
En el libro Experiencias de amor correspondido. Antología personal (1989-2009)[1] de Alberto Acosta Pérez, el cual vio la luz un poco antes de la muerte de su autor, se resumen, al decir del escritor, «veinte años de trabajo sobre el texto poético», y nos enfrentamos a una poesía directa e intensa que teje sus versos con la frescura y raigalidad de un oráculo, sobreponiendo la fuerza donde anida la fe. Sobre la improcedencia del universo trastocado se ordena la teluricidad —una de las virtudes esenciales en su estilo—, la incertidumbre y los perfiles dibujados de cualquier existencia, levantando la identidad de un desterrado. El mensaje es fuerte, despojado y exacto, y vive en tejidos que se mueven entre el desamparo y la nostalgia y una obsesiva premonición de la muerte: «perdonar las heridas del amor / herencia de arcilla que modelan hoy mis diez dedos / temblorosos / como un intervalo abierto en el camino de la muerte». («Otra elegía», p. 57); «Por eso no te pido que muevas el lindero del campo / donde la muerte distraída me cortará muy pronto». («Carta a Serguei», p. 79); «Que la última estación me sea propicia, / que se borren de mis ojos los dolores que viví, / y en mi descanso, / solo escuche el leve frufrú de la carcoma / royéndome hasta el tuétano», («Ruego y epitafio», p. 88); «Si después de morir queréis mi cuerpo, tomadlo, / aún habrá suficiente perfección aunque se apague» («Mi cuerpo», p. 221).
Asombra la mágica y sensitiva materialidad de esta poesía, que nace de la pasión e intensidad, transidas por la transparencia y de la vida contemplada con los ángulos caprichosos de una estación. Eso es lo que emana de los mejores poemas del autor, que no son aquellos donde perviven rasgos románticos y neorrománticos, incluso, conversacionales, sino los que destellan intensidad —que cobra cuerpo en la sinceridad descarnada—, aquellos donde el verso irrumpe con explosión telúrica, asombrosa por su eficacia y exactitud. Son prueba de ello los poemas que cantan a la sexualidad y a la sensualidad, breves, escuetos y trascendentes dentro de la muestra, donde, a mi modo de ver, se ha vertido su verdadera voz.[2] Esos poemas tienen «pensamiento y sentimiento […] la suavidad de los contornos del cuerpo joven, donde nada se destaca y nada se pierde, y la precisión de la estatua iluminada por el sol; la sencillez (sólo para ella está abierto el futuro), y la sutileza como reconocimiento de la herencia de todas las alegrías y tristezas de los siglos pasados, asimismo, y sobre todo, tienen estilo y movimiento».[3] Llegan a ser plegarias de la expresión desnuda fragmentos como los que siguen: «escribo porque soy débil / y no puedo derribar un monte». (p. 62); «La juventud y la pasión dejaron huellas / concéntricas como los anillos de los árboles». (p. 102), de raigambre martiana, que prueban que la poesía es una oleada del inconsciente que sale a flote mediante un esfuerzo en ocasiones violento, como afirma Alí Chumacero.
Porque este autor, nacido en 1957, y que comparte su momento creacional y editorial con otros poetas, casi todos nacidos en la década de 1960, es dueño de un discurso donde hay más un deseo de expresar que intenciones de innovar o renovar, como es el caso de otros que aquí aludimos. Es una voz que al denotar cansancio y madurez no deja de ser lúcida, y nos recuerda que el poema es «una experiencia caracterizada por la tensión entre encantamiento y desencantamiento».[4] Es un poeta de teluricidad, penetración, potencia, y el universo —y lo ideal— se vuelve celestial porque es telúrico, rodeado de certezas en acecho y en fugas, un ser que actúa como develador de una cadena de actitudes: acción: reacción: reflejo desolado. Con un gusto peculiar por la canción, desfilan por estas páginas temas supremos como el amor, la pérdida del amor, la obsesión con la muerte, la soledad, la memoria y la desmemoria. En fin, la incertidumbre que defiende la amargura. La lucidez nos deja poemas memorables, para siempre, en su voz.
