
¿Hay que entender verdaderamente cuando de poesía se trata? Por mi parte siempre he intentado distinguir entre un tipo de obra sensitiva y otra de carácter intelectiva. Para el investigador Ben Haeller hay algo en cierta zona de la poesía de José Lezama Lima que nos puede hacer creer que sí, que sí se entiende cuando realmente… Lo cual podría indicar que en una misma obra, o en un mismo poema (texto se dice por estos tiempos) puede encontrarse la conjunción de lo uno con lo otro. Momentos sensitivos e intelectivos a un mismo tiempo. Dánae teje el tiempo dorado por el Nilo, ¿verbigracia?
Que yo recuerde, he aquí al propio José: «Hay la poesía oscura y la poesía clara. Esto es un hecho que tenemos que aceptar con sencillez, como aceptamos la existencia del día y de la noche». Y que «siempre se consideró el hermetismo, fue lo que dijo en un lugar otro, como un acompañante de la poesía». Algo sabemos, y es que no todo lo figurativo es malo, ni todo aquello que provenga del abstraccionismo es bueno.
Y me pregunto: ¿Dónde podríamos encontrar la claridad en un poema como de «The Waste Land» si no a fuerza de mucho estudio? La historia reconoce la capacidad de algunos poetas para llenar estadios. ¿Podría leerse el ya citado poema de Eliot con todo su aparato de notas incluida en un estadio? Sin embargo, algo de la obra de T. S. Eliot hizo que Borges creyera encontrar en ella nada menos que «una sabia oscuridad». Término este que tampoco yo vacilaría en aplicar, siempre que me fuera posible, a uno de los de hoy: John Ashbery (Rochester, Nueva York 1927-2017) de quien mucho antes que nosotros ya se había ocupado un diario de Virginia.
Según el propio poeta he aquí la nota: «John Ashbery está surgiendo como un poeta muy importante; si bien no a partir de un consenso crítico unánime, al menos, con certeza, por la admiración y reverencia que inspira en los poetas más jóvenes. Lo raro es que nadie entiende a Ashbery».
Lo raro es que nadie entiende al común de los poetas que tienen algo que decir no muy directamente que digamos. ¿Silvina Ocampo sobre Edmund Spenser?: «Los versos de Spenser fueron sin lugar a dudas fuente de inspiración. Sus poemas deleitan más a los poetas que a los lectores comunes; por eso Charles Lamb lo llama “el poeta de los poetas”».
¿Era complejo un poeta como Juan Ramón Jiménez? Resabios y carácter a un lado, es posible que ya albergara sus sospechas. «A la inmensa minoría» fue la dedicatoria por él esgrimida a cierta recopilación de su propia obra.
¿Y Harold Bloom?: «El público de la poesía lírica de alto nivel es, por fuerza, reducido. Esto llena de pesar a nuestros mejores poetas, pero pueden consolarse pensando que entre sus precursores afectados por el mismo problema figuran William Blake y Walt Whitman, así como Emily Dickinson y Gerard Marley Hopkins.
Whitman costeó la edición de sus libros, al igual que Blake mientras las obras de Dickinson y Manley fueron publicadas póstumamente. Elizabeth Bishop encontró un público fiel, pero reducido, y en la misma situación se hallan unos cuantos de nuestros mejores contemporáneos».
¿Y más adelante?: «Tennyson, Browning, y Robert Frost han sido muy leídos, aunque quizás no lo necesitaban».
Pero de vuelta a Ashbery es paradójico que él mismo ya se viera obligado a tener que aceptar: «A menudo me pregunto si no estoy sufriendo alguna disfunción mental, considerando lo rara y desconcertante que mi poesía parece ser para mucha gente, y a menudo también para mí». De su amplia y bien dotada bibliografía destaquemos tan solo Autorretrato en espejo convexo (1975) y Galeones de Abril (1984), ambos de poesía. Novela en colaboración: Un nido de bobos y también teatro.
Baste saber que hay quienes lo consideran uno de los poetas más importantes de la llamada escuela de Nueva York conjuntamente con Frank O’Hara. Un Nobel sin Nobel. Lo que en palabras de García Márquez vendría a ser incluido dentro de la lista de lo que él (García Márquez) llamaría Los grandes que nunca fueron. O si se quiere: que nunca lo obtuvieron.
Ahora bien, ayudando a ensanchar el universo del travieso Harold… y sus lectores, claro, que en ocasiones, no tienen por qué serlo menos apuntemos: Pablo Neruda, de quien se ha dicho (o llegó a decirlo él mismo) vagaba con una carretilla voceando la venta de sus desesperados Veinte poemas de amor… César Vallejo, Eliseo Diego, Haroldo de Campos o José Lezama Lima, también se vieron en algún que otro momento obligados a costear la publicación de sus obras. ¡Dónde sino!
Y jugaban unos a las cartas y otros jugaban dados
Y ahí lo tienes. No puedo excederme al elogiar tu respuesta, aunque la puedo cronometrar por su brillo estrangulado como un ruido nocturno que no tuviera explicación. Y veo desde más distancia la situación tuya y mía por el halo pálido que proyecta con insistencia. Estoy aquí. Tú no existes, no hay tal persona. Y sin embargo tienes gracia, haces tonterías, y hay en tu voz meandros abruptos y cámaras tan desenfadadas que no puedo ni pensar en seguirte escuchando. Con tu sordera entiendes demasiado y en absoluto quieres este saber aunque le parezca a la gente de este mundo un circo del cielo y el tiempo que de él depende sea tema de conversación para varios días.
*Traducción: Esteban Pujals
Le dije a ella que empezara de una vez
Reinaba ante el surtidor la indignación ante los precios. Para los residentes la vida era distinta. Me daban dolor de cabeza aquellos bulevares. La lejana ensenada se hiela por completo cuando tiene que hacerlo. Como un tentáculo la nutrición fallida se retrae, vidas de tres al cuarto que también a este placer se relegan… pude verme a mí mismo como una porción de maldad que se perdía en el polen de la arboleda. El derecho a guardar silencio de aquellos ciudadanos cortando cosas en pedazos, trayendo pruebas, cambiando todo.
Hablabas como un niño
Estábamos sentados juntos en el pasillo largo. Había algo que yo quería preguntarte, una nueva actitud tras la que andaba. Ni afectada ni informal. Fuera, bajo un cielo despreocupado, las hojas eran correctísimas. Son nuestros propios esqueletos. Y era flojo el informe de las tautologías. Carecen de camas desnudas. Aquí los niños son iguales que conejos acorralados, y en lo que ocurra luego no piensan demasiado. Reúne un príncipe ahogado al septeto, las celestas se extinguen y brillan en la lejanía, lo que se suponía que iba a ser la lejanía. Hablabas desde el margen.
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