
Si volvemos al primer libro publicado por Raúl Hernández Novás (1948 – 1993) que fuera mención del Concurso de la UNEAC en 1979 —hoy no recordamos ni siquiera el nombre del autor del libro premiado— nos percatamos de que va hacia un rescate de los principios poéticos afianzados por Orígenes algunas décadas atrás. Exhibe un centro ontológico donde se teje una cosmovisión, una transmutación del ser en el universo que tiene como base la mezcla de imaginación y sabiduría. En el libro hay un gesto amoroso convertido en mundo, junto al flujo profundamente dialéctico de su discurso lírico. Y sí, allí se mezcla lo real con el sueño, pero todo ocurre bajo una mirada filosófica del orbe, donde sus pares opuestos son integrados, o uno se transforma sin fin en el otro. Pruebas de ello pueden hallarse ya en el poema pórtico del cuaderno, que viene a ser como una poética y al tiempo añoranza de la amada.
Por otra parte, en su dimensión apretada, se deja ver el eco estilístico de los Versos libres de Martí: «los ojos tiemblan, / la tierra tiembla, las espumas mueren / sobre aquel valle de flores blancas / donde la luz es fúnebre y el ojo, / torvo, imagina barcos enlutados».[1] Entonces se le da base, cometido y peso a la imaginación, a la exploración de lo desconocido o lo soñado.
Desde estas páginas el universo en su variedad destila, gasta la soledad profunda del ser humano, evoca el destino de su infelicidad a través de una ancestral nostalgia que se mezcla al misterio en reiteradas ocasiones. Se vislumbra el vuelo grave de la fugacidad de la vida sobre todo lo que hemos sido alguna vez: emoción, ingenuidad, ternura; la conciencia de la desilusión de antes y de ahora, que vibran impotentes ante la avidez de la existencia; la añoranza de los motivos prístinos o «el viaje siempre recomenzado por el sujeto lírico hacia los inicios del ser».[2]
Es esta poesía como un caleidoscopio donde abundan los semas protección y desamparo, fugacidad y permanencia con una profunda nostalgia por lo vivido, y pueden apreciarse huellas mezcladas de Martí, Whitman, Neruda y sobre todo de Lezama. En relación con la primera influencia véase el poema «El muerto está en pie humildemente…» donde se retoma la metáfora del muerto que aflora en poemas de Versos libres y Versos sencillos —de la vida que se vive como muerto— y la recrea en su inserción epocal y literaria, a través de canciones de perdida fe en un mundo vibrante y perseguido.
El binomio profunda fe – desilusión, atravesado por la nostalgia, caracteriza a la mayoría de los poemas del cuaderno. La nostalgia sin fin, acaso congelada, posibilita vivir lustrando la opacidad del recuerdo.
Los signos sigilosos y huidizos de esta poesía desde el desamor tejen un amor intenso en la imaginación. El misterio y la transmutación se imponen entonces como signos de esta poesía que canta lo imperfecto desde una voz filosófica ya para siempre diferente a sus poetas coetáneos y anteriores, y que en este libro impregna su estela y sello, la cual encontrará variaciones y caminos de perfección en sus posteriores poemarios.
Referencias
[1] Raúl Hernández Novás: Da Capo, Ediciones Unión, La Habana, 1982, p. 15.
[2] Susana Montero: «La segunda generación poética revolucionaria. Poetas nacidos entre 1940 y 1950» (I). En Historia de la literatura cubana, t. III, Instituto de Literatura y Lingüística y Ministerio de Tecnología, Ciencia y Medio Ambiente, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2008, p. 134.
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