
Si algo no va bien con parte de la poesía que se escribe hoy en Cuba, además de la incultura literaria, es ese quererlo decir todo, ese no tener para cuando acabar, ese olvidar los recursos (síntesis, economía de medios…) ese ya arduo divorcio entre crítica y obra, en fin, esa falta de estudio y más, de refrenamiento, para no hablar ya, cuando han existido, de críticos (¿o ensayistas?) festinados, atribuyéndoles valores a obras y autores que ha decir de uno de los nuestros «no hacen el peso». Tales razonamientos nos los había proporcionado la lectura singular de un ensayo de un poeta latinoamericano.
Llegó a decir: «mantengo mi lado provinciano. La verdad es que las imágenes urbanas no me provocan, no me seducen tanto, entre otras cosas porque no propician la parábola».
Quien así hablaba había nacido en Laredo (especie de Aracataca, de Comala llegaría a decir él) hasta el largo y feliz día en que su padre se hubo alzado con la lotería, y resolvió cambiar el curso de la familia dejando atrás ese pequeño poblado azucarero. Influido por su padre en el amor a la poesía japonesa, especialmente el haikú, siempre pensó que su misión como poeta sería la de dejar al menos algo bello para la posteridad.
Reacio a vincularse a grupos o escuelas literarias, aceptemos que Hora Zero pudo haber sido una, Colónida pudo haber sido otro.
Visitó Cuba como parte del jurado del Premio Casa y tal visita hubiera quedado a la altura de su modestia, de no ser porque, justamente él mismo también resultara premiado (Premio honorífico José Lezama Lima) por la antología El guardián de hielo. Rastro de esa misma visita a Cuba puede encontrase también en una entrevista que le concediera a Vivian Tabares para La gaceta de Cuba.
Guionista de ese clásico del cine latinoamericano La ciudad y los perros de Francisco Lombardi. Y que responde por extensión al clásico de la literatura latinoamericana de igual nombre, zanjado por uno de sus coterráneos, Mario Vargas Llosa.
Llegó a publicar Habitó entre nosotros (2002) y La piedra alada (2005) ambos de poesía. Llegó a adaptar para la escena de su país a otro que no lo es menos, de Sófocles: Antígona. Existe, es lo que sabemos, en algún lugar de este mundo, o para ser más exactos, publicado por la editorial Pre-textos, una voluminosa edición (decir completa sería aplicar siempre un término inexacto) de su poesía.
Aun así… ¡Diablos! ¿Una voluminosa edición de su poesía completa? Quién pudiera.
En conclusión, poeta, guionista de cine, dramaturgo. ¿También ensayista? José Watanabe (Laredo 1946 – Lima 2007).
Elogio del refrenamiento
(Publicado en la revista QueHacer en 1999 en el marco del centenario de la inmigración japonesa al Perú)
Para Issa, mi hija
Hace algunos días, una muchacha peruana que estudia literatura en Madrid le pidió a su madre, que vive aquí en Lima, que me ubique y me pida algunos poemas para incluirlos en no sé qué antología. Cuando la señora vino a mi casa a cumplir con el encargo filial, me comentó: «Qué casualidad, en mi casa tengo alojado a un paisano suyo. Es un japonés de la Universidad de Osaka que está haciendo un posgrado en la Universidad Católica». Como yo sólo le sonreí condescendiente, ella me exigió con amabilidad una mayor definición: «¿Es paisano suyo, no?», me dijo. «Alguito, señora», le respondí.
La señora quizás sea representativa de aquellos que nos atribuyen a los nikkei un japonesismo cerrado o, en todo caso, muy vigente en nuestra cultura diaria. Pero sí, algo, o «alguito», de japonés hay en la composición de nuestra personalidad. Sin embargo, siempre me pregunto hasta qué punto esta herencia puede permitirnos hablar de una identidad de grupo. Hay ciertos elementos obvios que podrían convencernos de la existencia de esa identidad, desde nuestros rasgos físicos hasta la promocionada cocina nikkei. Nuestros rasgos, tiempo más, tiempo menos, terminarán como debe ser: disueltos en el paisaje mestizo de nuestro país. Y posiblemente la celebrada cocina, con su exotismo más, y otras prácticas similares se conviertan pronto en anécdota. ¿Qué hay de más profundo? ¿Qué herencia todavía está viva en nuestra subjetividad y determina nuestra conducta? me pregunto a veces, y confieso que siempre termino confundido, como debe ser ante tamañas preguntas.
Hay ocasiones en que descubro con cierta claridad que soy descendiente de japonés. Generalmente sucede en situaciones críticas, y me sorprendo porque siento que algo profundo viene y cambia el rumbo de mis reacciones previsibles. Mi normal tendencia al desánimo, por ejemplo, se hace temple inusual. No es una petulante apelación al estereotipo de japonés imperturbable ante la adversidad; es una íntima presión que me señala una responsabilidad: sé como tu padre.
En uno de los poemas de mi libro El huso de la palabra está mejor mencionado este asunto. Lo escribí en 1986, en un hospital de Alemania, donde sentía la infinita tentación de descomponerme y tirarme al piso a llorar un diagnóstico terrible. «Mi miedo es la única impureza en este cuarto aséptico», dije reprochándome, y escribí lo que aquí, pidiendo permiso, cito:
Mas no patetices. Eres hijo de. No dramatices. El japonés se acabó «picado por el cáncer más bravo que las águilas», sin dinero para morfina, pero con qué elegancia, escuchando con qué elegancia las notas mesuradas primero y luego como mil precipitándose del kotó de La Hora Radial de la Colonia Japonesa.
