
En sucesivos momentos, la existencia de un canon literario conformado por una literatura femenina, se ha puesto en duda. La diferencia entre un discurso literario masculino y femenino se concibe debido a que las experiencias de ambos son diferentes; su manera de desenvolverse en la sociedad es disímil y está mediada por patrones culturales. Esta confirmación es la que lleva a considerar la existencia de una literatura particular que está escrita por mujeres y que por muchos estudiosos se ha denominado: literatura femenina o literatura escrita por mujer.
Desde finales del siglo XX, el discurso literario femenino adquirió fuerza, en la misma medida que el feminismo como movimiento social y político fue corporizando la voz de la mujer, para revalidar una toma de conciencia de la opresión, dominación y explotación a la que ha sido y es objeto, la mujer, por parte del colectivo de los varones.
La literatura femenina, entendida como aquel discurso literario producido por mujeres, constituye un campo de estudio que ha ganado relevancia en las últimas décadas, especialmente en el ámbito de las ciencias sociales. Este concepto no solo se limita a la autoría femenina, sino que también comprende las experiencias, perspectivas y sensibilidades que las escritoras plasman en sus obras, las cuales han sido históricamente marginadas o silenciadas en los cánones literarios tradicionalistas, impregnados de un enfoque patriarcal.
Desde una perspectiva histórica, la literatura femenina ha enfrentado múltiples desafíos, incluyendo la exclusión de las mujeres de los espacios de producción y difusión literaria. Muchas escritoras, en los pasados siglos, tuvieron que sortear barreras sociales y culturales para que sus voces fueran escuchadas. Estas autoras no solo contribuyeron al enriquecimiento del panorama literario, sino que también cuestionaron los discursos patriarcales de su tiempo.
En términos teóricos, la literatura femenina ha sido objeto de análisis de diversos investigadores. Una parte de la crítica advierte que existen pequeñas diferencias entre la forma y contenido de las obras escritas por hombres y mujeres. La literatura femenina, como categoría, existe a través de la historia, la cultura, las sociedades y las mujeres de una época determinada, quienes bajo influencias similares escriben y conforman un conjunto importante de escritoras, cuyas habilidades en ocasiones fueron subestimadas.
Concebir que existe la literatura femenina es validar su existencia y que ello conduzca a la ruptura de los esquemas establecidos en el concierto literario tradicional. Para ello, hay que reconocer las contribuciones de las escritoras, no solo como ejemplo de equidad, sino como forma de enriquecer la literatura, desde perspectivas incluyentes, flexibles, diversas y únicas. Temas como la maternidad, la sexualidad, las experiencias femeninas, son ejemplos de esa ampliación del corpus literario.
Por otro lado, el reconocimiento de la literatura femenina debido a factores histórico-sociales que la tenían silenciada, ha llevado a que muchos la caractericen de vanguardista por cuestionar las estructuras y concepciones de ese «discurso masculino tradicional». Por consiguiente, se entiende que la literatura femenina no está alejada de corrientes feministas en pos de la igualdad de género y la superación femenina, pero en el ámbito de las letras, para Ramírez Medina, la literatura femenina es aquella «escrita por mujeres, y que cuyas historias giren en torno a su experiencia, cómo se sienten, cómo interiorizan y cómo comprenden el mundo, dentro de una sociedad patriarcal» (Ramírez, 2017, p.41).
Ramírez (2017) concibe la literatura femenina como aquella que está escrita o producida por mujeres y denota este discurso como un producto legítimo femenino, que viene con ciertas marcas estilísticas y subjetivas únicas que permiten la diferencia, lo que posibilita reconocer patrones psicológicos y sociológicos expresados en el texto para su distinción. Además, su perspectiva de literatura femenina se centra en las vivencias y el sentir de las mujeres, para la expresión intimista de un imaginario particular dentro de un imaginario social patriarcal, que poco a poco se desvanece.
Resulta necesario demarcar que literatura femenina no es el equivalente de la literatura feminista, pues la primera es la representación de un mundo desde la perspectiva del género femenino, tal y como sus protagonistas sienten y se desenvuelven en sus vidas cotidianas, sin que necesariamente se repitan las mismas temáticas abordadas en las diferentes obras, mientras que la segunda es una propuesta ideológica y de lucha explícita, una manifestación de la inconformidad ante las desigualdades de derechos y oportunidades de las mujeres en un mundo machista y patriarcal.
