballo!».
Andersen murió en Copenhague en 1875. Su casa natal y la casa donde pasó su infancia en Odense son hoy museos donde se conservan escritos suyos, objetos que le pertenecieron y recreaciones de sus cuentos. La fecha de su nacimiento, el 4 de abril, es desde 1967 el Día del Libro Infantil, y el Premio Hans Christian Andersen, otorgado cada dos años desde 1956, es llamado «el Nobel de la literatura para niños». Hay estatuas suyas en varias ciudades de Europa y en el Central Park de New York; en ciudades de Japón y China existen parques temáticos basados en sus cuentos. En La Habana hay un busto de Andersen en el jardín que lleva su nombre, situado en Mercaderes entre O’Reilly y Empedrado.
Y frente a la bahía de Copenhague, una estatua de la sirenita mira hacia el mismo mar que vio Hans Christian, a quien hace años dediqué un modesto homenaje en mi libro Ítaca:
tiempo de golondrinas
las manos de una niña y su ternura
la golondrina herida
y unas alas que lenta lentamente
recobraron el vuelo
después la despedida
ave de paso mutada en nostalgia
y las alas curadas que retornan
para llevarla hacia la luz
(a mi amigo hans christian
que iluminó mi infancia con sus cuentos).
[1] Eliseo Diego: Ensayos, Ediciones Unión, La Habana, 2006. «Secretos del mirar atento: en torno a Hans Christian Andersen». Este ensayo se incluye en la colección de cuentos de Andersen en traducción de Eliseo Diego, publicada por la editorial española Verbum en 2012.
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