Esta conducta «elegante» (estoica, debí escribir) ante una situación límite compuso desde muy antiguo el modo de ser de nuestros padres. Ellos crecieron escuchando historias de samuráis que luego nos repitieron. Las enseñanzas implícitas en los argumentos casi siempre abundaban en la dignidad ante las situaciones extremas y, especialmente, ante la muerte. Abrevio aquí una de esas historias que mi padre contaba a la luz de un lamparín: dos samuráis acostumbraban combatir juntos para defenderse mutuamente las espaldas. Un día, uno de ellos fue flechado en un ojo por los arqueros del bando contrario. El herido se dejó caer cerca de un árbol mientras su compañero dejaba de combatir para auxiliarlo. Este intentó poner su zapatilla en el lado sano del rostro de su amigo para fijarlo y tirar de la flecha. El herido lo detuvo con sus últimas fuerzas, y le dijo: «Nadie, ni tú, mi honorable amigo, podrá poner su zapatilla en mi cara». Enseguida le pidió que lo ayudara a recostarse en el árbol para esperar, con majestad, la muerte.
Buscar una muerte digna y no dejar el cadáver en una posición vergonzosa es parte del espíritu del Bushido, aquel conjunto de normas éticas con que los samuráis gobernaron durante siete siglos el Japón. Con el tiempo, las normas también pasaron a determinar la conducta de la sociedad civil. El Bushido nunca fue escrito pero estaba en el espíritu de todos los japoneses y se transmitía de modo consuetudinario y a través del arte. Está en la historia de los dos samuráis que acabo de recordar, así como en la poética del dramaturgo de bunraku, Chikamatsu, que a comienzos del siglo XVIII, dijo: «Cantar los versos con la voz preñada de lágrimas, no es mi estilo. Considero que el pathos es enteramente una cuestión de refrenamiento. Cuando todas las partes de un drama están controladas por el refrenamiento, el efecto es más conmovedor».
Creo que el refrenamiento, la contención, es el aspecto que más aprecié de mi padre, el que más me impresionaba. Mis hermanos y yo terminamos por controlar nuestras expansiones ante él. Nunca nos lo pidió, pero de alguna manera supimos que él siempre esperaba de nosotros un comportamiento más discreto, más recogido de maneras. Era una forma de represión, sí, pero no castrante, sino para estar más cerca del orden natural. La naturaleza, aun cuando es violenta, no hace aspavientos. Cuando somos aspaventosos estamos haciendo comentarios agregados e innecesarios a nuestros actos, que son naturales, todos.
Y aquí es inevitable que recuerde a Tilsa Tsuchiya, la enorme artista que me privilegió con su larga amistad. Creo que los personajes de sus pinturas tienen una estatuaria que responde a un aliento anterior a ella. Todos sus seres, inclusive los objetos de sus bodegones, tienen la majestad del refrenamiento. Acaso el verdadero rasgo japonés de su pintura haya que buscarlo en la poética de Chikamatsu, cuya esencia explica todo el arte tradicional de Japón: una creación quieta, íntima, imponente a veces, pero siempre sin alardes. Tilsa se expresó a través de personajes que en sus posturas hieráticas refunden, pecho adentro, dramas, intensidades, abismos. De todos los que pueblan su obra, casi ninguno tiene brazos, acaso para evitarles una expansión. Sin embargo, no son personajes mutilados, están bien como están, y no extrañan –ni ellos ni nosotros— sus miembros. Chikamatsu, que reprochó «la voz cargada de lágrimas», reprocharía también los largos ademanes. Un día, Tilsa, fastidiada por el lloriqueo telefónico de una amiga con problemas, me dijo: «Debería pintar. Así no lloraría». Estoy casi convencido ahora de que esta frase (o mejor: esta actitud) venía del silencioso y severo don Yoshigoro, su padre.
Y yo vuelvo a mi padre, aquel otro japonés que sin verdadera intención educativa me traducía, en medio del pleito de pollos y patos del corral, los poemas de Bashó. Yo era un niño y la imagen que me hacía del desconocido poeta se confundía con la de mi padre: ambos eran hombres parcos de actitud y concisos de palabras. Pero, como bien sabemos, todo lo humano es contradictorio, más aun cuando se es niño. En muchas ocasiones deseaba que mi padre fuera más expresivo, tanto como la gente efusiva entre las que vivíamos. Hasta hoy esa contradicción está en mí. Tal vez el poema inédito que aquí me permito transcribir, guardado hace tiempo en el fondo de mi gaveta, ilustre mejor lo que vengo diciendo:
El kimono Mi padre y mi madre eran sombras dispares que ahora, muertas, acaso se encuentran más. Yo recuerdo: él le regaló un kimono y ella lloró en silencio porque una gracia así no concordaba con su amor tan austero. En la espalda del kimono saltaba un salmón rojo. Sobre los hombros de mi madre, el pez parecía subir por la cascada de sus cabellos, hermosísimos y azulados cabellos de mestiza: Una bella imagen que ella no podía ver. Dígasela usted, padre, para que deje de llorar.
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