La literatura femenina es solo aquella escrita por mujeres. Las obras escritas por hombres y cuyas protagonistas u objetos líricos son sujetos femeninos, no entran en esta categoría, a pesar de que sus personajes son tratados desde una fina psicología, pues siguen siendo personajes escritos desde una dimensión masculina. Esta literatura, cuando expone la perspectiva de la mujer: es diversa en temáticas, técnicas y propuestas estéticas.
A lo largo de las investigaciones se han homologado los términos de literatura femenina y narrativa femenina. Lo cierto es que existe una distinción importante, donde narrativa femenina forma parte de la literatura femenina. Esta última incluye a la otra, atendiendo a su concepción genérica.
Sin dejar de considerar la relación de pertenencia que guarda la narrativa femenina con la literatura de igual denominación, se puede determinar por narrativa femenina: como la narración objetiva o subjetiva construida desde el imaginario femenino o la óptica de la mujer, que se vale de la enunciación de acontecimientos que enfatizan lo emocional y psicológico para comprender el sentir femenino.
Lo que configura un relato es su punto de vista y, en este sentido, la narrativa de mujeres, más que consistir en una historia en la que los personajes son femeninos, «es un discurso construido desde una óptica de mujer, un modo especial de mirar los hechos, no siempre perceptible con facilidad, pero condicionado sin duda por factores sociales y culturales» (Hermosilla, 2013, p. 257).
La literatura femenina se ha visto adaptada a las concepciones no solo epocales, sino culturales y regionales. En ese sentido, la expresión femenina ha estado mediada por el sentir particular de las mujeres; quienes escriben a partir de una perspectiva regional y étnica. En los estudios acerca de la literatura femenina, su expresión en el contexto latinoamericano ha tenido siempre una distinción diferente a partir de circunstancias históricas y culturales que el continente ha presentado.
En América Latina, el estudio de la literatura femenina se ha evidenciado a partir del reconocimiento de la existencia de un canon literario femenino, en la celebración del Simposio Internacional de Escritura Femenina en América Latina, que celebró en el año 2006 su tercera edición. Como resultado de ello, se publicó Mujeres que escriben en América Latina, desde el cual se reconoce la escritura de la mujer como distinta a la del hombre, pero particularmente se clasifica por medio de épocas, culturas y temáticas. Lo que llevaría a contemplar la existencia de una literatura femenina latinoamericana.
Por otro lado, al dirigir la mirada a la narrativa femenina según diferentes contextos socioculturales, se debe considerar que, sus concepciones y expresiones varían a partir de la época, la cultura y la proyección individual de la autora. Así, en el contexto latinoamericano la narrativa femenina cobró auge a partir del llamado «Boom femenino», término acuñado por Gonzalo Contreras (1994) para referirse a una narrativa femenina que busca la interpretación a la sensibilidad, generando, en su escritura, categorías como la intuición, la sensorialidad, la espontaneidad, la ligereza, el conocimiento de la propia emocionalidad, la ensoñación, categorizando a la sensibilidad aplicada a todo aspecto de la vida humana.
En la narrativa latinoamericana que se suscita entre 1980 y 1990, surge la cuarta promoción de narradores conocida como: Posboom. La narrativa del Posboom latinoamericano, al ser considerada literatura posmoderna, presentará cánones estéticos particulares, entre los que destaca haber ofrecido un reconocidísimo espacio a la mujer, precisamente por encontrarse, en el ámbito literario, silenciada a lo largo de casi todo el siglo XIX. Por consiguiente, en el posboom latinoamericano se produjo un auge de una poderosa narrativa escrita por mujeres, quienes abordaron temas y concepciones que se habían mantenido silenciadas o soslayadas en la literatura, rescatando el sentimiento y la estética de autoras que durante el siglo XX alzaron su voz a partir de la lírica posmodernista.
En la narrativa del posboom, según expresa Tornés (2016), las mujeres de esta tendencia son únicas por la calidad estética y la significación ideológica de sus obras. Explica además:
«…las novelas y los cuentos del posboom favorecen una mirada crítica al colocar a la mujer a una altura intelectual, ideológica y participativa similar a la del sexo contrario… la mujer consigue, sin apartarse del hombre, transformar el discurso machista, tomar las iniciativas en la historia y sentar las bases de una nueva conciencia social» (Tornés, 2016, p.48).
