
Se conmemoran ahora 190 años del natalicio de Samuel Langhorne Clemens, mucho más conocido por su seudónimo Mark Twain. Es él un autor de vastísima difusión entre los públicos de cualquier edad, aunque tal vez su mayor huella perdure en las lecturas de los adolescentes.
Nacido en un pueblo de Misuri el 30 de noviembre de 1835, su niñez transcurre junto a las márgenes del río Misisipi, que deviene una presencia frecuente en su narrativa.
Traducido al español, el seudónimo Mark Twain significa “marca dos”, expresión con que los tripulantes negros de la embarcación señalaban el calado mínimo de dos brazas de profundidad (3,6 metros) que garantizaba la seguridad de la navegación por el río.
El chico tuvo una formación educacional muy incompleta por lo que las lecturas de los relatos de aventuras fueron su fuente de nutrición cultural y además, el sustento para el desarrollo de su curiosidad, sensibilidad e imaginación.
En la modesta imprenta de un tío suyo publica los primeros textos, pero no se detiene, echa a andar y llega hasta Nueva York, solo que para arribar a la gran urbe pasa por disímiles oficios: piloto fluvial por el Misisipi, minero, buscador de oro, repórter viajero, corresponsal… Viaja por Europa y Palestina. A Mark Twain le sobra talento, ama la aventura y escribe de una manera original, atractiva, dígase que intuitiva, con gracia y humor que le ganan renombre.
Es él, y seguramente como el lector más lo reconoce, el creador de dos personajes antológicos de la narrativa para los adolescentes, Tom Sawyer y Huckleberry Finn.
La novela Las aventuras de Tom Sawyer, publicada en 1876, se desarrolla en el pueblo de Hannibal y recoge una serie de peripecias, incidentes y experiencias del protagonista tanto personales como de sus compañeros de la escuela. En ellas Huckleberry (Huck) es un personaje secundario, en tanto Las aventuras de Huckleberry Finn, de 1884, considerada por algunos como una secuela de la anterior, puede verse como un cuadro de la Norteamérica de su tiempo.
Pero la obra de Mark Twain no queda constreñida a esas dos novelas. Incluye además La era del oropel, de 1873, en la cual ofrece una visión crítica de la realidad; El príncipe y el mendigo, de 1881, protagonizada por dos niños idénticos, pero con diferentes destinos al nacer; Un yanqui en la corte del rey Arturo, de 1889, donde revela cuan decepcionado está de la política; Recuerdos personales de Juana de Arco, de 1896, que dedica a su esposa; El hombre que corrompió Hadleyburg y otros relatos, de 1900, texto incluido en el currículo de los estudios superiores de lengua inglesa de la Universidad de La Habana, además de otras novelas, cuentos, libros de viaje, ensayos y hasta poesía.
Mark Twain es un maestro del realismo narrativo; el empleo del lenguaje nos descubre su conocimiento del habla popular de los personajes, la hondura de sus sentimientos y las complejidades de las frustraciones tanto individuales como sociales.
Con el paso de los años, el escritor aguza su sentido humanista en favor de la emancipación de la mujer y el sufragio femenino, la simpatía por el sindicalismo, la censura al imperialismo (no solo al de su país, también al europeo), el menosprecio por la avaricia y la corrupción, entre otros temas afines.
Las Obras completas de José Martí contienen numerosos comentarios sobre Mark Twain, a quien Martí lee en inglés. En sus “Impresiones de América”, el Apóstol apunta: “Entre los americanos hay un escritor excelente, el humorista Mark Twain”, y en carta desde Nueva York del 2 de enero de 1890 a Gonzalo de Quesada, le comenta:
Este Yankee in King Arthur’s Court es un servicio a la humanidad; de lenguaje característico y ligero, y de idea conmovedora y honda. Al principio recuerda el Quijote, y al fin a Julio Verne; pero no les debe un ápice.
Son unos cuantos los escritores estadounidenses que reconocen el legado de Mark Twain. Para William Faulkner es “el padre de la literatura norteamericana”. Ernest Hemingway, Sherwood Anderson, Erskine Caldwell, entre otros, admiraron en él al maestro.
Mark Twain murió el 21 de abril de 1910, a los 74 años. Su huella hoy día es cada vez más honda en la memoria. Un asteroide lleva su nombre, y en cuanto a premios y distinciones, son varias las que lo enaltecen. No se sorprenda pues que, desde las páginas digitales de Cubaliteraria, se le recuerde y honre.
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