
Duele escribir que Juana Borrero, la talentosa artista de la palabra y el pincel, ni siquiera llegó a cumplir los 19 años. Aun así, los críticos no dudan en considerar su obra una de las más sensibles, refinadas y duraderas dentro de la lírica cubana del siglo XIX y en general dentro la literatura insular escrita por mujeres.
Juana nació en La Habana el 18 de mayo de 1877. Su padre fue Esteban Borrero Echeverría: maestro, médico, escritor (novelista y poeta), traductor y ante todo, patriota probado y sostenido. Las hermanas de Juana fueron Dulce María (nacida en 1883) y Ana María (1895), escritoras ambas. De manera que, si puede hablarse de una dotación genética literaria, sin dudas la familia Borrero la llevaba en la sangre y en particular las hijas de don Esteban. Juana, posiblemente, en el más alto grado.
De niña recibió clases de dibujo, en 1886 ingresó en la Academia de Bellas Artes de San Alejandro y después fue alumna del pintor Armando Menocal. En 1892 viajó a Nueva York con su padre y allí, durante una velada en Chickering Hall, escuchó hablar a José Martí (¡qué privilegio!). En Washington tomó estudios de pintura. De regreso a Cuba, un año después, algunos de sus poemas se publicaron en la antología Grupo de familia, poesías de los Borrero, de 1895. Colaboró además en El Fígaro, en La Habana Elegante, en Gris y Azul.
Variado y fecundo fue el talento de Juana, palpable en su correspondencia, en sus poemas, en sus dibujos. Quienes la conocieron y quienes han estudiado su obra afirman que se trató de un temperamento melancólico, de un espíritu al mismo tiempo decidido y ardiente. Se la hermana literariamente con Julián del Casal (1863-1893), a quien conoció. Tuvo por novio al poeta y patriota Carlos Pío Uhrbach, también de vida muy breve, caído en los campos de Cuba Libre. La vida de la pintora poeta (y viceversa) estuvo signada por la tragedia. Escuchémosla:
Yo he soñado en mis lúgubres noches,
en mis noches tristes de penas y lágrimas,
con un beso de amor imposible,
sin sed y sin fuego, sin fiebre y sin ansias.
Yo no quiero el deleite que enerva,
el deleite jadeante que abraza,
y me causan hastío infinito
los labios sensuales que besan y manchan.
¡Oh mi amado, mi amado imposible!,
mi novio soñado de dulce mirada,
cuando tú con tus labios me beses
bésame sin fuego, sin fiebre y sin ansias.
Dame el beso soñado en mis noches,
en mis noches tristes de penas y lágrimas,
que me deje una estrella en los labios
y un tenue perfume de nardo en el alma.
(Última rima)
Un soneto de Juana alcanzó celebridad, «Las hijas de Ran», admirado por su perfección de formas y varias veces antologado. También se recuerdan sus composiciones «Sol poniente, Apolo»
De Juana Borrero se publicaron sus Rimas, en 1895 y ese mismo año su padre emigró con toda la familia hacia Key West, en la Florida, donde la poetisa murió el 9 de marzo de 1896, fecha de la cual se conmemoran ahora 130 años.
Por razones lógicas, no dejó una producción abundante, aunque cada uno de sus versos constituye hoy una pequeña joya para los críticos y lectores de su obra. Cuanto más se hable y conozca de Juana Borrero, más razones tendremos para admirarla.
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