Atendiendo a lo anterior, lo relevante del Posboom latinoamericano estriba entonces en ser una literatura renovadora, portadora de una ideología progresista y «en defender sin consignas demagógicas ni estereotipos de antemano, los derechos de la mujer…» (Tornés, 2016, p.48).
Es con la narrativa femenina latinoamericana que se puede hablar de vindicación de la mujer en la creación de espacios propios; y que realmente esta asume un protagonismo artístico de trascendencia universal. En este sentido, esta narrativa femenina es una expresión estética de la narrativa del posboom, que sirve como piedra angular para demostrar el discurso progresista e igualitario que esta literatura expone en función de la mujer.
La narrativa del posboom latinoamericano alzó la voz de grandes mujeres que utilizaron sus creaciones literarias para afianzar su discurso femenino, exponiendo el sentir que tenían como mujer. Una de las pioneras fue Isabel Allende, quien nació el 2 de agosto de 1942, reconocida como una de las voces más influyentes de la literatura latinoamericana contemporánea. Esta autora ha consolidado su obra a través de una narrativa que entrelaza lo histórico con lo íntimo, lo político con lo afectivo. Hizo su exitosa aparición en el concierto literario con su obra La casa de los espíritus (1982). Desde esta novela hasta sus producciones más recientes, su narrativa se ha caracterizado por explorar las complejidades identitarias de América Latina, desde la mirada histórica, en la que ha dejado una profunda crítica al golpe de estado sufrido por Chile en 1973; así como por cuestionar estructuras de poder y visibilizar experiencias marginadas. Y en ello radica precisamente uno de sus méritos dentro de la narrativa femenina, pues ha coloreado la voz narrativa latinoamericana visibilizando la posición de la mujer dentro de procesos históricos, a partir de protagonistas mujeres inmersas en acontecimientos como la conquista de la región Arauca, la esclavitud en Las Antillas, la migración, la lucha contra las dictaduras, etc.

La narrativa femenina con Isabel Allende ha encontrado fuente enriquecedora para el realismo mágico, el cual ha servido de vehículo también para expresar una óptica femenina muy peculiar. El realismo mágico para la autora ha sido más que una técnica o estilo, es una confesión sentimental en la que ha dado rienda suelta a sus vivencias familiares; no lo ha visto como estilo literario sino como medio propicio para su sentir femenino y su expresión personal y creativa.
«No heredé los poderes psíquicos de mi abuela, pero ella me abrió la mente a los misterios del mundo. Acepto que cualquier cosa es posible…Me introdujo en el realismo mágico mucho antes que el llamado boom de la literatura latinoamericana lo pusiera de moda. Esto me ha servido en mi trabajo, porque enfrento cada libro con el mismo criterio con que ella conducía sus sesiones: llamando a los espíritus con delicadeza» (Allende, 2003, p.88).
Su escritura, además, se inscribe en un diálogo con la tradición literaria femenina, lo cual permite analizarla bajo el marco teórico propuesto por María Hermosilla (2013) quien afirmaba que la narrativa de mujeres se construye desde una óptica condicionada por factores socioculturales. Isabel Allende siempre ha luchado por revindicar el papel de la mujer y ha declarado que su obra es su principal arma para ello. Basta solo mirar que la mayoría de sus novelas las protagonizan mujeres, construidas para enfrentar aquellos factores socioculturales que siempre las han marginado. Así, también el posboom ha encontrado fuente de riqueza literaria, pues con su obra se amplió el discurso literario de la época.
Uno de los rasgos distintivos de la narrativa de Allende es su enfoque en personajes femeninos que encarnan resistencias y contradicciones propias de su contexto. Isabel Allende transforma a las mujeres que permanecieron excluidas del gran acontecer histórico, de la vida cotidiana, social, cultural y política de su propio país, en las grandes protagonistas de su obra literaria. En este sentido, muestra, por ejemplo, heroínas particulares, que en el caso de Inés del alma mía (2006), al estar vinculada a lo histórico, la va a despojar de todo ese velo eufemístico de la historia, sin edulcorar la realidad, con el fin de presentar mujeres de la historia, pero mujeres en sí mismas: que sienten y viven como tal; mujeres que han sido silenciadas por los discursos historiográficos marcados por el patriarcado.
