
En la década del 20 del pasado siglo, salieron, en sucesión, 18 elegantes tomos encuadernados de una antología que se tituló Evolución de la cultura cubana. 1608–1927 (La Habana, Imp. El Siglo XX y Montalvo y Cárdenas, 1928), cuya selección y anotaciones corrieron a cargo de José Manuel Carbonell.
Ha pasado el tiempo y poco se le cita, pero mucho se le emplea, porque dicha antología tiene una de las virtudes que necesitan los buenos libros: la de ser útil, la de contener una información valiosa y la de ahorrarnos un precioso tiempo de búsqueda.
Algunos ven estos tomos con ojos hipercríticos, como jueces implacables. Es cierto que el criterio de Carbonell no fue muy selectivo, que predominó el afán de ser abarcador, que abundan los adjetivos sobre autores no muy destacados, que la pluma corrió sin freno por sus páginas… Pero esta antología sigue siendo una obra de consulta que no permanece indiferente a los ojos de quien indaga. Téngase en cuenta que los tomos se dedicaron a «casi todo»: poesía, oratoria, narrativa, historia, literatura mambisa, crítica…
Carbonell perteneció a una familia de intelectuales. Sus hermanos fueron Miguel Ángel (1894-1967) y Néstor (1883-1966); el padre, Néstor Leonelo Carbonell y Figueroa (1846-1923), todos con una obra en que la historia, la crítica y la oratoria ocupan un lugar prominente.
José Manuel Carbonell nació en Alquízar, el 3 de julio de 1880 y aún muy pequeño se le trasladó a Tampa, en Estados Unidos. Casi en la adolescencia, con solo 16 años, fundó en ese país el periódico El Expedicionario. Como soldado de filas, combatió en el campo insurrecto y alcanzó el grado de teniente del Ejército Mambí.
Se graduó de Doctor en Derecho Público en la Universidad de La Habana y figuró en 1910 entre los fundadores y presidente de la Academia Nacional de Artes y Letras, además de dirigir sus Anales.
Se trató de un intelectual de vida pública activa, involucrado en diversos proyectos culturales, de ahí que figurara, además, como miembro de la Academia Cubana de la Lengua, de la Academia de la Historia de Cuba, del Ateneo de La Habana y de algunas otras academias del contexto latinoamericano.
Viajó por Europa, prestó servicios diplomáticos como embajador en México y también en el Ministerio de Estado durante la década del 50.
Con su firma, o mediante seudónimos (Tampa, Cacarajícara, Gerardo de Lavernier y René de Roban), colaboró en El Fígaro, Heraldo de Cuba, La Nación, La Lucha, La Discusión, Letras…
Como poeta está incluido en el volumen Arpas cubanas. De su poema «Trova errante», de 1902, es el siguiente fragmento:
Una noche moribunda, de perfumes, alegría y fru-fru de tenues alas,
una noche oscura y triste como un bosque amarillento
despojado de sus galas,
un mancebo enamorado contemplaba pensativo
una sombra misteriosa,
una sombra misteriosa,
una sombra misteriosa…
Escribió tres libros de poemas: Mi libro de amor, Patria y Penachos; también numerosos folletos de conferencias, discursos, estudios literarios y el volumen Los poetas de «El laúd del desterrado», de 1930.
Carbonell murió en La Habana el 20 de marzo de 1968.
Sinceramente, seamos cuando menos agradecidos y recordémoslo más, que lo merece.
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