
Partiendo de una cita de Alfonso Reyes que legitima el interés por la anécdota, a la que el ilustre mexicano llama «harina de nuestro molino», el poeta, narrador, editor, profesor e intelectual venezolano Gonzalo Fragui consigue un libro de llana amenidad, capaz de convertir la evocación anecdótica en una puerta al recuerdo, la reflexión y la necesidad de inspeccionar —revisitar quizás— vida y obra de figuras de relevante legado en la cultura, tanto venezolana como universal. Publicado por la editorial caraqueña Fundarte, Los poetas en el bar del mediodía rescata la dimensión humana, en singulares circunstancias, de esas personalidades a las que conocemos más por versos, narraciones, piezas musicales u obras de arte de su propia autoría, que por su genio inmediato de individuo. A este conjunto mayoritario lo sazona alguna que otra crónica confesional, o reflexiva, donde el autor desliza su profundo conocimiento de la literatura universal y, sobre todo, del universo profundo de la Grecia antigua.
Del venezolano Ángel Eduardo Acevedo (Valle de la Pascua, 1937), de quien perfila cuatro simpáticos pasajes, al poeta y luchador turco Nazim Hikmet (1902-1963), a quien dedica también cuatro narraciones, desfilan ante nuestros ojos más de un centenar de estampas.
En las conversaciones entre poetas, más si esas charlas se deslizan a lo largo de copas compartidas, no faltan las fabulaciones relativas a colegas, sean contemporáneos, clásicos archiconocidos o, con demasiada frecuencia, autores preteridos u olvidados. Se aviva así el recuerdo y la memoria convoca a esa arista de la vida personal de quienes han sido referente literario tanto para naciones como para continentes. Es una de las fuentes que utiliza Gonzalo Fragui para su anecdotario, dotándolo de un tono coloquial que nos permite sentirnos en conversación, reconciliados con la intimidad de lo narrado, en la apacible ilusión de que, al avanzar en la lectura, participamos también en el coloquio íntimo. Las anécdotas elegidas por Fragui no asumen, en su mayoría, un tono desmitificador, ni están destinadas a menoscabar al sujeto referido, aún cuando buena parte de ellas no clasifiquen para los pedestales naturales en los que la historia de la literatura suele colocarlos. El autor de Los poetas en el bar del mediodía comprende la dimensión humana, noblemente humana, al contrario de lo que firmara Nietzsche, de cada una de las personas evocadas. El denominador común de cada narración es, sin dudas, el humor. Un humor que ennoblece y no denuesta, un humor que afianza y no mueve los cimientos morales de los aludidos. Un humor que complace en su discreto ingenio en lugar de impactar con la diatriba.

Consustancial a lo anecdótico, los pasajes son breves, informativos, portadores del dato justo que necesitamos para llegar a la sonrisa que cierra cada crónica. Hay tópicos comunes, como la picardía del sujeto asociada a la bebida alcohólica, la pobreza digna que muchos poetas han vivido asociada a la generosidad y el desapego por la acumulación de riquezas materiales, y, con persistencia sutil pero latente, la espiritualidad humana que va a colocarse por encima de la maledicencia. Así, la picardía del relato que entre copas se comparte, se transforma en poiesis, rejuego literario que combina rigor con sencillez en el discurso narrativo. Son virtudes que la mayoría de los lectores agradecen y disfrutan.
Si entresacamos en sus páginas, descubrimos, por ejemplo, que compara a los poetas con los monos «maiceros» encargados de vigilar para que el resto de la tribu saquee el maizal. Si el saqueo va con éxito, serán gratificados, pero si surgen contratiempos, recibirán un castigo ejemplar y despiadado. En esta anécdota, el humor abre el discurso, en lugar de cerrarlo, como en la mayoría de los casos, y el autor legitima esta comparación con una frase de Hölderlin: «Mientras todos duermen, alguien vela, el poeta». Concluirá de inmediato con un comentario propio que se presenta como declaración de principio y reivindicación del oficio: «El poeta no solo está pendiente de la especie humana sino además del cuidado del lenguaje. Es por eso tan grande la responsabilidad del poeta. En el momento que perdemos el logos perdemos todo, dirían los griegos».
En «Malos modales», dedicada al libro homónimo de Juan Calzadilla, Fragui deja salir su indignación por la injusticia social, su solidaridad ideológica con quienes se asociaron al grupo El techo de la ballena, un hito que imbrica ejemplarmente literatura, arte y desafío social. A ellos también les rendirá homenaje en la pieza «Fundaciones», imbricando la referencia histórica con el testimonio personal.
Los poetas en el bar del mediodía es un libro que viene de las redes sociales de internet, exactamente de Facebook, bajo el genérico nombre de Poeterías. Demuestra así Gonzalo Fragui que, del mismo modo en que muchos contaminan con el veneno que llevan en la entraña a ese valioso escenario mediático, otros, los que fundan y redimen, nos regalan joyitas como estas. Y el poeta da pie, en su simbiosis de lírica y humor, a un reservorio para generaciones subsiguientes de poetas y lectores que en algún que otro mediodía de bar compartan, más que esas copas de pretexto, la sencillez humana de la sabiduría, el interés y el respeto por quienes consagraron su vida a un oficio como el de la poesía, en ocasiones más riesgoso e incierto de lo que aparenta.
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