Leer obras de la escritora chilena es como escuchar una composición musical polifónica. Voces que han permanecido ignoradas por los compositores de la historia latinoamericana salen del silencio para contar en voz alta lo que la historiografía y la cultura oficial no les han permitido expresar. Son voces del silencio, voces de las víctimas del rígido sistema patriarcal, postergadas y excluidas. Por ello, ama las voces femeninas, para contar la historia, enfrentándose a la pretérita idea de que las mujeres solo podían desahogarse en el ámbito cerrado del hogar doméstico.
Como señala Hermosilla, la perspectiva de la autora no solo retrata a las mujeres, sino que construye un discurso desde su subjetividad, evidenciando cómo los roles de género y las expectativas sociales las moldean. En novelas como Eva Luna (1987) o Hija de la fortuna (1999), las protagonistas transgreden normas patriarcales mediante actos de autonomía, ya sea a través de la escritura, el viaje o la reivindicación del cuerpo.
Además, Allende emplea una estructura narrativa que privilegia la memoria y lo afectivo como ejes de reconstrucción histórica. A diferencia de las narrativas canónicas latinoamericanas, centradas en lo épico o lo fundacional, su obra recurre a voces íntimas, diarios y cartas para articular relatos colectivos. Este enfoque, permite una reescritura de la historia o la realidad desde lo personal y lo íntimo. Por ejemplo, en La casa de los espíritus, la saga familiar de los Trueba funciona como metáfora de los conflictos sociales de Chile, pero es a través de las mujeres: Clara, Blanca y Alba, que se develan las tensiones entre dictadura, silencio y resistencia.
Por otra parte, las protagonistas de las obras de Isabel Allende son, generalmente, mujeres que guardan mucha relación en sus características, todas pasan por infinidad de problemas, sin embargo, todas demuestran el carácter que las distingue y logran vencer los obstáculos que se le presentan. En nada difieren Clara, Inés y Eva Luna; cuando de direccionar el rumbo de sus vidas se trata, cuando deben sobreponerse al contexto en que viven para trazar un camino. Clara, sin proponérselo rompe las normas de un patriarcado clasista en el que se insertará aportando su concepción mágica de la vida, pues con su fortaleza representará el eje espiritual y emocional de toda una familia, a la par que escribe en sus diarios la historia, convirtiéndose en autora. Inés Suárez asume un papel central, destacándose como una mujer valiente que enfrenta adversidades durante la conquista de Chile, un contexto histórico como las guerras en el que las mujeres han sido silenciadas. Eva Luna, no solo narrará su vida, sino que ese don le ofrecerá los caminos para marcar el acontecer de quienes le rodean y para dirigir su vida y la de otros.
No obstante, la obra de Allende también ha sido objeto de críticas por su aparente ambivalencia entre lo literario y lo comercial. Algunos académicos señalan que su estilo accesible y la recurrencia a estereotipos culturales, como la figura de la mujer fuerte, el típico romance, los jóvenes amantes, lo erótico, etc., podrían diluir sus códigos estéticos. Sin embargo, esta aparente contradicción podría interpretarse como una estrategia para insertar discursos feministas en un mercado editorial tradicionalmente masculino, tal como sugiere Hermosilla (2013) al analizar cómo las escritoras negocian su lugar en el campo literario.
Los rasgos característicos de la narrativa de Isabel Allende son, en cuanto a la concepción de sus personajes femeninos y sus conflictos: la preponderancia de personajes protagónicos femeninos convertidos en heroínas a partir de la representación de una colectividad femenina y de una búsqueda y obtención de un propósito. Allende transforma en protagonista o en personajes con roles activos a mujeres que han sido excluidas del acontecer histórico, la vida cultural, la política y la sociedad. Así, la mujer sale de la condición apartada y subordinada porque libera su voz a partir de la presencia o exposición de su mundo interior.
Por consiguiente, sus personajes femeninos provocan cambios decisivos en los hombres y en el curso de la historia; y en muchas ocasiones estos cambios no significan rechazo, sino transformación y convencimiento de un enfoque igualitario.
Su narrativa se caracteriza además, desde el punto de vista estilístico por la presencia del intimismo, la sensualidad y el erotismo femenino. Su estructura narrativa privilegia la reconstrucción de la memoria: retrospectivas, cartas, diarios, memorias; lo que acentúa el carácter intimista y reafirma el sentir femenino de sus textos. Así, hay una preponderancia de narradoras en primera persona, lo que trae a la reflexión el intimismo femenino, el carácter vivencial y lo autobiográfico o anecdótico en muchas de sus obras.
