
Para Odi Gonzáles, más de una vez.
Llegamos a estar en posesión durante mucho tiempo (éramos tan jóvenes) de una novela: La montaña mágica, de Thomas Mann, y de un personaje: Hanps Castor y de un sanatorio… faltaba todavía mucho para que diéramos con unos versos de Jorge Luis Borges a propósito de su abuelo Isidoro Acevedo: cuando una afección pulmonar lo estaba arrasando; ni qué decir de ese otro relato «El frío», de Thomas Bernhard, a pesar de lo mucho que suele tocar el tema de su propia afección pulmonar y de los sanatorios en su obra.
Tan poco dado como soy a revelar lecturas que me han impresionado (ojo: no confundir impresión con influencias) cito en esta oportunidad —y como ya se ha podido ver— lecturas más, lecturas menos que, en efecto, me han llegado a “impresionar”. Sabemos que Susan Sontang habría escrito algún ensayo donde relacionaba enfermedad con la producción de obra de arte, o enfermedad y literatura, entre los muchísimos tópicos que llegaría alcanzar su muy inteligente y abarcadora obra.
Es posible que la última vez que llegaríamos a saber algo sobre estos asuntos, fuera cuando leímos una entrevista con un poeta donde decía haber estado en un hospital en Alemania en tanto esperaba una noticia terrible… una noticia relacionada justamente con una afección que ya para ese entonces ¿lo estaría arrasando?
¿Un nombre sobre la poesía peruana contemporánea y ya lo estaríamos diciendo todo? ¿O casi? Parecería que con solo mencionar —o citar—, el infaltable caso de César Vallejo fuera suficiente. César Moro y Adolfo Emilio Westphalen fueron y siguen siendo dos de las tantas piedras angulares de la poesía del país andino durante el siglo XX. Luego vendrían otros no menos significativos como Pedro Shimose o Antonio Cisneros. La bien amada poesía indígena, o de los pueblos originarios, que no ha dejado nunca de existir.
Ahora bien, perteneciente a lo que algunos llaman la «Generación del 70», aparece la figura de José Watanabe (Laredo, 1946- Lima, 2007). De padre japonés y madre peruana (chola, diría él), hizo de su Laredo natal, pero también del Laredo de su infancia, el escenario natural de su obra poética.
«Es cierto que yo soy un poeta más o menos naturalista y escribo casi siempre lo que veo. Se dice que soy un poeta sabio, pero la sabiduría no está en mí sino que la veo fuera».
Es el caso de alguien que publica su primer libro de poesía, Álbum de familia, en 1971, mediando entre este y su segundo volumen, El huso de la palabra (1989), nada más… y nada menos que… bueno, dieciocho años. Durante todo este tiempo dijo nunca haber dejado de escribir. Según él: «Creo que estaba hibernando, más bien. Corregía mucho, rompía enorme cantidad de poemas. El huso de la palabra debe ser el diez por ciento de los poemas que escribí durante esos dieciocho años».
En definitiva he aquí algunas de sus obras: Historia natural (1994) y Cosas del cuerpo (1999). Tres son esta vez los poemas escogidos.
Si usted se encuentra dentro de los llamados lectores hedónicos, seguramente no tardará en salir a buscar la sobria, casi anémica, inexistente casi, edición cubana publicada por Casa de las Américas El guardián del hielo (2003) [Premio de poesía José Lezama Lima, 2002]. De la calidad no hay que extrañarse, ya que de este notable poeta y dramaturgo peruano seguiremos… en próximas ediciones… informando.
El guardián del hielo
Y coincidimos en el terral
el heladero con su carretilla averiada
y yo
que corría tras los pájaros huidos del fuego
de la zafra.
También coincidió el sol.
En esa situación cómo negarse a un favor llano:
el heladero me pidió cuidar su efímero hielo.
Oh cuidar lo fugaz bajo el sol…
El hielo empezó a derretirse
bajo mi sombra, tan desesperada
como inútil.
Diluyéndose
dibujaba seres esbeltos y primordiales
que sólo un instante tenían firmeza
de cristal de cuarzo
y enseguida eran formas puras
como de montaña o planeta
que se devasta.
No se puede amar lo que tan rápido fuga.
Ama rápido, me dijo el sol.
Y así aprendí, en su ardiente y perverso reino,
a cumplir con la vida:
Yo soy el guardián del hielo.
Poema del inocente
Bien voluntarioso es el sol
en los arenales de Chicama.
Anuda, pues, las cuatro puntas del pañuelo sobre tu cabeza
y anda tras la lagartija inútil
entre esos árboles ya muertos por la sollama.
De delicadezas, la del sol la más cruel
que consume árboles y lagartijas respetando su cáscara.
Fija en tu memoria esa enseñanza del paisaje,
y esta otra:
De cuando acercaste al árbol reseco un fosforito trivial
y ardió demasiado súbito y desmedido
como si fuera de pólvora.
No te culpes, quién iba a calcular tamaño estropicio!
Y acepta: el fuego ya estaba allí,
esperando tu gesto trivial, tu mataperrada.
Recuerda, pues, ese repentino estrago (su intraducible belleza)
sin arrepentimientos
porque fuiste tú, pero tampoco.
Así
en todo.
La mantis religiosa
Mi mirada cansada retrocedió desde el bosque azulado por el sol
hasta la mantis religiosa que permanecía inmóvil a 50 cm. de mis ojos.
Yo estaba tendido sobre las piedras calientes de la orilla del Chanchamayo
y ella seguía allí, inclinada, las manos contritas,
confiando excesivamente en su imitación de ramita o palito seco.
Quise atraparla, demostrarle que un ojo siempre nos descubre,
pero se desintegró entre mis dedos como una fina y quebradiza cáscara.
Una enciclopedia casual me explica ahora que yo había destruido
a un macho
vacío.
La enciclopedia refiere sin asombro que la historia fue así:
el macho, en su pequeña piedra, cantando y meneándose,
llamando
hembra
y la hembra ya estaba aparecida a su lado,
acaso demasiado presta
y dispuesta.
Duradero es el coito de la mantis.
En el beso
ella desliza una larga lengua tubular hasta el estómago de él
y por la lengua le gotea una saliva cáustica, un ácido,
que va licuándole los órganos
y el tejido del más distante vericueto interno, mientras le hace gozo,
y mientras le hace gozo la lengua lo absorbe, repasando
la extrema gota de sustancia del pie o del seso, y el macho
se continúa así de la suprema esquizofrenia de la cópula
a la muerte.
Y ya viéndolo cáscara, ella vuela, su lengua otra vez lengüita.
Las enciclopedias no conjeturan. Esta tampoco supone qué última palabra
queda fijada para siempre en la boca abierta y muerta
del macho.
Nosotros no debemos negar la posibilidad de una palabra
de agradecimiento.
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