
Del valor de las antologías pueden dar fe en ocasiones, el criterio del (o los) antologadores, según sus particulares puntos de vista, pero eso ya es un asunto harto conocido. A través de los tiempos estas no han dejado de estar atravesadas, dominadas, por un sinnúmero de objeciones y polémicas, obvio, cuando son de interés y, esto, en ocasiones. De que pueden ser y tener un grado alto de subjetividad, dado el concepto, el cotilleo, el capricho que las mueven, no deja de ser también un asunto harto conocido. Por lo cual es, fue y será… seguirá siendo un hecho.
Entre algunas que lo fueron en Hispanoamérica, y a tener en cuenta, podría contabilizarse la protagonizada por Gerardo Diego, Antología poética de la generación del 27 (1934). La de Jorge Cuesta, Antología de la poesía mexicana moderna (1928), de la que se dice estuvo compulsada desde atrás por la figura de Alfonso Reyes; Poesía en movimiento con selección y notas de Octavio Paz, Alí Chumacero, José Emilio Pacheco, Homero Aridjis con prólogo de Octavio Paz mismo (1966); Medusario, muestra de poesía latinoamericana, compuesta y anotada por Roberto Echavarren, José Kozer y Jacobo Sefamí (1996).
Otras hay, otras han habido y, eso, en el plano continental que no han pasado desapercibidas; que no han dejado indiferentes. Acá Diez poetas de Orígenes 1937-1947 por Cintio Vitier; la de Juan Ramón Jiménez a su paso por Cuba, La poesía cubana en 1936 que pudo concretar con la ayuda de Camila Henríquez Ureña. Ninguna otra llegaría a causar tanto revuelo en nuestro tiempo y en nuestro medio como la concebida por Luis Suardíaz y David Chericián, La generación de los años 50 (antología poética) hacia el año 1984. Hubo poetas, incluso, que dijeron haberse enterado que pertenecían a esa generación cuando se vieron incluidos en esa antología. Pero así mismo en el ámbito nacional, no hubo que esperar mucho, luego de esta última, para que la ciudad letrada cobrara un nuevo matiz de incendio a la hora de ver publicado cinco años después, Retrato de grupo con prólogo de Antonio José Ponte y Víctor Fowler.
Volviendo a Medusario (cuenta ya con no menos de tres ediciones en el continente) fue de ese tipo de obra que por su carácter trasgresor nos hace precisar qué es y qué ha sido el neobarroco en nuestras tierras de américa. Obvio que hubo reacciones.
Una vez se me dijo de la necesidad de desconfiar de las mismas, se me dijo, en cierta ocasión, que lo mejor que se podría hacer en honor al carácter irascible de Juan Ramón Jiménez era tildarlas de antoJolía.
Pero al poeta que presentamos hoy, José Luis Rico, debo decir que he llegado a él de una manera fragmentada, dada la imposibilidad de poder contar con sus libros. Y que he llegado gracias a una de esas maravillas de la editorial mexicana Bonobos que me lo ha presentado: Ciudad negra, antología de poetas de Ciudad Juárez 1980-2013 con selección y prólogo de Jorge Humberto Chávez y publicada hacia el 2018.
Y Rico es traductor y poeta. Sabemos que radica en Finlandia; que nació en Ciudad Juárez hacia 1987; que algunos de sus libros publicados son: Duna, de 2013, y en 2015, Y el aire es esta piedra en la que voy. Enhorabuena.
Mercado Juárez
Sentados en las mesas de aluminio, al aire libre, mi amigo dice que incendiará la casa de un imbécil que lo tundió y casi lo mata. Acepta estar borracho y que la paliza fue su culpa y de esto hace 15 años. Habla como quien golpea un saco de boxear por primera vez, como quien ha vivido siempre en una misma casa. Los músicos se asolean en un pretil. Las parvadas se disuelven en el enigma de la tarde. Yo le digo que conozco a alguien que por 100 pesos incendiaría esa casa pero él, que adivina la historia de las mujeres por su mirada y por la forma de su andar él, que, en una discusión, volcó su botella sobre mí y pidiéndome disculpas, se vertió otra en el regazo, dice que no, que el incendio va a ocurrir y, para demostrarme cuánto puede, se acaba de un trago mi cerveza.
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