La búsqueda del exotismo histórico y geográfico, pero con énfasis en Chile, es también uno de sus rasgos fundamentales. Allende ama evadirse a otras culturas a través de relatos, personajes, conflictos; pero siempre vuelve a Chile o simplemente parte de él o se centra en este. Nada entusiasma más a la autora que Chile.
La casa de los espíritus encaja dentro del canon de narrativa femenina, ya que cumple con el requisito de ser escrito por una mujer, Isabel Allende. Por otra parte, y como segunda característica fundamental las protagonistas de su historia son tres mujeres, contando con Clara como la matriarca de la familia Trueba-del Valle, personaje protagónico durante casi toda la novela, que luego será suplantada por Blanca o Alba. Este protagonismo será compartido con Esteba, personaje masculino, símbolo del pensamiento machista y patriarcal, que finalmente acabará cediendo al poder femenino.
Resulta meritorio destacar que esta novela reafirma una proyección femenina desde la concepción de la historia a partir de una saga familiar de mujeres que guardan relación: madres, hijas, abuelas, nietas. En este caso: Clara, Blanca y Alba guardan no solo una relación en la diégesis por su protagonismo, sino que se vinculan familiarmente. La línea sucesiva de mujeres en la familia presenta un valor simbólico relacionado con la claridad, la luz y la transparencia, reafirmando su interdependencia.
Se observa además otra característica en esta novela como: el humor y la presencia de tópicos relacionados con la mujer y su contexto, a partir de la presentación de temas como la denuncia a la opresión patriarcal desde la relación entre Trueba y Clara, siendo el uno representación del machismo y la otra del feminismo.
Dentro de las características de la narrativa femenina se encuentra que las heroínas que protagonizaban las obras provocaban cambios decisivos en los hombres y en la diégesis. Así, en La casa de los espíritus Clara determina cuándo romper el silencio, cómo y cuándo será su matrimonio con Esteban Trueba, Blanca rompe las barreras clasistas y políticas impuesta por su padre en el núcleo familiar, al amar a Pedro Tercero García, Alba se une a la izquierda contra el fascismo a sabiendas de que su abuelo había apoyado el golpe militar y quien libra de la muerte a Alba no es su abuelo Esteban, sino una prostituta: Transito Soto.
En esta misma novela, se cumple esa transformación que hace la narrativa femenina de darle perspectivas diferentes a elementos que antes fueran soslayados con el fin de consolidar una imagen de la mujer. Así, se percibe la erotización del cuerpo femenino durante el acto sexual, se narra cómo Alba debe abandonar una protesta porque tenía la menstruación y esto advierte la presentación de procesos femeninos íntimos y sensibles; se expresa también cómo siente y vive la mujer el sexo. Por otro lado, el tema del feminismo no queda abandonado, pues se observa en la novela desde dos posturas: la progresista que busca a toda ultranza la igualdad, evidenciado a partir de Clara quien siguiendo los pasos de su madre instruye a las mujeres de la hacienda con ideas feministas; y la evasiva donde Férula le dice a su hermano Esteban que le hubiera gustado ser hombre para hacer lo que la sociedad le tenía negado por ser mujer.
La narrativa de Isabel Allende se configura como un discurso que, desde la perspectiva femenina, interroga las estructuras de poder y reivindica la agencia de las mujeres en contextos sociopolíticos adversos. Su obra, al entrelazar lo individual con lo colectivo y lo mágico con lo histórico, no solo refleja los condicionamientos culturales, sino que también los transforma en un acto de resistencia literaria. Así, Allende contribuye a ampliar los límites de la narrativa latinoamericana, demostrando que la mirada de las mujeres es, tanto un producto de su tiempo como una herramienta para reinventarlo.
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Referencias
Allende, I. (2003). Mi país inventado. Barcelona: Penguin Random House.
Hermosilla, María A. (2013). Narrativa de mujeres y punto de vista: la novela española reciente. España: Universidad de Córdoba.
Ramírez, Ana B. (2017). Literatura femenina y feminista: abordando una problemática de identidad de género en la realidad social chilena. Chile: Universidad del Bío-Bío
Tornés, E. (2016). Hispanoamérica y la narrativa del Posboom. Villa Clara: Ed. Sed de belleza.
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