
Yo estaba allí en el sueño que era tal vez memoria
Convocados por la magia de Isabel Gaspar —por aquella fecha, lectora del Instituto Camões en Cuba—, asistimos a la celebración del centenario de José Saramago en la Biblioteca Nacional José Martí. Yo había leído en la invitación que al encuentro iría una poeta.
De mis extraños pueblitos —Paredes, Manacal, Cancán, Picos Blancos, Venturilla, Cerro Feo…— había cargado con una mochila militar llena de libros que iban desde la Biblia pequeñita que te dan las madres no creyentes pero que quisieran que alguien o algo te protegiera allá donde ellas ya no estarán, hasta Orlando y Gabriela Mistral. Y en el fondo de la mochila, un revoltijo de papeles: mis poemas.
Si mi poesía valía o no la monedita que cae al pozo, que lo dijera una poeta. Pasé a hojas limpias los poemas. Sin las tachaduras, ya no parecían tantos. Espumero fue el título que apareció. En la Biblioteca hallé el momento para pasárselos a la poeta, con un beso.
Volaron los días y otra vez la magia de Isabel: Parabéns, Anniel! Eis o número da Olga! (¡Felicidades, Anniel! ¡Este es el número de Olga!)
Aquella mañana fue nuestra primera llamada telefónica y hablamos de poetas franceses, de poesía alemana, de fórmulas y ritos. Después, con las visitas a Coyula, intercambiamos personajes y recuerdos: Manuel Eliseo, Manolo Castilla, el girasol, las gaviotas, Strauss, Rilke, Serrat, el olmo, las chinchilas de mis cayayas, Melquides, el sinsonte en el patio vecino…
¿Sabía la madre de Biblia pequeñita que su hijo llegaría a esa otra casa donde lo rodearían estampillas de Santos y Vírgenes? ¿Sabía la madre que la poeta lo dejaría reposar a la sombra de sus alas, en San Miguel? ¿Y sabía la poeta que la poesía cruzaba así, de pronto, los caminos?
Tomo para el final de esta historia —un final solo posible aquí, en la página— dos poemas: el primero, de las Cartas de la nostalgia, de Olga Sánchez Guevara, y el otro, de la mochila de los extraños pueblitos.[*]
1
tu silueta menuda se mueve en la cocina; bajo la larga mesa se agolpan
los gorriones, en busca de migajas
en el patio al que se abren las puertas de la casa, la ropa está tendida al
mediodía que se quiebra en la sombra de las arecas y la zarza
el silencio casi puede tocarse, y una lenta nostalgia navega en el cantero
con las mariposas; desde muy cerca llama tu voz para el almuerzo, y
todos nos sentamos ahuyentando gorriones
la eternidad comienza en la cocina donde la tarde cae
***
Carta 4: A un carbonero
papá descalzo
suerte que tuvimos
estas arenas tan poco vidriadas
si vieras el sena que he soñado
entrábamos como patos silvestres
tiznados hasta los párpados
el sena también tiene peces
que desmenuzan las migajas
si vieras
son las mismas arenas
[*] Por insistencia de la poeta, estos poemas de la mochila fueron tecleados y serán publicados próximamente por Cubaliteraria con el título Agua blanda en piedra dura.
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