
El siglo XIX es la centuria de las luces en la novelística francesa. Son tantos los autores trascendentes que la enumeración siempre pecará de incompleta; citemos pues, unos pocos: Víctor Hugo (Los miserables y Nuestra Señora de París), Honorato de Balzac (Papá Goriot y Las ilusiones perdidas), Henri Beyle –Stendhal– (El rojo y el negro y La cartuja de Parma), Gustave Flaubert (Madame Bovary y Salambó), Emilio Zola (Germinal y Teresa Raquin)…
El género novela transita en ese lapso por tres grandes movimientos literarios: el romanticismo, el realismo y el naturalismo. Estos grandes escritores son rápidamente conocidos en España, país limítrofe con Francia y donde se habla un idioma que es cada vez más pujante internacionalmente.
Las traducciones al español acercan a dichos autores no solo a la Península Ibérica, también a la América hispana, donde es cierto que por entonces abundan los iletrados, pero también —no se olvide ni se menosprecie—, esplenden personalidades de la cultura cuyo quehacer intelectual cruza el Atlántico e ilumina Europa.
Entre nosotros los cubanos vive, en la segunda mitad del siglo XIX, José Martí, cuyo conocimiento de cuanto acontece en el mundo de entonces hace de él un humanista de excepcional cultura, actualización y sapiencia —ello, centrándonos exclusivamente en su perfil literario, sin incluir los restantes de su abarcadora personalidad—.
Cuando Martí nace el 28 de enero de 1853 han transcurrido dos años y medio de la muerte, el 18 de agosto de 1850, de Honorato de Balzac, y la obra del autor francés es ya leída, reconocida y publicada tanto en Europa como en el llamado Nuevo Mundo. Pero Martí no fue solo un lector de Balzac, fue un opinante sagaz, un estudioso analítico de su obra y un entusiasta promotor de su lectura.
Una y otra vez cita Martí a Balzac. He aquí dos ejemplos: «Pinta Balzac con la dolorosa maestría de ese escalpelo que le servía de pluma», y «Balzac, profundísimo veedor, e imponente pensador». Pero hay más: entre los apuntes martianos encontramos una cita en francés de la novela Eugenia Grandet, lo cual nos hace suponer que la leyó en su lengua original.
Balzac es un prodigio de laboriosidad y talento. No llega a conocer la máquina de escribir ni mucho menos la computadora. Escribe a mano, con pluma, y es muy probable que tampoco le alcancen el tiempo y los apremios financieros para revisar demasiado sus textos. Se encierra en sí mismo para crear, pero, lógicamente, antes tiene que haber visto y vivido lo suficiente de una sociedad como la francesa para poderla describir, criticar y enjuiciar. Balzac nunca gozó de buena salud y se «gastó» prematuramente.
Vivió solo cincuenta y un años. Murió en París. La noticia causó conmoción y la oración fúnebre la asumió su amigo y admirador Víctor Hugo, quien expresó: «Era uno de los primeros entre los más grandes y uno de los más altos entre los mejores». Difícil es hallar mejor elogio.
La obra de Balzac se resume y desarrolla en el proyecto denominado La Comedia Humana, dentro de la cual inserta el conjunto de toda su obra, interrelacionados unos libros con otros y a un tiempo independientes por sí mismos. Integran estos un compendio de caracteres, diversidad de asuntos, situaciones, costumbres, experiencias, observaciones… Utiliza personajes recurrentes (Vautrin, uno de los más atractivos), caracterizados por la complejidad de sus acciones y personalidades.
El numen del escritor es un archivo prolijo de la sociedad francesa —expuesta sin los afeites del Photoshop, diríamos hoy—, y de él emergen, entre otros, Papa Goriot, La mujer de treinta años, Eugenia Grandet, El cura de Tours, Las ilusiones perdidas, La piel de zapa, El primo Pons, La prima Bette, Los parientes pobres…. Construye personajes que cobran vida perdurable, los desarrolla dentro de cuadros escénicos impregnados de un realismo dramático absorbente y perturbador.
Es tan minucioso su conocimiento de la personalidad humana que no existe rincón de ella que en algún modo no toque, llegue, enganche y haga reflexionar al lector. En Balzac la filosofía literaria y de vida es tan realista como amarga, e identifica la defectuosa crueldad de una sociedad que se convierte en una confrontación de unos contra otros. Lógicamente, un empeño tan colosal como La Comedia Humana (obsérvese cuán sarcástico es el título), tenía que quedar inconcluso, pues era materialmente imposible para una sola vida.
Es cierto que Papá Goriot, publicada por vez primera en 1835, resulta su novela más conocida y universal. Con ella le hubiera bastado, pero no lo quiso así y tejió todo un mundo, una humana comedia, abarcadora y a la vez sintetizada. En opinión nuestra no es suficiente afirmar que Honorato de Balzac fue un escritor extraordinario, en realidad se trató de un genio de las letras.
De nuestro protagonista se han publicado en Cuba varias novelas, su estilo y proyección —con influencias que se extienden hasta autores del siglo XX—, es tema de estudio en las carreras de humanidades y no solo en aquellas de especialización en la lengua francesa. El cine y la telenovela también lo han versionado, a sabiendas de que su firma es una garantía de éxito (incluido el comercial, por supuesto).
Como sucede en numerosos ejemplos, a Honorato de Balzac la vida apenas le sonríe. En cuanto negocio se involucra, fracasa. El buen pie lo acompaña cuando escribe (de 1831 data su primer éxito: La piel de zapa), pero cuando intenta invertir, ahí mismo sobreviene la debacle… y así, para vivir, no puede dejar de escribir. En 1845 recibió una muy importante distinción, la de Caballero de la Orden de la Legión de Honor de Francia.
Cada aniversario, sea de nacimiento o de su partida, debe asumirlo el lector como una invitación a reabrir cualquiera de sus novelas y descubrir nuevos pasajes para el enriquecimiento del espíritu.
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