Parece que Alberto Acosta sí sabía que el poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia del hecho, como nos recordaba Borges. Así nos lo hace comprender en su libro póstumo Calas[5], recién publicado por la Editorial Letras Cubanas. En él vuelve a insistir en la idea de la fugacidad de la vida, recurrente en su poética, incluso hasta en los exergos que proclama, en la martiana idea de que el objeto de la literarura es acercarse a la vida, y que a través del dolor se alcanza lo permanente. Por eso de la poesía reclama su vitalidad, entendida como teluricidad, y no nos sorprende que entonces unifique sentimientos dispares, pues la ironía comienza a vivir en el asombro, y es muy eficaz, poéticamente hablando, la temeridad del desengaño —la penetración de una naturaleza sentidora que al no encontrar igual moldea la desilusión—. Paladear de una vez éxtasis y fracaso. Sabemos entonces que la soledad es grande por su capacidad de autoconciencia y destrucción, y que por lo tanto, como dijo Goethe, solo el conocimiento insuficiente es creativo. Nos seduce el grado de penetración poética que se logra a través el reflejo de pasiones fuertes, lacerantes como el desengaño:
descubres el tacto áspero de aquella nota
y te sorprende haber llegado tarde
y de golpe tienes frente a ti una duna inmensa
que nada sabe de la hermosura del cuerpo dormido
de la brasa dulce de aquel sueño
Y te quedas indiferente como una mercancía que nadie compra hace años
Y se rompe la historia en rastros distintos de una misma fecha
que apenas apunta a una misma pasión
como una antigua y doliente señal de aprendizaje.[6]
Pero rápidamente nos da cuenta que, aunque el objeto de la literatura sea la existencia, ella sola no nos lleva a sobrepasarla, queda el misterio del talento, la incertidumbre en el camino de la trascendencia. En ese sentido es que predominan en este libro-legado los poemas de poética, los textos que explican para qué y por qué se escribe, y tratan de poner en orden los hilos que mueven la inspiración. En una mezcla de teluricidad y misterio, donde lo terrenal es concebido como lo eterno, priman el anhelo y el deseo de definir sus sendas poéticas, sus motivos, su sentido en este universo de la creación — piensa la poesía como acto. Siente «que la poesía está ocurriendo todo el tiempo adentro como una corriente subterránea. Uno puede bajar el balde y traerlo de nuevo a la superficie del poema».[7] Esta abundancia de textos de poética aún nos hace ver que, aunque la poesía es un bien del espíritu, el autor repara una y otra vez en la importancia práctica de tal género, de tal misterio, de tal profecía, porque ese predominio habla también de una naturaleza y una conciencia críticas de la literatura, de vasos comunicantes entre sus diversos géneros. Lo que paradójicamente aparece expresado en poemas donde se respira una especie de anhelo de absoluto posromántico o modernista, tejidos intensos con remates románticos, o con la presencia del ubi sunt, y en su reverso en poemas de tono existencial. Así, con clara huella martiana, nos confiesa que la emoción debe tamizarse para ser llevada al texto, y se escribe el poema sobre el poema, sobre el desgarramiento o el éxtasis que lo produce. Idea que no está reñida con la de la fugacidad como una forma de la teluricidad de la vida y de lo material tornando espíritu:
El absurdo más que el vacío
es el sentido básico de nuestras vidas;
es justamente lo que existe en el lugar
en que debió germinar una flor.[8]
Nos hace contemplar cierta conciencia de la incapacidad parcial del lenguaje para reflejar o traducir el sentimiento humano en creaciones tejidas desde una ansiedad, desde un desasosiego convertido en forcejeo entre la posteridad y el fin. Prisa por trascender «la humana vestidura» y llegar a una permanencia, pero por lo terrenal y lo telúrico. Esa premonición de la muerte ya acompañaba sus anteriores cuadernos. Ella avanza en metáforas, símiles o giros inesperados, indicando el camino. Aquí se siente como la conciencia de la huida, la marcha fugitiva a una incógnita velocidad, pero ya sin regreso, de alguien a quien siguen atormentando las esencias, y que ve la creación como forma de salvación y como huella que siempre se persigue. La potencialidad del recuerdo en su obra se expresa en la «capacidad de relacionar fragmentos lejanos de la experiencia […] acepta la fragmentariedad del lenguaje y de la existencia, y al tiempo que subvierte, construye con sus retazos un poderoso palimpsesto sobre la supervivencia en la vida y en el arte».[9] Entonces, ¿piensa en la trascendencia o en la fe? ¿O en ambas? Incurre en una personificación de la memoria[10] para saber morir.
[1] Alberto Acosta–Pérez: Experiencias de amor correspondido, Ediciones Unión, Colección Contemporáneos, La Habana, 2011. [2] Passolini fumabas y exhalabas el humo con habilidad incluso escupiste entre los dientes bajo la gorra los labios recogidos en un gesto de descarada lascivia tenías olor a charco a hierba a cuerpo manoseado a tócame – pero – no – me – beses – en – la – boca exactamente como un hombre —un hombre poco conocido— y tanto que ya no quise estar allí pero al fin abriste tu bragueta precisamente cuando no me esperaba torpe y brusco como un verdadero adolescente. (p. 81). Véanse también los poemas «Cita», «Apunte» y «Big Bang». [3] Nikolai Guimiliov: «La vida del verso», en Poesía y Poética, Otoño, 1993, n. 14, Revista de la Universidad Iberoamericana, México, D.F, pp. 8-9. [4] Udo Kawasser: Prólogo a El cerebro que canta. Siete poetas contemporáneos en lengua alemana. Antología, Torre de Letras, La Habana, 2008, p. 12. [5] Alberto Acosta- Pérez: Calas, Editorial Letras Cubanas, La Habana, 2013. [6] Ob. cit, p. 80. [7] Peter Stiff: Entrevista a John Ashbery en Confesiones de Escritores, Poetas. Los reportajes de The Paris Review, El Ateneo, Buenos Aires, 1997, p. 25. [8] «Lección de filosofía», ob. cit, p. 31. [9] Olivia de Miguel: Prólogo a Pangolines, unicornios y otros poemas, de Marianne Moore, Barcelona, 2005, p. 16. [10] La palabra «memoria» se repite catorce veces en el poemario, lo que remata en el verso «Todo será recordado», ob. cit, p. 26.
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